Un servidor tiene una capacidad innata para estar en el lugar más bizarro en el momento más crucial. Yo recuerdo que cuando todo el mundo estaba en su casa viendo el 11-S yo me fui a ver al cine la ridícula película “Destino de caballero”. Cuando tuvo lugar el 11-M me enteré horas después, tras ver algunas llamadas perdidas en mi móvil que me informaron del suceso. Por aquel entonces tenía prohibido levantarme antes de la una de la tarde y teniendo en cuenta que el hecho acaeció a eso de las 8 o 9 de la mañana imagínense mi conexión con la actualidad. Además, como me importa un pito lo de regodearse en las masacres, aproveché que ese día se suspendieron las clases universitarias para marcharme a conocer Vitoria, que nunca había pisado.
El caso es que esta introducción me sirve para contarles las vicisitudes de las que fui testigo hace unos días, cumpliendo el aniversario del 11-S, en el que tuve el privilegio de viajar en avión, mira tú por donde. Pues bien, tras arribar a mi aeropuerto de origen, compartí cola con el reputado director Carlos Saura, que andaba por las latitudes norteñas para hacer quizá una de sus aburridas películas sobre folklore hispánico, quien sabe. Como la hora del vuelo era a la hora de comer tuve que comerme un bocadillo de tortilla tibia mientras escuchaba en mi radio una emisora de tecno guarro de ese que me gusta. Tan feliz estaba yo cuando se sentó a mi lado un tipo gordo que hizo tambalearse el asiento en el que me encontraba. No sólo estaba como una foca sino que no dejó de echarme el ojo todo el rato, no sé si por que le daba envidia mi bocata, porque le repugnaba mi actitud o porque quería penetrar mi ano.
Tras estos bizarros preliminares llegó la hora de embarcar. Como en los aeropuertos hay que pasar diez mil controles, tuve que quitarme hasta el cinturón para ser apto para volar, no fuera a ser que yo simpatizase con los extremistas islámicos, como se pensaban en mi periplo inglés (aunque eso es otra historia). Les ahorraré los inicios de mi vuelo, pues tampoco dan para mucho. Ya hacía unos minutos que estábamos volando cuando detrás mío empezó a surgir un curioso rumor. Tres individuas de treinta y tantos años charlaban animadamente sobre su vida, pero héte aquí que se dio un caso freudiano. Un estudio dio a conocer en su día que en contra de lo que se pudiera suponer, las mujeres piensan en sexo más veces que los hombres, aunque los hombres somos en mayoría expansivos y por eso sale más a la luz.
Pues bien, la conversación de estas tres marías giró sobre el tema sexual. Una habló sobre lo poco que folla con su marido y lo rápido que se viene el susodicho, otra estaba divorciada y contaba su aventura con un compañero de trabajo que se resistía a dejar a su mujer. La tercera, por su parte, debía estar sin compromiso alguno, pues hablaba tan ricamente de los yogurines a los que conocía en las discotecas y a los que echaba de su catre al poco tiempo de cepillárselos, para concluir con la idea de que no piensa casarse nunca pues los hombres somos gilipollas. Aquello parecía una peli de Almodóvar, no sé si repararon en mi presencia en el asiento de delante o si les daba igual, pero hablaron de todos estos aspectos con el tono descarado que acostumbran a tener este tipo de conversaciones femeninas. El caso es que hay que reconocer que aunque empezaban a notarse matures estaban todas susceptibles de recibir un buen facial.
Tras haber aterrizado en el aeropuerto y esperar durante casi más tiempo que el que me había llevado el vuelo pude llevarme mi maleta y marchar a coger un tren. Dejando aparte el tercermundista y sórdido metro de Madrid, llegué sin mayores incidencias a la estación. Como me sobraba tiempo me di un paseo por la capital y aproveché para conocer el Congreso de los Diputados, que nunca lo había visto in situ. Por aquella zona tuve la oportunidad de cruzarme con el curioso actor Antonio Dechent (el que no sepa quien es que busque en google).
Ya llegado al andén observé que mi sitio estaba en clase turista, el carro del pescado me gusta llamarlo, ya que aquello es un totum revolutum de diversos especímenes. Sudacas con toda la familia a cuestas, basura blanca, bakalas, rasteros y perturbados, toda esa gente puede usted hallar en un vagón de clase turista si tiene un poco de suerte.
Lo que más me llamó la atención antes de salir de la estación fue otra situación peliculera. Un chaval se iba en mi tren y una chica de aspecto normal, sin ser ni callo ni tremendilla, estaba en el andén para despedirse tras haberse dado un buen muerdo y algunos arrumacos antes de subir. El individuo empezó a gimotear y llamó por móvil a aquella que le despedía al otro lado del cristal, para soltarle la habitual retahíla de lo que la quería y lo que la echaría de menos. No sé si la chica practicaba el estoicismo pero no parecía muy triste de perder a su nene. No pude dejar de pensar lo idiota que era ese tío, de recomendarle que nunca se haga la magdalena ante una mujer, que ninguna lo merece y si no lo sabía aún ya se daría cuenta tarde o temprano. Pero el señorín salió piporrón. Me dio por pensar que esa chica podría tener alguna aventura paralela pues pensaba que el nene era un gilipollas, quizás habrían reñido o roto, quizás iban a verse en dos días o en dos años. Pensamientos e hipótesis, en definitiva. Tras salir de la estación el chavalín empezó a sollozar hasta que al cabo de un rato se calmó. Ay si supieras lo que pasa por la cabeza de tu chica, quizás llorarías menos al darte cuenta de lo que esconde tras lo que te muestra.
Y sin más llegué a mi punto de destino, dispuesto a ponerme a trabajar al día siguiente y reafirmándome en mi idea de que jamás concoceremos a las mujeres por mucho que lo intentemos, muchas veces ni ellas mismas son capaces de hacerlo. Ya ven que viajar es una manera como otra de celebrar el aniversario de una masacre y como hay que desplazarse para no dejar de aprender.
Se despide, suyo de ustedes.