Hoy les quiero hablar de un tema recurrente en la historia, ya sea del arte o la vida en general. De una de esas fuerzas motrices de la humanidad, de esas energías que a muchos les hacen vivir o morir, susbsistir o desaparecer. Hablo del amor, uno de los sentimientos más fuertes que existen y que ha sido causa de diversos hitos y percances. Para este artículo tomaré como título el nombre de una película de 1984 protagonizada por Robert De Niro y Meryl Streep, no como homenaje, simplemente porque me parece apropiado.
Los que ansían de este blog un lugar sin cabida para temas de este pelaje no han de asustarse, pues voy a hablar de amor cual si fuera un relato, no como un sesudo ensayo con pretensiones de trascender. A ver cómo sale.
En esta ocasión no les voy a contar alguna historia de Andresito ni tampoco le ha sucedido necesariamente a un servidor. Simplemente es un compendio de hechos observados y acontecidos a terceras personas que me han provocado diversas reflexiones, les cuento.
En esta historia hay un chico. Este señorín no destaca por su físico ni tampoco por su personalidad, es un hombre gris. Para tratar de integrarse con los de su condición opta por tirar de lugares comunes y tópicos para no llamar la atención. Este personaje gusta de pelotear a propios y extraños para ganarse su afecto, aunque en el fondo la mayoría de todos ellos le importan una mierda, pero ya dice el proverbio que hay que granjearse amistades hasta en el infierno. El caso es que su vida habitual se verá trastocada cuando una chica venga a revolver su universo.
La chicuela es bonita. Tiene los ojos verdes, una estupenda melena morena, de esbelta figura y vestir elegante. Esta niña trae a nuestro sociópata por el camino de la amargura, desde el primer día que la vio le entró curiosidad por saber más de ella, por saber cómo tenía la voz, que le pasaba por la cabeza. Como estaban unidos por trabajar en la misma empresa se veían todos los días, aunque ella ignoraba la admiración que causaba en el chico. Un día el chico se decide a hablarle, con el pretexto de una duda laboral, este pelota profesional sabe llevar la conversación a territorios que le interesan. La chica no es de la ciudad en la que ahora reside, al chico se la trae al pairo pues él tampoco es natural de allí, algo los une. Tiene menos años que él y es tímida, en todo momento le sale una risa nerviosa, incluso por cosas que no tienen gracia. El chico no sabe en ese momento si la timidez se combinará con la estulticia, pero no le importa mucho.
Tras un rato, ambos se separan y el chico se queda exultante, pues al fin ha conseguido hacerse notar ante esa chiquilla. Sabe lo que a la gente le gusta oír y le ha tratado de camelar como mejor ha podido. Quizá esa risa nerviosa denotaba algún tipo de admiración, pero había que seguir trabajando la presa. En días sucesivos, el chico fuerza encuentros con la chica y pone en práctica sus dotes de sanguijuela. Le da la razón en sus aseveraciones, finge interés en los programas de televisión de los que ella habla, aunque él los detesta y sube a un pedestal cualquiera de las vanas ideas vitales que ella posee.
La confianza entre ambos se hace cada vez mayor y el punto álgido se acerca. Una noche, la empresa organiza una salida cultural para que los empleados confraternicen mientras se duchan por dentro. El chico sanguijuela se adereza como mejor sabe, usa la gomina para peinarse su ridículo pelo como un puto yuppie de los 80 y se pone colonia por primera vez en su vida. Sale de su casa como un pavo real, convencido de que esa es su noche. Cuando la chica llega a la fiesta, está despampanante luciendo un vestido negro que le alcanza hasta la rodilla. El pelo está recogido y sus ojos brillan más que nunca como consecuencia del maquillaje que los circunda.
El sanguijuela se queda pasmado y no sabe que hacer. Acude a saludarla y a poco que habla con ella le viene una erección de caballo. Su mente está tan perpleja, que no se da cuenta de que toca hacer la rosca diciendo lo guapa que está. La timidez le dura un buen rato después de haber empezado el guateque. Por primera vez en su vida no sabe como reaccionar, no se atreve siquiera a hablarla. Desde un rincón observa como varios de sus compañeros le dan palique y ella lo acepta con una gran sonrisa. Esos malditos nunca la habían hablado y ahora le están quitando el puesto, la envidia le roe y le corroe. Tras un rato no aguanta más y se va a su casa totalmente frustrado. El descontento se apodera de él de forma completa, se odia a sí mismo, a la chica y a los moscones que la rodeaban. Quizás esa noche acabase ligando con alguno de ellos.
Trata de dormir, pero es complicado cuando el alma está agitada. La chica no se le va de la cabeza, él alberga sentimientos de desprecio, pero también de ternura. No deja de pensar en lo que le gustaría agarrarla de la cintura y probar sus labios, en abrazar su cuerpo caliente y desnudo, en practicarle un coito como Dios manda. Cuando estos pensamientos llenan su cerebro logra dormirse, no sin antes consolarse diciéndose a sí mismo que la quiere.
A la mañana siguiente, el chico se despierta confuso, un poco arrepentido de los tiernos pensamientos del día anterior, pero triste al saber que hasta dos días después no verá a la chica de nuevo. Trata de llamarla a su teléfono, pero ella no contesta, aún con todo lo que desea desahogarse. Quiere decirle que le gusta, que quiere su cuerpo y su alma para él. Parece que por primera vez siente algo más que desprecio hacia la gente, que su natural fingimiento se troca en sinceridad.
Decide escribir un email y contárselo todo. Le confiesa que le gusta, que hasta que no la vio la noche anterior no era consciente, pero que ahora sabía lo que sentía. Para vender mejor la moto, consciente de lo que les gusta el rollo sentimental a las mujeres, finaliza su escrito con un te quiero. Duda unos momentos antes de enviar el escrito, pues le deja muy vendido ante ella, descubre su faceta falsaria y sus verdaderos sentimientos. Su turbación es fuerte y decide seguir la celebérrima frase de Julio César: “alea jacta est”.
Ese día, la sanguijuela se siente feliz, confiado en el éxito de sus palabras, pensando en que ese email era el remedo de nuestros días de las cartas de amor manuscritas de toda la vida. Al fin él viviría una experiencia como en esos libros y películas de época. Mira su bandeja de entrada cada poco, ansioso de saber algo, pero no hay nada, quizá esté durmiendo la resaca. Enseguida destierra de su mente los pensamientos de un posible lío a terceros.
Al día siguiente se produce la contestación. Al chico se le pone el corazón en un puño y no sabe que hacer, quiere abrir ese mail y eliminarlo al mismo tiempo, sabe que su vida ya no será la misma pase lo que pase. Al fin lo abre y observa el contenido. Ella le agradece sus piropos y las cosas que le gustan de su persona, pero le dice que siempre le ha visto como amigo, no sabe a que viene eso ahora. Ella tiene un novio en su ciudad natal y está muy bien con él, hasta ahora no le había hablado de una pareja porque no se había dado el caso. Sus conversaciones habían sido de los más superficiales y él sólo se había esforzado en adularla más que en querer llegar al fondo de su persona. Ella quiere que sigan como hasta el momento, no quiere líos con otros señores, son sólo amigos.
“Amigos, y una polla”, piensa el sanguijuela. Ahora está confuso y cabreado, el odio se ha apoderado de su mente y su cuerpo. Le gustaría decirle cuatro cosas a la chica, ninguna de ellas buena. Su risa antes adorable, ahora era estúpida. Su personalidad era corriente, remilgada e insulsa, ya no intrigante o atractiva. Maldice a los sentimientos y a la feminidad en general, su manipulación para con los hombres y su desengaño posterior.
Tras unas cuantas horas de furia hay que volver al trabajo. El sanguijuela está expectante ante lo que sucederá en su reencuentro cara a cara, verá su dolor cual Melibea, para saber qué es lo que le espera, si odio o indiferencia. Trata de apartarse de ella, pero a la hora del descanso a media mañana la volverá a ver. Allí estaba ella, hablando tan ricamente con algunos de los que habían estado en la fiesta, con la misma desenvoltura con la que lo había hecho con él. Ahí el chico se dio cuenta de que no había conseguido nada, era sólo una muesca más en el revólver de la chica, que seguramente en su vida había recibido a varios moscones como él. Ni siquiera le dirige la palabra, algo que tampoco hará en los días sucesivos. A ella no parece preocuparle mucho su ausencia y eso le encabrona aún más. Maldita zorra.
Pasada una temporada, nuestro sanguijuela ha vuelto a la normalidad. Sigue haciendo sus lazos afectivos con la misma falsedad que antaño, regalando la oreja de su interlocutor, consciente de que ambos se importan una mierda mutuamente, pero a quién coño le importa. Atrás han quedado días de sinsabores, de acostarse murmurando te quiero a aquella que no le hacía caso, de reencontrarse y darse cuenta de que la frialdad era la única respuesta de ella. Ni siquiera su risa característica salía a relucir, hablaban de banalidades un breve rato y luego cada uno a sus cosas.
Un día se enteró de que el novio de la chica la había dejado por otra y no pudo evitar un profundo regocijo. La llama de aquello que había sentido se había extinguido y esos sentimientos ya le parecían una chorrada. Jódete, maldita. Ahora búscate a otro imbécil que te atienda.
Pero lo que el chico no sabía era que en su estancia en aquella empresa había causado la admiración de otra mujer, de aspecto más corriente que su antiguo objeto de deseo. Apenas habían hablado, pero su talante halagador había conmovido el corazón de esta segunda mujer. Ella nunca le dijo nada, que fantaseaba con él a menudo, que deseaba encontrársele por los pasillos y darle palique, aunque las conversaciones nunca pasaran de la corrección más aburrida. La indiferencia del otro primero la encendió y luego la apagó del mismo modo, hacía ya tiempo que había dejado la empresa y ahora vivía en otra ciudad, compartiendo piso y corazón con un hombre que tenía una aventura extramarital que aún no conocía.
Y dicho esto que podría decirse, ¿qué es lo que tiene el amor que nos hace sentir tan pletóricos y tan imbéciles?, ¿por qué tantas veces es necesario sentirse querido de la forma que sea?, ¿por qué necesitamos querer a algo o alguien, aunque nos haga infelices? ¿por qué es tan arbitrario como pasajero, que nos empuja a la persona más inesperada y viene como se va?
Algunos científicos dicen que el amor tiene de fecha de caducidad, extinguiéndose a los tres años de producirse, eso explicaría tantos matrimonios aburridos que sólo se soportan por la costumbre. Quizás el amor es un divertimento más que buscamos para pasar la vida más entretenidos. Madame Bovary se lanzó a la búsqueda del amor verdadero por puro hastío vital hasta que descubrió la realidad, alejada de esos idealismos románticos.
Misterios del alma humana, demasiado complejos para una respuesta generalizada. Que cada uno saque sus conclusiones.
Se despide, suyo de ustedes