Archivo de Septiembre 2007

De viaje un 11-S

Septiembre 18, 2007

Un servidor tiene una capacidad innata para estar en el lugar más bizarro en el momento más crucial. Yo recuerdo que cuando todo el mundo estaba en su casa viendo el 11-S yo me fui a ver al cine la ridícula película “Destino de caballero”. Cuando tuvo lugar el 11-M me enteré horas después, tras ver algunas llamadas perdidas en mi móvil que me informaron del suceso. Por aquel entonces tenía prohibido levantarme antes de la una de la tarde y teniendo en cuenta que el hecho acaeció a eso de las 8 o 9 de la mañana imagínense mi conexión con la actualidad. Además, como me importa un pito lo de regodearse en las masacres, aproveché que ese día se suspendieron las clases universitarias para marcharme a conocer Vitoria, que nunca había pisado.

El caso es que esta introducción me sirve para contarles las vicisitudes de las que fui testigo hace unos días, cumpliendo el aniversario del 11-S, en el que tuve el privilegio de viajar en avión, mira tú por donde. Pues bien, tras arribar a mi aeropuerto de origen, compartí cola con el reputado director Carlos Saura, que andaba por las latitudes norteñas para hacer quizá una de sus aburridas películas sobre folklore hispánico, quien sabe. Como la hora del vuelo era a la hora de comer tuve que comerme un bocadillo de tortilla tibia mientras escuchaba en mi radio una emisora de tecno guarro de ese que me gusta. Tan feliz estaba yo cuando se sentó a mi lado un tipo gordo que hizo tambalearse el asiento en el que me encontraba. No sólo estaba como una foca sino que no dejó de echarme el ojo todo el rato, no sé si por que le daba envidia mi bocata, porque le repugnaba mi actitud o porque quería penetrar mi ano.

Tras estos bizarros preliminares llegó la hora de embarcar. Como en los aeropuertos hay que pasar diez mil controles, tuve que quitarme hasta el cinturón para ser apto para volar, no fuera a ser que yo simpatizase con los extremistas islámicos, como se pensaban en mi periplo inglés (aunque eso es otra historia). Les ahorraré los inicios de mi vuelo, pues tampoco dan para mucho. Ya hacía unos minutos que estábamos volando cuando detrás mío empezó a surgir un curioso rumor. Tres individuas de treinta y tantos años charlaban animadamente sobre su vida, pero héte aquí que se dio un caso freudiano. Un estudio dio a conocer en su día que en contra de lo que se pudiera suponer, las mujeres piensan en sexo más veces que los hombres, aunque los hombres somos en mayoría expansivos y por eso sale más a la luz.

Pues bien, la conversación de estas tres marías giró sobre el tema sexual. Una habló sobre lo poco que folla con su marido y lo rápido que se viene el susodicho, otra estaba divorciada y contaba su aventura con un compañero de trabajo que se resistía a dejar a su mujer. La tercera, por su parte, debía estar sin compromiso alguno, pues hablaba tan ricamente de los yogurines a los que conocía en las discotecas y a los que echaba de su catre al poco tiempo de cepillárselos, para concluir con la idea de que no piensa casarse nunca pues los hombres somos gilipollas. Aquello parecía una peli de Almodóvar, no sé si repararon en mi presencia en el asiento de delante o si les daba igual, pero hablaron de todos estos aspectos con el tono descarado que acostumbran a tener este tipo de conversaciones femeninas. El caso es que hay que reconocer que aunque empezaban a notarse matures estaban todas susceptibles de recibir un buen facial.

Tras haber aterrizado en el aeropuerto y esperar durante casi más tiempo que el que me había llevado el vuelo pude llevarme mi maleta y marchar a coger un tren. Dejando aparte el tercermundista y sórdido metro de Madrid, llegué sin mayores incidencias a la estación. Como me sobraba tiempo me di un paseo por la capital y aproveché para conocer el Congreso de los Diputados, que nunca lo había visto in situ. Por aquella zona tuve la oportunidad de cruzarme con el curioso actor Antonio Dechent (el que no sepa quien es que busque en google).

Ya llegado al andén observé que mi sitio estaba en clase turista, el carro del pescado me gusta llamarlo, ya que aquello es un totum revolutum de diversos especímenes. Sudacas con toda la familia a cuestas, basura blanca, bakalas, rasteros y perturbados, toda esa gente puede usted hallar en un vagón de clase turista si tiene un poco de suerte.

Lo que más me llamó la atención antes de salir de la estación fue otra situación peliculera. Un chaval se iba en mi tren y una chica de aspecto normal, sin ser ni callo ni tremendilla, estaba en el andén para despedirse tras haberse dado un buen muerdo y algunos arrumacos antes de subir. El individuo empezó a gimotear y llamó por móvil a aquella que le despedía al otro lado del cristal, para soltarle la habitual retahíla de lo que la quería y lo que la echaría de menos. No sé si la chica practicaba el estoicismo pero no parecía muy triste de perder a su nene. No pude dejar de pensar lo idiota que era ese tío, de recomendarle que nunca se haga la magdalena ante una mujer, que ninguna lo merece y si no lo sabía aún ya se daría cuenta tarde o temprano. Pero el señorín salió piporrón. Me dio por pensar que esa chica podría tener alguna aventura paralela pues pensaba que el nene era un gilipollas, quizás habrían reñido o roto, quizás iban a verse en dos días o en dos años. Pensamientos e hipótesis, en definitiva. Tras salir de la estación el chavalín empezó a sollozar hasta que al cabo de un rato se calmó. Ay si supieras lo que pasa por la cabeza de tu chica, quizás llorarías menos al darte cuenta de lo que esconde tras lo que te muestra.

Y sin más llegué a mi punto de destino, dispuesto a ponerme a trabajar al día siguiente y reafirmándome en mi idea de que jamás concoceremos a las mujeres por mucho que lo intentemos, muchas veces ni ellas mismas son capaces de hacerlo. Ya ven que viajar es una manera como otra de celebrar el aniversario de una masacre y como hay que desplazarse para no dejar de aprender.

 Se despide, suyo de ustedes.

Cuarenta años de graduación

Septiembre 5, 2007

La pereza y la desidia provocan en muchas personas la no realización de diversas actividades, muchas de ellas de cierta importancia, pero en momentos de galvana cualquier esfuerzo resulta insoportable. Yo sé de alguno que por vagancia no se ha llegado a hacer su macoca diaria. Esa misma pereza ha causado que hasta este instante un servidor no se haya puesto a hablar sobre un suceso acontecido hace un par de semanas.

Resulta que hace unos días que se cumplieron cuarenta años del estreno del film “El Graduado”, una película que contribuyó en gran manera a un cambio en ciertos modos cinematográficos de la época. Hasta ese momento, las comedias que facturaba Hollywood eran los inefables productos del maricón de Rock Hudson y la repipi de Doris Day, vamos para cortarse las venas. Lo que sucedía en el mundo entonces se alejaba de ese modelo. Los Rolling Stones, Bob Dylan o los Beatles venían a cambiar el panorama musical. La guerra de Vietnam mandaba a muchos estadounidenses al matadero. Los nacidos en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial estaban iniciándose en la contracultura. Valores como el amor libre y el pacifismo comenzaban a hacer furor. La “nouvelle vague” estaba cambiando los cimientos del cine mundial. En ese contexto nació “El Graduado”.

Antes de su salto a la gran pantalla la historia de “El Graduado” salió en letra impresa. El joven Charles Webb publicó una novela en la que contaba una historia que por lo visto tenía tintes autobiográficos. Los productores de Hollywood no tardaron en interesarse por la historia para la pertinente adaptación: La trama versaba sobre un chico recién salido de la universidad que se ve presa de la incertidumbre tan propia de esas edades. Entonces aparecerá en su vida la señora Robinson, una cuarentona alcohólica y aburrida de su matrimonio. Esa desorientación vital de ambos será el principal nexo de unión para el inicio de una relación. No obstante, la mediocridad lo acabará inundando todo y el protagonista tratará de continuar su huida hacia adelante con la hija de la señora Robinson.

En el momento de llevar el libro a la gran pantalla se planteó un problema. En la novela, el protagonista era de una familia de blancos protestantes. Por ese motivo le ofrecieron el papel a Robert Redford, que ya empezaba a hacerse un nombre por aquel entonces. Pero el director elegido, el americano de origen alemán Mike Nichols, no lo acababa de ver. Es famosa la anécdota que sucedió cuando Nichols le preguntó a Redford sobre si alguna vez había tenido problemas para conseguir a alguna chica. Redford le dijo que no sabía lo que él entendía por problemas. El director supo entonces que no estaba ante un tipo creíble como perdedor.

Fue entonces cuando apareció Dustin Hoffman, un actor que estaba empezando en el cine tras unos años en el teatro y que venía de compartir piso con futuros intérpretes como Gene Hackman y Robert Duvall. A todos les pareció que daba la talla para el personaje y se adjudicó el papel, el resto es historia.

Para un servidor “El Graduado” es una de sus películas de cabecera. Me identifico una barbaridad con ese Benjamin Braddock aburrido de la vida y que a través de la señora Robinson y su hija tratará de encontrar un sentido, sin mucho éxito. Esa sensación de desazón y de insatisfacción constante me es familiar. En ese sentido, el final de la película me parece excelente y representa muy bien esa insatisfactoria huida hacia adelante. Lo curioso del caso es que fue a través de un capítulo de “Los Simpson” como ví el final por primera vez, luego comprobé que se trataba de un homenaje. La cantidad de homenajes que he descubierto a posteriori de este modo.

En definitiva, que aquellos que no hayan visto el filme ya tardan en hacerlo, que esta es una peli de las que se siguen manteniendo tan vivas como el primer día. La desaparecida Anne Bancroft, que por entonces sólo tenía seis años más que Hoffman, está la mar de trempante y las canciones de Simon & Garfunkel le vienen como un guante a la trama. Entre esta y “Bonnie & Clyde”, otra gran película de 1967, vinieron a iniciar una reforma en el agarrotado panorama hollywoodiense de entonces, cuyos ídolos de la época dorada estaban en plena decadencia. Larga vida a “El Graduado”, señores.

PD: Por cierto, siguiendo con el tema cine, yo soy de los que piensan qué habrá sido de ciertos actores de reparto que salen en muchas películas sin apenas decir ninguna frase. O en esos intérpretes de cine europeo que aparecen en producciones desconocidas, a qué se dedican después de algún éxito fugaz. Por ejemplo, el otro día pensaba en “Fucking Amal”, una película sueca de hace unos años por la que tengo un especial aprecio. Me dio por indagar que fue de las muchachas protagonistas del filme, que mucho cine sueco no se deja ver por estos lares. Esta se distribuyó por ser la peli más taquillera del año en su país, superando incluso a “Titanic”, están locos estos nórdicos.

Pues bien, buscando por ahí me he encontrado con que una de ellas dejó la actuación y ahora se dedica a la pediatría y tiene dos churumbeles, mientras que la otra sigue en el ramo tras un intervalo para terminar sus estudios y es una de las actrices más populares de su país. No he podido dejar de sentir una extraña sensación de melancolía al saberlo, que vueltas da la vida, pardiez. Un día estás aquí y el otro allá. Piensas en el momento en que alguien estaba aquí, ese momento perdido que te lleva a la pura nostalgia. Aunque eso ya es tema para otro artículo, por hoy ya es bastante.

Se despide, suyo de ustedes.

Flirting & Squirting

Septiembre 3, 2007

Pese al título del artículo, que homenajea a una película de sexorro de esas de las que gusta un servidor, no les voy a hablar de cine de amor, no se hagan ilusiones. El encabezado me resulta gracioso e ilustra en cierto modo lo que voy a contarles. Una de las principales obsesiones de un hombre con las hormonas en su sitio es dejar la simiente allá por donde pasa. De ahí viene la cacareada promiscuidad de los mariquitas, que por muy nenazas que sean, continúan siendo hombres que apelan a su instinto.

Toda esta introducción me viene al pelo para presentarles a Andresito. Este personaje es lo que suele conocerse como feo resultón, es decir, más feo que guapo pero con un recóndito atractivo. Andresito tiene en su interior unos irrefrenables deseos de follarse a toda mujer de mediana catadura, pero no tiene mucha suerte. Durante la época estival, Andresito observa a las muchachas que pasean por la calle. Rubias, morenas, castañas, peliteñidas, lo mismo da. Algunas enseñan el escote, otras apenas ocultan su pezón. Aquellas muestran pernera, con carne magra unas, con tendón prieto otras. Las hay que incluso enseñan escotazo y pernera al unísono. Esas de más allá dejan al descubierto su tripa. A Andresito le gustan las mujeres con barriguita, sin caer en el umbral de la gordura. Las tablas de planchar no son sus favoritas. Andresito advierte alguna ropa interior que lucha por sobresalir de las costuras de los pantalones. Con los dientes tirarías de ellas, bribón.

Entonces Andresito advierte que no puede acceder a ninguno de esos cuerpos, están vedados para él. Niñatos con pintas de gilipollas llevan a muchas de las hembras cogidas por el culo, como si fueran su trofeo. Ellas no se molestan por ello, ahora mismo los niñatos son los hombres de su vida, les dan seguridad y toda esa mierda, no les importa ser su objeto. Andresito recuerda las veces que ha sido simpático con muchas mujeres, cuando ha tratado de comprenderlas, de caerles bien, pero para ellas sólo es una piedra en el camino, alguien más a quien soportar en el día a día. A ninguna le importa gran cosa lo que le suceda o le deje de suceder, le toleran un rato y a otra cosa mariposa.

Andresito piensa en aquella chica que mostró predisposición por él. No estaba mal, tenía su aquel, como él mismo. Recuerda esa noche de fiesta en la que ella se dejó acariciar, la sonrisa complacida que tanto le agradó. Pero ella es simple, Andresito, no tiene tus intereses, es un poco lela y ni siquiera está realmente rica. Andresito no quiere atarse, no quiere caminar aburrido junto a alguien solo por evitar la soledad. No quiere preocuparse de que otros chicos la miren con deseo, de lo que pueda hacer sin estar él presente, de que un día le mande a la mierda, sin más. Andresito evita los sufrimientos, quiere vivir lo más tranquilo posible. El amor es dolor, para un momento de dicha hay que soportar millones de sinsabores.

No es eso lo que Andresito desea, pero aún así envidia la complicidad de esas parejas que vé, aunque quizá estén en ese momento de dicha, lo peor está por venir. Pero Andresito, la vida es así, dolor, pérdida, sufrimiento, con todo ello la mayoría quiere seguir aquí. Andresito, la tranquilidad es aburrida, te anula, te mata.

Andresito se harta, se deja de cavilaciones. Prefiere dejarse llevar por la corriente, aún siendo consciente de que lo lamentará. No necesita lelas a su lado por pura desesperación, acabaría huyendo de ello. Ya se le pasarán estas ideas absurdas. El onanismo y el puterío fino le quitarán la tontería de la cabeza.

Curiosas tesis las de Andresito sobre el ligoteo, las relaciones sentimentales, el compromiso y demás materia. Que cada uno saque sus conclusiones.

Se despide, suyo de ustedes.