Acaba de empezar la primavera señores, ¿qué les parece?. Según dicen, la sangre altera, todo reverdece y las pasiones humanas empiezan a aflorar después de haber estado enfriadas durante el período invernal. Pues mira que bien.
Nunca he sido muy creyente en esas historias de la conjunción de astros y en la influencia de la Luna en nuestra actitud, aunque en ocasiones he llegado a dudar de mis convicciones debido a mi carácter. Un servidor es del signo Tauro por tan sólo dos días, con lo cual algo de Géminis hay por ahí. Lo cierto es que mi carácter es testarudo cual Tauro y bastante contradictorio y dual cual Géminis, con lo que uno no sabe de pensar.
Pero lo que me lleva a escribir estas líneas es la llegada primaveral y la activación de sentidos que se le presupone. En los últimos meses he pasado por una época de casi total indeferencia al bello sexo. Cansado de desplantes y desengaños por parte de las mujeres decidí encerrarme en una fase de misoginia recalcitrante. Dejé de ver a las hembritas como posibles objetivos de caza, que es como las he visto desde los 14 o 15 años y pasé a verlas como arpías histéricas y autocomplacientes para las que yo no era más que un cagarro. Saciaría mis bajos instintos con el visionado de porno rico y variado, que también es algo que hago desde los 14 o 15 años, amén de ocasionales incursiones en el oficio más antiguo del mundo. Por motivos que ahora no vienen al caso, ando sumido en una soledad casi perpetua desde antes del verano y más o menos he podido sobrellevarlo. Lo cierto es que la soledad a veces es una bendición, pero cuando sabes que estás condenado a ella, ay amigo.
Pues héte aquí que la otra tarde me acerqué a una estación de tren para comprar un billete que me lleve a mi ciudad natal, de visita familiar, cuando hallé a una chicuela que quizá removió algo en mí. La chica debía tener más o menos mi edad y estaba sentada en un banco, con aspecto de aburrida o cansada. No era especialmente hermosa, pero tampoco mal parecida. Sin saber por qué, una vez resuelta mi gestión, me senté en un banco cercano y me dediqué a observarla a hurtadillas.
En este momento ustedes pensarán que el que escribe esto es un perturbado de esos que va a ver a las niñas a la salida del colegio. He de confesar que aún no he hecho tal cosa, pero en un futuro quién sabe, nunca digas nunca. No se por qué, pero percibí a la muchacha con una vida triste y sin vidilla. Mi imaginación empezó a trabajar y me imaginé a mí dándole consuelo y aprecio, algo que me daría a mí en correspondencia y quizá así la vida sería algo mejor para ámbos. Ya ven que piporradas se me ocurren a veces. Pero esto me dejó constancia, por primera vez en meses, de que estaba en una ciudad desconocida y más solo que la una.
Finalmente, la chica empezó a sonreír, pero no a mí, la situación era que una amiga llegaba a su altura y la saludaba con efusividad. Tras hablar durante unos instantes, se marcharon sin más. Conclusión: La chica aquella, que tan hastiada parecía ( y que se comprobó que no era tal), despertó sentimientos que llevaban bastante tiempo de hibernación. Como dijo aquel, hay cosas que no pueden mantenerse bajo llave y empecé a envidiar de nuevo, como muchas otras veces, a esas jóvenes parejas que iban por la calle con apariencia feliz. De cualquier modo, siempre hay claroscuros en todo eso y la aparente felicidad esconde un montón de pequeñas tormentas en su interior.
Maldita sea, ya me estoy poniendo piporrón. Dentro de poco acabaré viendo películas de Julia Roberts o comprándome un gato (aunque acto seguido pienso: y una mierda). En fin, que ya ven ustedes la de pensamientos que tienen lugar en situaciones de soledad y aburrimiento. Ya me perdonarán este devaneo, que la próxima vez que intervenga aquí será para tratar asuntos más en condiciones.
Se despide, suyo de ustedes.