En estos momentos tan entrañables, que diría nuestro monarca, creo que ha llegado de ofrecer una nueva entega de las peripecias de Andresito, este antihéroe que en su anterior comparecencia dio tanto que hablar. Los comentarios de los habituales y de algún que otro visitante inesperado dejaron claro que su declaración de principios daba lugar a la controversia. Pues bien, nuevos sucesos han tenido lugar en su vida y de sus consecuencias damos cumplida referencia en las líneas que subsiguen.
Son las dos de la madrugada del día de Nochebuena. Tras una rutinaria celebración de esta festividad, Andresito sale a la calle a oxigenarse. La calle está desierta, nada que ver con la algarabía de unas horas antes, cuando los buscadores de sombras saciaban su apetito con alcohol en lugar de con sangre. Andresito era incapaz de creer el escaso respeto de la gente que acudía borracha a ver a su familia, un desprecio en toda regla, demostrando que sólo son capaces de aguantar el envite cuando dejan de ser ellos mismos.
La noche no es muy fría y Andresito va pertrechado como Dios manda. Las celebraciones, especialmente las navideñas, suelen provocarle el efecto contrario al deseado. La tristeza y la melancolía hacen presa de él, los fantasmas que vienen a atormentarle lo hacen en estas ocasiones. Algo similar suele pasar los domingos por la noche, cuando el recuerdo de toda la gente que ha salido de su vida y que nunca volverá acude a perturbarlo. Las malditas navidades siempre atizan con mayor fuerza esos recuerdos.
Andresito piensa en esa chica que ha conocido hace dos meses. Un buen día entró en su vida, se cruzó con ella por cuestiones laborales y ya no se fue de su mente. No era una beldad, pero sus facciones y proporciones corporales la convertían en un objetivo apetecible. Andresito decidió salir de su letargo y probar suerte, se presentó, le contó algunos detalles nimios de su vida y trató saber más de ella. Al principio la cosa parecía ir bien, la chica era maja y no parecía mirarle con malos ojos, por lo que Andresito empezó a cavilar. Podría ser ella la que estaba buscando, no era mal parecida y era capaz de articular razonamientos sin parecer imbécil, la cosa se ponía interesante. Consiguió hacerse con su número de móvil y hubo mensajes de por medio, con esa coletilla que a Andresito tanto le fastidiaba en las mujeres: “besos”. Maldita sea, qué se debe entresacar de esto, con qué grado de interés se puede medir esta coletilla. ¿Se ponía por simple hábito o por verdadero interés en dar ósculos al receptor del mensaje? Aunque proclive al cinismo, Andresito es un ingenuo y siempre está dispuesto a creer que podría ser la ocasión buena.
Así fueron pasando los días. La comunicación entre ambos era fluida y se permitía ciertas confianzas, como algunos roces inocentes, una mano de ella posándose un segundo en su brazo, algún puñetazo amistoso. También había lugar para hechos menos agradables, pues los hombres siempre buscan la presa y Andresito no era el único que gustaba de la chica. Un señor de treintaymuchos con pinta de porrero vestido como uno de veintipocos o un clon de pelos puntiagudos y pinta de gilipollas eran otros de los predadores que rondaban a la hembra, sin que esta pareciera disgustarse por ello. Andresito salió de su ensoñación y pensó que quizá la cosa no iba por el cauce que el pergeñaba. La elementa sólo le encontraba simpático, como podría hacerlo con muchos otros, sólo era una muesca más en su revólver.
A partir de ahí, la relación se enfrió. La chica ya no acogía de tan buen grado los acercamientos de Andresito y no respondía a la mayoría de los intrascendentes mensajes de éste. Andresito no entendía nada, él no había hecho nada para que se produjera ese enfriamiento, por qué sucedía. Quizás la chica cansada de juguetear se buscaba a otro para tales menesteres, quizá pasaba una mala época y no estaba para chorradas o quizá se había dado cuenta de que estaba engañando platónicamente a un suspuesto novio. Maldición.
La cosa se complicó cuando la chica tuvo un nuevo cometido en su empresa y dejó de frecuentar los lugares en los que coincidía con Andresito. Dejó de responder a los mensajes y a las llamadas y el mutismo para con él se convirtió en la moneda de cambio. En medio de todo esto llegó la Navidad. Andresito ya lleva sin saber nada de ella tres semanas, por otros compañeros conoce que la chica está a lo suyo, en su trabajo como si nada. Su repentina indiferencia le da rabia y pena al mismo tiempo, no entiende el por qué de la nueva situación sin una sóla explicación. Se tiene que aguantar las ganas de llamar hasta que le responda, no quiere parecer un puto tarado, pero al mismo tiempo no le importaría hacerlo, pardiez.
En estas elucubraciones se halla Andresito cuando le viene a la cabeza ese párrafo de un artículo del gran Mariano José de Larra, que con su prosa tan certera como desesperanzada define su situación.
“…tú echas mano de tu corazón, y vas y lo arrojas a los pies de la primera que pasa, y no quieres que lo pise y lo lastime, y le entregas ese depósito sin conocerla. Confías tu tesoro a cualquiera por su linda cara, y crees porque quieres; y si mañana tu tesoro desaparece, llamas ladrón al depositario, debiendo llamarte imprudente y necio a tí mismo… Yo estoy ebrio de vino, es verdad; pero tú lo estás de deseos y de impotencia”.
El artículo al que pertenece este párrafo es el que Larra escribió con motivo de la Nochebuena de 1836, sólo unos meses antes de abrirse la tapa de los sesos. A Andresito le viene una desazón, no quiere acabar así, Larra dice verdad, pero no desea ese final. Sólo queda salir adelante, la chica se irá como ya lo han hecho otras. Lo de las llamadas es un comportamiento habitual en las de su sexo. Tus amigas y conocidas casi nunca te llaman y la mayoría de las veces no cogen tus llamadas ni te las devuelven, con lo que imagina una seudoextraña lo que hará. Luego te dicen que has estado perdido cuando ellas tampoco han hecho mucho esfuerzo en saber de ti, qué le vamos a hacer. Tampoco la vida en compañía es la panacea. La mayoría de las parejas nunca viven historias estilo Hollywood, la vida es dura y complicada y la alegría efímera, se mire como se mire.
Es hora de volver a casa y despejar estas cavilaciones nocturnas en la ciudad desierta. Una buena sesión de cine de amor te quitará la tontería de forma momentánea, estás condenado a ser un gregario en las relaciones. Siempre has de mover ficha para llegar a la gente, no eres de los que suscitan la atención, sino de los que han de pedirla. La de veces que tienes que callarte las cosas por el temor a perder a la gente a quien van dirigidas, alguna vez quisieras ser tú el que manda a la gente a la mierda. Como esa gente que hace desplantes de continuo, pero mantiene su capacidad de atracción, a diferencia tuya, que portándote con corrección y sin hacer nada, ya te rehúyen. Paciencia, la chica se irá, pero ya vendrán otras, seguiremos probando.
Para concluir este artículo, un servidor también quiere homenajear a Larra y dejar como últimas palabras las que él puso en el mencionado artículo de Nochebuena. “…la noche buena era pasada, y el mundo todo, a mis barbas, cuando hablaba de ella, la seguía llamando noche buena”.
Se despide, suyo de ustedes.



