Archivo de Abril 2008

Sobre las relaciones humanas: ¿Utilitarismo o compromiso?

Abril 28, 2008

El otro día un servidor fue testigo de una interesante conversación entre dos sujetos que sin comerlo ni beberlo se pusieron a debatir sobre dos diferentes modos de ver las relaciones humanas. Los intervinientes eran chicos jóvenes, con sus grandezas y sus miserias, que contradice la teoría de los carrozas pesimistas que aseguran que la juventud sólo piensa en beber, follar y fumar marijuana. Hay casos así, cierto, pero aún quedan motivos para la esperanza.

Como iba diciendo, pude presenciar este curioso debate entre dos personalidades diferenciadas, y que como tal, discreparon en sus razonamientos. Para no dar nombres que no vienen al caso, les llamaremos interlocutor 1 e interlocutor 2.

El interlocutor 1 sostuvo que en las relaciones humanas cuenta más la calidad que la cantidad. Este interlocutor no es amigo de hacer muchas amistades, ni de dar palique a todo el mundo. En varias ocasiones sabe apreciar la soledad, aunque en otras le disguste. Le gusta tratar a la gente como le gustaría que le tratasen a él. Se sacrificaría por los que aprecia y mataría sin miramientos a los que odia. No le llenan las relaciones superficiales, de conocer a alguien en un momento dado, cambiar algunas impresiones y despedirle probablemente hasta nunca, a veces lo ha practicado y no le ha satisfecho en demasía. Las dos partes se importan una mierda y ninguna movería un dedo por la otra ni en caso de morirse delante suyo. Este señor gusta de tratar a las personas con cercanía, interesarse de verdad por sus problemas, ver del material que están hechas y comprobar si merece la pena seguir el trato. Poder mostrarse tal como es, sin representar papeles por temor a espantarlos.

El interlocutor 2 asegura que esa concepción es antisocial. Lo que hay que hacer es relacionarse con el mayor número de personas posibles. Uno tiene que conocer a todo el que pueda en diversos ámbitos de la vida, por lo que puedan deparar en un futuro. Aún a sabiendas de que no vaya a producirse un lazo consistente, te pueden aportar diversos puntos de vista, entretenimiento y diversión. Descartar a la gente porque la impresión que te ofrezcan no te convenza es una tontería egocéntrica, hay que esperar lo que puedan darte, sin calificarles tan pronto. Querer aislarse del resto porque no te llenen es un absurdo. Al fin y al cabo, todos tenemos una máscara.

El interlocutor 1 odia a la gente que te dice que te va a llamar a sabiendas de que no lo hará, el interlocutor 2 no lo considera un argumento de peso para despreciar a nadie, eso es un uso social muy extendido. El interlocutor 1 cree que la verdadera amistad implica a muy poca gente, sólo aquellos que realizarían algún tipo de favor o sacrificio por ti, el resto no pasan de colegas. El interlocutor 2 también es escogido en sus querencias, sólo se llevaría a unos pocos a una isla desierta, pero no acaba de dejar claro cuánto pide a alguien para considerarle amigo. Comete el error de mostrarse vehemente en sus afirmaciones, haciéndose en cierto modo poseedor de la verdad absoluta, lo que le hace perder fuelle en sus argumentos ya que nadie tiene toda la verdad consigo. 

El interlocutor 1 desprecia las relaciones superficiales porque no le permiten ser él mismo y le producen sensación de soledad aún estando en grupo. El interlocutor 2 considera que eso es aislarse, que hay que tratar de relacionarse, que fluya la personalidad como sea y dejar los prejuicios aun lado. No hay por que tomarse tan en serio el trato con los iguales, simplemente hay que entrar en el juego.

Lo cierto es que los argumentos de ambos tienen motivos de peso, pero no seré yo el que diga quien me pareció más acertado en su propuesta. Eso lo dejaré al criterio de los lectores. ¿Utilitarismo o compromiso? ¿Mitad y mitad? ¿Qué es lo deseable en las relaciones con los otros? ¿Qué perspectiva es más egocéntrica? ¿Es más aconsejable utilizar las relaciones para disfrute personal sin preocuparse del nivel de intimidad o tener a unos pocos con los que sentirte a gusto? Curioso tema, pardiez.

Se despide, suyo de ustedes.

Enamorarse

Abril 24, 2008

Hoy les quiero hablar de un tema recurrente en la historia, ya sea del arte o la vida en general. De una de esas fuerzas motrices de la humanidad, de esas energías que a muchos les hacen vivir o morir, susbsistir o desaparecer. Hablo del amor, uno de los sentimientos más fuertes que existen y que ha sido causa de diversos hitos y percances. Para este artículo tomaré como título el nombre de una película de 1984 protagonizada por Robert De Niro y Meryl Streep, no como homenaje, simplemente porque me parece apropiado.

Los que ansían de este blog un lugar sin cabida para temas de este pelaje no han de asustarse, pues voy a hablar de amor cual si fuera un relato, no como un sesudo ensayo con pretensiones de trascender. A ver cómo sale.

En esta ocasión no les voy a contar alguna historia de Andresito ni tampoco le ha sucedido necesariamente a un servidor. Simplemente es un compendio de hechos observados y acontecidos a terceras personas que me han provocado diversas reflexiones, les cuento.

En esta historia hay un chico. Este señorín no destaca por su físico ni tampoco por su personalidad, es un hombre gris. Para tratar de integrarse con los de su condición opta por tirar de lugares comunes y tópicos para no llamar la atención. Este personaje gusta de pelotear a propios y extraños para ganarse su afecto, aunque en el fondo la mayoría de todos ellos le importan una mierda, pero ya dice el proverbio que hay que granjearse amistades hasta en el infierno. El caso es que su vida habitual se verá trastocada cuando una chica venga a revolver su universo.

La chicuela es bonita. Tiene los ojos verdes, una estupenda melena morena, de esbelta figura y vestir elegante. Esta niña trae a nuestro sociópata por el camino de la amargura, desde el primer día que la vio le entró curiosidad por saber más de ella, por saber cómo tenía la voz, que le pasaba por la cabeza. Como estaban unidos por trabajar en la misma empresa se veían todos los días, aunque ella ignoraba la admiración que causaba en el chico. Un día el chico se decide a hablarle, con el pretexto de una duda laboral, este pelota profesional sabe llevar la conversación a territorios que le interesan. La chica no es de la ciudad en la que ahora reside, al chico se la trae al pairo pues él tampoco es natural de allí, algo los une. Tiene menos años que él y es tímida, en todo momento le sale una risa nerviosa, incluso por cosas que no tienen gracia. El chico no sabe en ese momento si la timidez se combinará con la estulticia, pero no le importa mucho.

Tras un rato, ambos se separan y el chico se queda exultante, pues al fin ha conseguido hacerse notar ante esa chiquilla. Sabe lo que a la gente le gusta oír y le ha tratado de camelar como mejor ha podido. Quizá esa risa nerviosa denotaba algún tipo de admiración, pero había que seguir trabajando la presa. En días sucesivos, el chico fuerza encuentros con la chica y pone en práctica sus dotes de sanguijuela. Le da la razón en sus aseveraciones, finge interés en los programas de televisión de los que ella habla, aunque él los detesta y sube a un pedestal cualquiera de las vanas ideas vitales que ella posee.

La confianza entre ambos se hace cada vez mayor y el punto álgido se acerca. Una noche, la empresa organiza una salida cultural para que los empleados confraternicen mientras se duchan por dentro. El chico sanguijuela se adereza como mejor sabe, usa la gomina para peinarse su ridículo pelo como un puto yuppie de los 80 y se pone colonia por primera vez en su vida. Sale de su casa como un pavo real, convencido de que esa es su noche. Cuando la chica llega a la fiesta, está despampanante luciendo un vestido negro que le alcanza hasta la rodilla. El pelo está recogido y sus ojos brillan más que nunca como consecuencia del maquillaje que los circunda.

El sanguijuela se queda pasmado y no sabe que hacer. Acude a saludarla y a poco que habla con ella le viene una erección de caballo. Su mente está tan perpleja, que no se da cuenta de que toca hacer la rosca diciendo lo guapa que está. La timidez le dura un buen rato después de haber empezado el guateque. Por primera vez en su vida no sabe como reaccionar, no se atreve siquiera a hablarla. Desde un rincón observa como varios de sus compañeros le dan palique y ella lo acepta con una gran sonrisa. Esos malditos nunca la habían hablado y ahora le están quitando el puesto, la envidia le roe y le corroe. Tras un rato no aguanta más y se va a su casa totalmente frustrado. El descontento se apodera de él de forma completa, se odia a sí mismo, a la chica y a los moscones que la rodeaban. Quizás esa noche acabase ligando con alguno de ellos.

Trata de dormir, pero es complicado cuando el alma está agitada. La chica no se le va de la cabeza, él alberga sentimientos de desprecio, pero también de ternura. No deja de pensar en lo que le gustaría agarrarla de la cintura y probar sus labios, en abrazar su cuerpo caliente y desnudo, en practicarle un coito como Dios manda. Cuando estos pensamientos llenan su cerebro logra dormirse, no sin antes consolarse diciéndose a sí mismo que la quiere.

A la mañana siguiente, el chico se despierta confuso, un poco arrepentido de los tiernos pensamientos del día anterior, pero triste al saber que hasta dos días después no verá a la chica de nuevo. Trata de llamarla a su teléfono, pero ella no contesta, aún con todo lo que desea desahogarse. Quiere decirle que le gusta, que quiere su cuerpo y su alma para él. Parece que por primera vez siente algo más que desprecio hacia la gente, que su natural fingimiento se troca en sinceridad.

Decide escribir un email y contárselo todo. Le confiesa que le gusta, que hasta que no la vio la noche anterior no era consciente, pero que ahora sabía lo que sentía. Para vender mejor la moto, consciente de lo que les gusta el rollo sentimental a las mujeres, finaliza su escrito con un te quiero. Duda unos momentos antes de enviar el escrito, pues le deja muy vendido ante ella, descubre su faceta falsaria y sus verdaderos sentimientos. Su turbación es fuerte y decide seguir la celebérrima frase de Julio César: “alea jacta est”.

Ese día, la sanguijuela se siente feliz, confiado en el éxito de sus palabras, pensando en que ese email era el remedo de nuestros días de las cartas de amor manuscritas de toda la vida. Al fin él viviría una experiencia como en esos libros y películas de época. Mira su bandeja de entrada cada poco, ansioso de saber algo, pero no hay nada, quizá esté durmiendo la resaca. Enseguida destierra de su mente los pensamientos de un posible lío a terceros.

Al día siguiente se produce la contestación. Al chico se le pone el corazón en un puño y no sabe que hacer, quiere abrir ese mail y eliminarlo al mismo tiempo, sabe que su vida ya no será la misma pase lo que pase. Al fin lo abre y observa el contenido. Ella le agradece sus piropos y las cosas que le gustan de su persona, pero le dice que siempre le ha visto como amigo, no sabe a que viene eso ahora. Ella tiene un novio en su ciudad natal y está muy bien con él, hasta ahora no le había hablado de una pareja porque no se había dado el caso. Sus conversaciones habían sido de los más superficiales y él sólo se había esforzado en adularla más que en querer llegar al fondo de su persona. Ella quiere que sigan como hasta el momento, no quiere líos con otros señores, son sólo amigos.

“Amigos, y una polla”, piensa el sanguijuela. Ahora está confuso y cabreado, el odio se ha apoderado de su mente y su cuerpo. Le gustaría decirle cuatro cosas a la chica, ninguna de ellas buena. Su risa antes adorable, ahora era estúpida. Su personalidad era corriente, remilgada e insulsa, ya no intrigante o atractiva. Maldice a los sentimientos y a la feminidad en general, su manipulación para con los hombres y su desengaño posterior.

Tras unas cuantas horas de furia hay que volver al trabajo. El sanguijuela está expectante ante lo que sucederá en su reencuentro cara a cara, verá su dolor cual Melibea, para saber qué es lo que le espera, si odio o indiferencia. Trata de apartarse de ella, pero a la hora del descanso a media mañana la volverá a ver. Allí estaba ella, hablando tan ricamente con algunos de los que habían estado en la fiesta, con la misma desenvoltura con la que lo había hecho con él. Ahí el chico se dio cuenta de que no había conseguido nada, era sólo una muesca más en el revólver de la chica, que seguramente en su vida había recibido a varios moscones como él. Ni siquiera le dirige la palabra, algo que tampoco hará en los días sucesivos. A ella no parece preocuparle mucho su ausencia y eso le encabrona aún más. Maldita zorra.

Pasada una temporada, nuestro sanguijuela ha vuelto a la normalidad. Sigue haciendo sus lazos afectivos con la misma falsedad que antaño, regalando la oreja de su interlocutor, consciente de que ambos se importan una mierda mutuamente, pero a quién coño le importa. Atrás han quedado días de sinsabores, de acostarse murmurando te quiero a aquella que no le hacía caso, de reencontrarse y darse cuenta de que la frialdad era la única respuesta de ella. Ni siquiera su risa característica salía a relucir, hablaban de banalidades un breve rato y luego cada uno a sus cosas.

Un día se enteró de que el novio de la chica la había dejado por otra y no pudo evitar un profundo regocijo. La llama de aquello que había sentido se había extinguido y esos sentimientos ya le parecían una chorrada. Jódete, maldita. Ahora búscate a otro imbécil que te atienda.

Pero lo que el chico no sabía era que en su estancia en aquella empresa había causado la admiración de otra mujer, de aspecto más corriente que su antiguo objeto de deseo. Apenas habían hablado, pero su talante halagador había conmovido el corazón de esta segunda mujer. Ella nunca le dijo nada, que fantaseaba con él a menudo, que deseaba encontrársele por los pasillos y darle palique, aunque las conversaciones nunca pasaran de la corrección más aburrida. La indiferencia del otro primero la encendió y luego la apagó del mismo modo, hacía ya tiempo que había dejado la empresa y ahora vivía en otra ciudad, compartiendo piso y corazón con un hombre que tenía una aventura extramarital que aún no conocía.

Y dicho esto que podría decirse, ¿qué es lo que tiene el amor que nos hace sentir tan pletóricos y tan imbéciles?, ¿por qué tantas veces es necesario sentirse querido de la forma que sea?, ¿por qué necesitamos querer a algo o alguien, aunque nos haga infelices? ¿por qué es tan arbitrario como pasajero, que nos empuja a la persona más inesperada y viene como se va?

Algunos científicos dicen que el amor tiene de fecha de caducidad, extinguiéndose a los tres años de producirse, eso explicaría tantos matrimonios aburridos que sólo se soportan por la costumbre. Quizás el amor es un divertimento más que buscamos para pasar la vida más entretenidos. Madame Bovary se lanzó a la búsqueda del amor verdadero por puro hastío vital hasta que descubrió la realidad, alejada de esos idealismos románticos.

Misterios del alma humana, demasiado complejos para una respuesta generalizada. Que cada uno saque sus conclusiones.

Se despide, suyo de ustedes

Experiencias que forjan el carácter: Un verano en Inglaterra II

Abril 18, 2008

Hace unas cuantas fechas les hablaba de esas experiencias vitales que uno padece y que conforman su carácter para bien o para mal y de ellas destacaba un verano que pasé en Inglaterra trabajando de camarero. Si no recuerdo mal les había dejado tras contarles en qué consistía mi rutina diaria en ese empleo. Creo que éste es un buen momento para relatar una serie de anécdotas de las que fui testigo o protagonista.

Aparte de pulir cubertería, los fines de semana solían celebrarse bodas y un servidor tenía que arrimar el hombro para ayudar a preparar dos o tres salones en los que se hacían bodas de forma simultánea. Recuerdo entrar en un salón a poner los aperitivos a los invitados, pasar a otro y servir bebidas durante la fiesta posterior al banquete y en un tercero se estaba dando el discurso al tiempo que se partía la tarta nupcial. Precisamente en dos de esas bodas me pasó una cosa bizarra con una natural del país. Recogiendo los trastos tras celebrarse uno de estos himeneos, una chicuela de pelo moreno y aspecto de pretender me pellizcó el culo. Lo hizo de forma tan ostensible que no daba lugar a dudas sobre si había sido accidental. Ella no era empleada del hotel, sino que venía para reforzar personal durante las bodas. Por lo visto le había gustado, ya que durante unas cuantas ocasiones cada vez que nos cruzábamos me dirigía miradas bastante penetrantes.

La cosa terminó de una forma un tanto sórdida, pues en uno de estos bodorrios tuve un extraño arranque de valentía y le dije que me acompañase aprovechando que teníamos descanso. Entramos a un reservado al baño de tíos y allí le besé sin apenas mediar palabra. Como en esas latitudes son más lanzadas las hembras, ésta ya se olía que al pedir su compañía quería corresponder a sus afectos y así fue. Estuvimos unos instantes dándonos el morro, mientras un par de ingleses medio borrachos entraban a los baños y meaban con gran estruendo, presa del alcohol. Finalmente la tipa debió cansarse de mí, porque mostró claros signos de que aquello no le gustaba y salimos de allí del mismo modo que habíamos entrado, sin decir ni mú. A partir de entonces no volvió ni a mirarme ni a dirigirme la palabra, quizás me imaginó como alguien misterioso por verme tan callado y tras aquel calentón repentino se dio cuenta de que yo era un fucking freak.

También está el día en el que el chulito que se hacía llamar JP me llamó “fucking spanish” porque le caía mal y se le puso en la punta del capullo. Yo ya estaba quemado con ese tío y presenté una queja formal al gerente. Ahí se pusieron todos en guardia y lo cierto es que fue de las pocas cosas en las que no tuve queja de estos malditos ingleses. Enseguida todos vinieron a pedirme disculpas y a decir que no se repetiría. Lo cierto es que no mucho tiempo atrás ya me habían dicho si era moro o judío a consecuencia de mi pelo moreno ondulado, pero como bien descubrí, estos británicos son unos expertos en ser educados y al mismo tiempo darte la puñalada por la espalda. De cualquier modo, esa me la apunté yo.

Y es que yo no era muy popular en el curro. La mayoría de gente me miraba por encima del hombro o pasaba de mi y la chica española estaba más interesada en los autóctonos que en hacerme el más mínimo caso. La niña daba unas patadas tremendas a la gramática, del estilo “I say that yes” para decir “digo que sí”, pero era bien parecida y la mayoría de tíos se la querían petar, así que todolo que decía les hacía de reír. Mi única y bizarra compañía era un negrito que me dijo que se llamaba Ali o algo asi, no recuerdo muy bien. Él tío era de Zimbawe y fregaba platos y cuando me lo encontraba en la cocina siempre me sonreía y me decía qué tal me iba. Su inglés era aún más precario que el mío, pero llegó a contarme que tenía un pariente viviendo en Madrid y que quería ir a visitarlo. Ahora que pienso en él me planteo que habrá sido de su suerte después de estos años, me caía bien el tipo, la verdad.

No obstante, un servidor aprovechaba para optimizar su trabajo y me llevaba cosillas para comer. Cuando por la noche preparaba el desayuno de la mañana siguiente siempre hurtaba  de las provisiones algún envase de cereales, algún bote pequeño de mermelada y pastillas de chocolate mentolado. Con lo poco que ganaba y lo caro que estaba todo allí, cualquier ahorro era necesario. Así que al día siguiente desayunaba tan campante sentado en el borde de un sofá despanzurrado de la parodia de salón que teníamos en casa de sir Winston mientras oía a los pájaros cantar en el jardín.

Otra peripecia curiosa me acaeció un domingo por la noche, cuando me tuve que quedar a hacer las últimas labores del día, mientras otro individuo cerraba la contabilidad. El caso es que ninguno de los dos tenía transporte y el servicio de taxis ya no funcionaba, lo cual no era muy positivo si teníamos en cuenta que había que atravesar un tupido bosque, que ríete tú del de la película de Shyamalan. Cada vez se hacía más tarde y sólo quedaba batirse, así que decidimos coger una linterna e ir caminando los cuatro kilómetros de bosque y campiña hasta el pueblo. Cruzar el bosque fue de lo más inquietante, pues la linterna no alumbraba mucho y el la sensación era muy agobiante. Los árboles estaban encima nuestro tapando la luz de la luna y el silencio era tremendo, el más mínimo ruido se oía multiplicado por mil.  Con todo ello, cada vez que oímos alguna rama quebrarse u objetos cayendo al suelo ya pensábamos que algún bicho o indeseable iba a saltar sobre nosotros.

Pocas veces en mi vida he pasado tanto miedo como entonces, estaba como una colegiala viendo una peli de terror de chichinabo. Además la situación era de lo más bizarra, acompañado de un tío que no conocía, cruzando un bosque en la más absoluta oscuridad. Gracias a Dios, la cosa no pasó a mayores, ni nos atacaron los osos ni los adictos a la sordidez.

También podría hablar del hambre que pasaba durante mi servicio. Los camareros sólo teníamos pactada una comida a las 6 de la tarde, que para ellos ya era casi la cena. El resto de comidas había que procurárselas por tu cuenta y riesgo, así que un servidor hacía lo que podía para subsistir. Como no entraba hasta las 3, me levantaba a las 12 o la 1 de la tarde. Como en casa de sir Winston no había ducha, tenía que llenar la bañera para higienizarme y por ejemplo para lavarme la cabeza debía sumergirme en las profundidades del agua cual si fuera un ortodoxo. Luego desayunaba del modo en que he explicado hace unas líneas, tras distraer algunos productos del hotelillo. Me iba a trabajar y tras unas horas se hacía esa comida, a la que llegaba canino, así que me cogía un poco de todo.

El menú tampoco iba muy allá, pues se componía se patatas, pollo y guisantes en diversas formas (en puré, al natural, codidos, fritos o hervidos). Por si no fuera poco había que aguantar la mirada descalificante de algún petrimetre por llenar el plato, pero era la última carga alimentaria de la que iba a hacer acopio hasta bien entrada la noche y no se podía desaprovechar el buffet. Lo malo es que el hambre acuciaba a las pocas horas, cuando aún quedaban labores por hacer y había que recurrir a trucos dignos de la novela picaresca.

Cuando se servían las cenas, en muchas ocasiones llegaban platos que los comensales no habían terminado, con trozos de carne intactos o aperitivos sin probar. Ahí es cuando les metía mano antes de tirar los restos a la basura y me comía furtivamente lo que podía o lo envolvía en una servilleta o lo metía al bolsillo directamente para escaparme a alguna esquina en la que no me viera nadie y comerme el producto escamoteado. Alguna vez me pillaron in fraganti, pero la necesidad pesaba más que la virtud, así que me la pelaba bastante.

Viendo que ya me estoy alargando y que no quiero aburrir a las ovejas, dejaré para una nueva entrega más peripecias de esta experiencia inglesa. En esa ocasión les hablaré de los bizarrismos en los albergues y los trucos para ahorrar dinero en el transporte por vía férrea, que lo cierto es que cuando más anécdotas voy recordando más me vuelven a la cabeza tras algunos años de olvido. Con razón se dice que hay que ejercitar la mente para no perder capacidad intelectual.

Se despide, suyo de ustedes.

El vestido verde

Abril 8, 2008

Hace cosa de unos meses se estrenó por estos lares la película “Expiación”. Basada en la novela homónima de Ian McEwan, dirigida por Joe Wright y protagonizada por Keira Knightley y James Mc Avoy, contaba la historia de un jardinero enamorado en secreto de una joven adinerada para cuya familia él trabaja. La hermana pequeña de la joven, una niña con ínfulas literarias y afán de protagonismo, truncaba la incipiente relación entre ambos y posteriormente la Segunda Guerra Mundial les separaba de forma indefinida. Mientras tanto, la hermana pequeña trata de expiar sus pecados pasados.

La trama daba para una película cuando menos interesante. De hecho, formalmente hablando, la propuesta es muy apetitosa. La fotografía, la música o al puesta en escena son de recibo, pero lo más importante en estos casos, que son las emociones, no resultan creíbles. En muchos momentos sientes que estás viendo una bella postal, pero sin verdadera alma, con sentimentalismo de novela rosa. Algo similar a lo que solía brindar el difunto Anthony Minghella en sus “Cold Mountain” y similares. Al final, de lo poco que resulta realmente vivo en este filme es cuando el protagonista le escribe una carta a su bienamada y le dice “En mis sueños beso tu coño, tu dulce y húmedo coño”, algo poco habitual en una peli inglesa de época.

Pero no es de “Expiación” de lo que va este artículo, sino de uno de sus aspectos colaterales. En un tramo de la película la tabla de planchar, es decir, Keira Knightley, luce un vestido verde que ha causado la admiración de propios y extraños. De hecho en algún sitio han llegado a decir que es el modelo más bonito que ha lucido una actriz en la historia del cine. Reconociendo que le sienta muy bien el ropaje a la enjuta intérprete, creo que es una afirmación exagerada, pero para gustos los colores.

Entrando en el meollo del asunto, un servidor es muy aficionado a pasear, ya que para otras formas de deporte la vagancia o la incapacidad me inhabilitan para ello. En mis paseos urbanos suelo pasar por delante del escaparate de una tienda de ropa femenina. Generalmente no suelo reparar en estos detalles, pues no recurro al travestismo ni soy un “fashion victim” en potencia, pero el caso es que vi algo familiar. En el citado escaparate un maniquí lucía un vestido de color verde que me recordó al de “Expiación”, siendo bastante similar en el diseño y la costura, aunque este carecía de tirantes, sujetándose desde el cuello.

Lo cierto es que durante unos instantes me quedé absorto contemplándolo y varios pensamientos me pasaron por la cabeza. Pensé en esas bellas damas que pasean por nuestras calles luciendo sus encantos.  Esas mujeres que se arreglan para tratar de mejorar su aspecto, para atraer las miradas de hombres lujuriosos y mujeres llenas de envidia por no poder ir así (aunque a veces ellas tienen un talento oculto que desconocen o no quieren mostrar). Pensé en qué sería regalárselo a una de las chicas que pueblan mis sueños. Qué sería contemplar a dicha chica con él puesto, que sería recogerle el pelo hacia atrás con mis manos, qué sería pasar los nudillos por su nuca, qué sería rozar la piel que la ropa había dejado al descubierto con la yema de mis dedos y verla erizada por el efecto del roce.

En estas ensoñaciones me hallaba cuendo me vino la idea de otra mujer vestida con estilo, que causaba admiraciones varias entre los paseantes. El efecto embriagador se iba a la porra cuando la elementa abría la boca y dejaba salir exabruptos varios para traslucir su categoría de garrula de suburbio. Fue en ese instante cuando desperté de la extraña mezcla entre Síndrome de Stendhal y calentura mental en la que me había sumido la visión de ese vestido verde.

Sintiéndome un poco imbécil, decidí seguir la marcha y dejarme de tonterías. Durante varios días seguí pasando por aquel escaparate, viendo al vestido impertérrito en su maniquí, hasta que un día dejó de estar. Cuando reparé en ello, apenas me había fijado en el muestrario, pero de reojo me dí cuenta de que ahí faltaba algo. Efectivamente, el vestido verde ya no estaba. Quizá alguien había caído en el mismo embrujo que yo y lo había comprado para sí o para regalárselo a alguien, quizá los responsables de la tienda habían visto que no había manera de colocarlo y decidieron meterlo al interior del establecimiento, al almacén para dejarlo en barbecho hasta las rebajas o directamente lo habían mandado a algún contenedor de basura. Vaya usted a saber.

Es curioso cómo la primavera tiene efectos extraños en la personalidad de la gente, en otro momento del año posiblemente no habría experimentado estas sensaciones que les acabo de relatar. Pero por si no lo saben, en el fondo muy pocas veces, por no decir nunca, controlamos nuestras emociones y decisiones vitales debido a diversas circunstancias. Pero eso ya es tema para otro artículo, harina de otro costal que diría aquel.

Se despide, suyo de ustedes.

Flirting & Squirting III

Abril 2, 2008

Tras un período de inactividad de dos meses por diversas causas vuelvo a retomar el teclado para relatarles a ustedes nuevas andanzas de nuestro particular antihéroe Andresito, que ha vuelto por sus fueros.

Hace un tiempo Andresito llegó a la conclusión de que enamorarse, entregar su corazón a alguien y todas esas cosas eran una pérdida de tiempo y de ilusiones. Por regla general, comprometerse sentimentalmente con alguien es algo de lo más decepcionante, ya que rara vez sueles verte correspondido y lo más frecuente es encontrar frialdad y renuencia por la otra parte. Y así sucede hasta la siguiente ocasión y sucesivamente.

El caso es que Andresito, a falta de encontrar esa mierda del amor verdadero, se había convertido en un putero convencido para poder aliviar sus bajos instintos. Sus experiencias puteriles habían sido desiguales, a veces satisfactorias pero en otras ocasiones de cortarse el pitu. Todo esto cambió cuando conoció a Bruna.

Bruna era una puta originaria del Brasil, que Andresito descubrió en un anuncio de prensa. No era de los más vistosos de la página de relax, pero algunas de las intentonas se habían saldado con gente poco simpática o simplemente no habían contestado a sus requerimientos. Cuando contactó con Bruna, se encontró con una voz simpática e incitante, al fin alguien se interesaba de verdad por él, aunque fuese pagando y posiblemente fingiendo.

Andresito acudió presto al piso que le indicó la meretriz, mientras tarareaba el tema central del “Drácula” de Coppola, ansioso de descargar sus venenos varios. Cuando llegó se encontró con una chica bajita, de piel cetrina y con una sonrisa amistosa. Entraron a un cuarto y ella se empezó a preparar para el ejercicio de amor. Intentó dar un poco de palique a Andresito, pero su marcado acento brasileño tampoco le daba para grandes alardes. No obstante, pudo colegir su nombre y que era brasileña de Curitivá, bastante más de lo imprescindible para esos casos, la verdad.

Antes de empezar, puso en su portátil la canción “Say it right”, de Nelly Furtado, una canción de 2006, pero que Andresito no había conocido hasta ese momento y que no sabía lo que llegaría a apreciarla al poco. La faena comenzó y fue bastante bien, la chica se implicó y puso énfasis en dar un buen servicio y como no podía ser de otro modo, la cosa se resolvió satisfactoriamente. Bruna pareció quedar agradada con las formas de Andresito y le invitó a volver otro día con un beso en los labios.

Andresito salió contento de allí y con ganas de volver, no como en otras ocasiones que estas visitas le hacían sentirse sucio y hastiado, por unas profesionales abiertamente descontentas con su trabajo y que le provocaban consciencia de todas las penalidades que algunas debían aguantar. Gordos imbéciles y peludos retozando sobre ellas y echando el fluido a los dos minutos, anormales con ganas de poner un poco de emoción a su vida y que la meterían en un ladrillo de igual manera.

Como no podía ser de otro modo, Andresito volvió a ver a Bruna en apenas diez días. El segundo encuentro fue más productivo, pues ella le contó que tenía 23 años y llevaba apenas dos meses en el país, algo notorio a tenor de su precario español. También le confesó que tras su primer encuentro se había quedado con ganas de volver a verle, lo que a nuestro antihéroe le supuso un gran regocijo. Que más quiso el ciego que ver.

La segunda sesión entre ambos fue más intensa que la anterior. El conocimiento previo y los deseos sórdidos, especialmente de Andresito, provocaron que la media hora pactada se alargase un poco más. Algo teóricamente poco probable en un ayuntamiento carnal de este calibre como son los besos en los morros también tuvieron lugar en esta ocasión. Andresito era un hombre depravado aunque escrupuloso y no concebía compartir los labios con prostitutas, habida cuenta de la gente a la que se miden habitualmente estas trabajadoras del amor. Sin embargo, la excitación hizo que esas cosas pasaran a segundo plano.

Bruna le confesó que era el cliente que mejor la había tratado, que la había hecho sentirse amada. Andresito desconfió, ya que las putas recurren muchas veces a la mentira para tratar de halagar al cliente, que en ello les va la vida. Obviamente, Bruna le invitó  a volver cuando quisiera y Andresito cumplió a los pocos días.

La tercera ocasión anduvo por los mismos derroteros que la segunda, aunque un poquito mejor si cabe. La invitación a volver seguía presente y a Andresito se le ponía la mosca tras la oreja, pues se estaba dejando las perras (a gusto, pero gastándolas al fin y al cabo). No quería volverse un maldito obseso, por la ruina mental y material que podía suponer y así se lo hizo saber a Bruna.

Ella tenía el teléfono de nuestro infraser, guardado de las veces que le había llamado. Al cabo de unos días le contactó y le dijo que si volvía no le cobraría. Andresito no se lo creía, la puta le llamaba para copular y encima sin pagar, demasiado bueno para ser cierto. Creyó que había entendido mal por las dificultades de la pronunciación, pero la cosa parecía cierta. Confirmada esta venturosa situación, Andresito acudió presto al piso puteril y allí fue recibido por Bruna con un fuerte abrazo.

A raíz de todo esto hay que reseñar que Andresito y Bruna se vieron todos los días durante una semana, con más de un casquete en alguna de estas sesiones. Tampoco quiero convertir este blog en remedo de novela erótica-festiva, sólo resaltaré que Andresito realizó diversas prácticas sexuales que hasta ese momento sólo había vislumbrado en su querido cine de amor.

Como no podía ser de otro modo Andresito estaba feliz. Bruna le daba sexo a raudales y además gratis, era algo tan inususal para él que estaba en una nube. No sentía amor por ella, pues este sentimiento le había sido extirpado tiempo atrás, pero el aprecio iba in crescendo. Todo iba bien hasta que la vida siguió su inexorable curso, y es que todo lo que tiene un principio tiene un final.

Un buen día Andresito contactó de nuevo con Bruna para continuar su particular “Nueve semanas y media”, pero Bruna le contestó que no podía ser. Él no sabía por qué se producía este cambio de opinión y le preguntó el motivo. Ella argumentó que le había contado la aventurilla a sus dos compañeras putillas y que estas a su vez habían largado con el proxeneta, lo que no le había hecho mucha gracia. De este modo, le había prohibido tajantemente que se volvieran a repetir este tipo de encuentros, incluso pagando.

Con todo ello, y habida cuenta de que Andresito ya era conocido en el piso puteril, Bruna le recomendó que no volviera a pasar por allí, que si no iba a tener problemas. Andresito trató de convencerla para que se vieran en otro sitio, pero no hubo manera. Ella quiso cortar de raíz porque notaba que se estaba enganchando y era mejor parar en este punto, antes de llegar a mayores.

Como no podía ser de otro modo esto fue un duro golpe para Andresito, que de golpe y porrazo vio como su vida de placer había sido tan efímera como intensa. Aunque intentó contactar de nuevo con Bruna no fue posible, pues su teléfono le emplazaba siempre a un buzón de voz, estaba claro que todo se había terminado.

Así que Andresito volvió una vez más a su gris vida, condenado de nuevo a recurrir al porno para desahogar sus bajos instintos. Una vez más le vinieron a la cabeza esas dos películas de cine clásico que siempre le parecían sinónimos de su propia existencia. Una era “Centauros del desierto” y ese final que tanto le conmovía con un John Wayne que una vez cumplido su deber era ignorado por todos al volver a la casa, convirtiéndose en una presencia casi fantasmal y comprendía que su destino era vagar en busca de un sentido. La otra era “Qué bello es vivir” cuando el apurado hombre recto pretende acabar con una vida que pese a sus intentos de ayudar a los demás había terminado de forma miserable. Lo malo es que el cobarde de Capra no iba hasta las últimas consecuencias y redimía a su héroe. Andresito se preguntaba en ocasiones que pasaría si él se fuera, si sería ese John Wayne o ese James Stewart sin un Clarence que le salve la papeleta, un hombre solitario y sin mucha trascendencia en la vida de los demás. Siempre condenado a ser un gregario y un sirviente y a sufrir la indiferencia ajena.

Esto da lugar a una reflexión. ¿Qué trascendencia tenemos en las vidas de los otros? ¿Realmente dejamos huella o sólo un vago recuerdo que es lo que provoca que durante una época nos añoren y después a otra cosa mariposa? En un artículo anterior me refería a la pérdida como algo inevitable y que no había que regodearse en el dolor, mas viendo situaciones como las de Andresito y tantos como él no cabe sino hacerse la cuestión. ¿Por qué tantas veces hay que sentirse como un fantasma en medio de los demás? Quizás sea ese el signo de la vida desde que el mundo es mundo. Algunos se llevan las medallas y el esto van bien jodidos, independientemente de sus merecimientos.

Quién sabe.

Se despide, suyo de ustedes.