Aquí estoy de nuevo para seguir relatando mi peculiar relación con el porno o cine de amor. En el anterior escrito les informaba de mis primeros escarceos en ese submundo de placer y dolor y ahora daremos un salto adelante.
Nos vamos hasta el momento en que servidor contaba ya con 16 añitos. Ya era un adolescente hecho y derecho, con abundante pelo en tos laos y las chicas ya empezaban a ponerme trempante (que poco hemos cambiado). Los comentarios con otros chavales acerca de porno eran cada vez más abundantes y más de uno se traía alguna revista al colegio para ojearla en una esquina del patio en los recreos con unos cuantos mariposeando alrededor.
Pero mi cuerpo me pedía algo más. Quería ver una porno, coño. En mi casa nunca hemos hablado de esos temas y uno ha tenido que educarse por su cuenta y riesgo a través de chavalería. Yo por entonces era abonado de un vídeo club cercano a mi casa y un día tuve la curiosidad de ir a visitar la mugrienta esquina que sabía que albergaba el vicio.
Ahora, que vaya vicio. Todo eran películas erótico-festivas, algunas de Joe D´Amato, otras basadas en cómics de Milo Manara. Títulos y portadas sugerentes me pusieron cardiaco, aquello era lo que los antiguos llamaban el maná. Decidí optar por el manido truco de alquilar una normal y una porno para disimular. Ahora no recuerdo cual era la normal, pero la porno era Once días y once noches, que tenía en la portada a una tía castaña atada a un palo que aún hoy día me provoca calenturas al recordarla.
Llegué a mi casa con una emoción incontenible. No había nadie y me moría de ganas de vislumbrar lo que había pillado. Abrí la carátula y me salió ese olor a líquido especial que tenían todas las VHS de entonces, pero que desde entonces es un olor a vicio para mí. La película empezó y ví esas putas rayas que salían cuando estaba estropeada o tenía polvo. Menos mal que la cosa se arregló y salió ese cartelito con el título, la clasificación y el número de expediente. La emoción iba in crescendo. Finalmente empezó la peli y de que forma.
La primera escena era en un barco. Allí salía un maromo en plan Richard Grieco, todo cachas y vislumbraba a una tipa de pelo rubio con un peinado inconfundiblemente ochentero vestida con una gabardina. Hay una miradita entre los dos y la pava se mete a una especie de pasillo estrecho. El tío va detrás y observa como dentro de ese rincón la tía se abre la gabardina y se le ven tos los encantos. Acto seguido venía la jodienda, que no era tal, porque había un petting de la ostia, pero bueno, aquello me hizo rezumar fluidos a tutiplén, pero no llegó la corrida de turno.
Y hasta aquí hemos llegado por hoy. Otro día les cuento mis inicios en las manoletinas, pues al principio simplemente veía para empaparme de aquello. Luego empecé a ser partícipe a mi manera de pobre espectador. Pero como digo, otro día será, no se preocupen, que mi escaso sentido de la decencia y mi respeto a ustedes, me impedirá ser muy gráfico.
Se despide, suyo de ustedes.