Archivo de Agosto 2008

Objeto de deseo, objeto de dolor

Agosto 28, 2008

Hago un breve alto en el camino en mi relato sobre mis peripecias en las capitales del Danubio para referirles una serie de pensamientos que me vienen asaltando en los últimos días. Una de las cosas que siempre ha preocupado al ser humano es el tema de los sentimientos. Querer y ser querido, odiar y ser odiado, desear y ser deseado, han sido algunos de los temas que han buscado racionalizar los hombres a través de creciones literarias, estudios sesudos y demás historias. Sin embargo, aunque la carga emocional depende en mucho de la cultura de cada lugar, de la educación particular y de la forma de ser de cada uno, siempre se dan una serie de circunstancias bastante comunes.

La presencia de una persona atractiva puede acarrear reacciones de lo más diverso en una audiencia, pero todas con el deseo como característica común. Y es que un servidor está convencido de que alguien se le desea en primer término por un puro tema hormonal. Se ve alguien morfológicamente interesante, capaz de garantizar la perpetuación de la especie, por mucho que lo quieran revestir de flechazo. Con todo ello, no quiero desdeñar el amor, pero eso es algo que viene con el tiempo, con el roce (como el odio). Cuando yo veo a Michelle Wild la deseo con todas mis fuerzas, pero no siento eso que se llama amor. La alegría que da su presencia, solazarme con el tacto de su piel, notar un complemento a mis alegrías y frustraciones, etc. De eso no hay nada, sino después de un tiempo más o menos variable según la persona con la que se trate.

Pero al mismo tiempo ese deseo, ese amor, no hacen sino crear frustración por no obtener de ellos todo lo que ansiamos, lo que esperamos. Muchas veces surge la incomunicación, incompatibilidades que no se habían manifestado antes y que hacen que todo ello resulte más doloroso que beneficioso. No obstante no se puede huir de ello, hay miedo al vacío, a la soledad, y por ello se cambia algún momento venturoso por muchos desagradables.

Toda esta introducción viene al caso porque últimamente he oído algún caso que viene a ser una pequeña muestra de lo expongo por aquí, se lo voy a contar.

El suceso ha sido sufrido por un tipo normal, de esos que nunca destacaría ni por arriba ni por abajo, cuya ausencia sería tan lamentada como la de un bolígrafo. Este individuo consiguió un ligue de forma fortuita, con una chica a la que había dado bastante la brasa durante un período académico en el que ambos coincidieron. Ella no era especialmente bella ni muy atractiva, digamos que se encontraba en el mismo nivel medio que el protagonista. Lo que la hacía realamente destacable era su adorabilidad, su capacidad de resultar deseable para cualquiera con un mínimo de sensibilidad. Una de esas mujeres a las que uno sólo podía tratar con cariño sumo, dándola abrazos y besos a todas horas.

La noche de autos fue la típica en esos casos de adolescencia y post adolescencia, diversión y alcohol a raudales, deshinibición con los efectos etílicos y lo demás vino rodado. En un momento dado, el chico y la chica se quedaron solos y la adorabilidad de la hembra impulsó al chico a besarla, esta no hizo ascos a tal acontecimiento y hubo un clásico rollete con un poco de palpamiento, pero sin llegar a más.

El muchacho se las prometía felices con su nuevo ligue, pensaba que iba a tener para él a una mujer de las que valían la pena, que la soledad se iría por fin al carajo, pero la realidad no tardaría mucho en demostrarle que estaba equivocado. Nuestro hombre dijo a la mujer las dificultades que entrañaría una relación, pues él se encontraba trabajando en un lugar lejano al que ellos habían compartido. Ninguno incidió especialmente en que ella esperara a su regreso, así que la cosa quedó como en punto muerto.

La parte dolorosa llegó cuando nuestro hombre se enteró de que su chiquilla se había liado con otro chaval que había compartido con ellos el mismo curso académico. Ella misma se lo contó en una llamada de teléfono, haciéndole saber que era el primero en conocer la noticia, que lo sentía y todo eso, pero más lo sentía él, que no quería volver a oír de ella. Él conocía al nuevo ligue y sabía que era un tío majo y habían compartido momentos agradables, lo que resultó ser más doloroso y más tranquilizante al mismo tiempo. Nuestro hombre sufrió durante semanas esta pérdida, pero al mismo tiempo quería consolarse pensando en que mejor que se liase con ese otro chaval que no con el primer imbécil que pasase por ahí.

Asi pasaron casi dos años, sin apenas saber nada más de ella, salvo alguna mínima peripecia laboral y poco más, hasta que llegó la hora del inesperado reencuentro. La gente del curso académico organizaba una quedada para todos aquellos que estuvieran con tiempo libre en sus ocupaciones y así poder contar cómo iba la vida y recordar los felices tiempos pasados. El chico iba contento a esa reunión, se sentía bien entre esa gente y podía ser querido siendo él mismo, todo un lujo que no siempre podía disfrutarse. Con lo que no contaba es que allí estaría ella.

En principio la chiqueta no iba a aparecer por la reunión según se había informado nuestro hombre con el típico interés desinteresado de aquel que se muere de ganas por ver a alguien, pero sus ojos no le engañaban. Ella estaba prácticamente igual con respecto a aquella noche en la que se habían encontrado por primera y última vez, tal y como él la recordaba, como había venido a su mente en tantas ocasiones. Como no podía ser de otro modo la timidez le embargaba, no sabía si saludarle sin más, si hablar con ella como si nada hubiera pasado, como si todo estuviera igual que dos años atrás. Los reencuentros tras un período largo de no verse, máxime cuando ha habido mar de fondo entre las partes, son de lo más incómodo.

La velada fue entretenida y nuestro hombre pasó un rato muy agradable. La chica no se había sentado muy cerca de él, pero estaba en la zona y participó en la conversación, además el noviete no había venido por motivos laborales y el protagonista tenía un pálpito muy interesante al respecto. Como en muchas otras ocasiones, no estaba muy equivocado en sus intuiciones.

En un momento dado, la chica dijo que se tenía que volver a su casa que perdía el último autobús. Nuestro hombre vio la ocasión propicia y se brindó a acompañarla, prometiendo que después se reincorporaría a la fiesta. El trayecto a la estación fue muy raro, pues era la primera vez que ambos hablaban directamente después de tanto tiempo, antes habían cruzado alguna palabra en medio de la conversación general pero no había sido nada del otro jueves. La conversación fue vaga, cada uno refirió los tumbos laborales que había dado y alguna cosilla de su vida privada. Al parecer, a ella no le iba mal con el chico que se la había quitado dos años atrás, pues mira que bien.

Poco antes de que la chica tuviera que subir a su autobús se produjo el momento cumbre, puesto que nuestro hombre superó el embarazo y la timidez del momento y propuso darse un abrazo de despedida. Al principio los cuerpos se unieron de forma ceremoniosa, formal y erguida, de la manera en la que das un abrazo por compromiso. Pero cuando ambos ya se separaban la chica volvió a aferrar el cuerpo del chaval y le atrajo hacia ella con más fuerza, apretándose contra él a intervalos, como si le transmitiera una dosis de corriente eléctrica. El muchacho estaba de lo más sorprendido como para darse cuenta de lo contento que debería estar por esta insospechada situación.

El caso es que estuvieron abrazados durante cosa de un minuto y ninguno dijo nada. El chaval pudo ir asimilando todo lo que estaba pasando, de sentir tan junto el cuerpo de la muchacha como lo había sentido tiempo atrás. Al final ambos se separaron y él confesó cuanto la había echado de menos durante este tiempo y que la encontraba tan bien como siempre. Ella aseguró que también le había extrañado y la verdad es que parecía real, no la clásica coletilla que se dice por decir.

Fue en ese momento cuando nuestro hombre fue consciente de esa vulnerabilidad que a veces sirve como justificante a muchas infidelidades. Vio como la chica le observaba entre expectante y suplicante, con su adorabilidad a flor de piel haciéndola mucho más guapa e irresistible a los ojos del chaval. Si en ese momento hubiera juntado los morros a los suyos ella no habría opuesto mucha resistencia, más bien al contrario. No quería hacerle esa putada al colega que ahora era su novio y por otra parte no se atrevía a dar un paso que no sabía qué iba a acarrear. No obstante, al final no llegó la sangre al río y tras los malditos dos besos de rigor, el muchacho la despidió con un beso en la mano, una mano que ella posó en la suya y se separó lentamente, como prueba de la pena del momento.

El chico esperó a que saliera el autobús para decirle adiós definitivamente y vio su cara de pena. Él no se sentía especialmente apesadumbrado por aquella inesperada escena, de hecho casi estaba contento por ello, notaba una especie de alivio. Volvió a la fiesta pensando en todo lo que había sucedido y no sabía que pensar de ello. ¿Tanto había pensado en él la muchacha como para llevarse ese disgusto?, ¿por qué no le había esperado en su momento?, quizá se encontrase inmersa en la clásica contradicción de estar más o menos bien con alguien pero sin hacer ascos a ciertas infidelidades emocionales, quién sabe.

El chaval no ha dejado de pensar en el tema días después de que aconteciese y no sabe a que atenerse, de si debería dejarse de miedos y respetos varios y atacar o de no ser un crápula y dejarlo correr esperando una oportunidad en el futuro. Es duro desear a alguien, para bien o para mal nunca va a colmar nuestra expectativa, lo que nos pueda brindar no será lo que queramos obtener porque precisamente es un deseo, no una realidad. Pero por otra parte es el deseo y la ilusión lo que hace que se mueva el mundo, lo que nos quita de ser unos autómatas lobotomizados.

Qué extraño influjo tiene el amor que es capaz de darnos la vida y de destrozarnos con tan sólo un instante de diferencia. Pregúntenle a nuestro hombre.

Se despide, suyo de ustedes.

De mi periplo por las capitales del Danubio y de las cosas que allí me sucedieron III

Agosto 21, 2008

Vuelvo a ponerme al teclado para relatar una nueva entrega de mis aventuras por las capitales del Danubio, ese viaje que realicé recientemente y que está copando la atención de este blog en las últimas semanas. Vamos allá.

Día 5

La jornada amanece nublada, como no podía ser de otra manera en un viaje que parecía que se estaba desarrollando en marzo o abril, pero al menos no llovía así que la cosa no pintaba mal. Harto de esas ampollas que tanto me han fustigado en los dos últimos días decido poner fin a su vida. Si ustedes sufren alguna vez de este mal y quieren saber cuando es el momento de eliminar estos apósitos, comprueben su madurez a través de su blandura. Si están blanduchas cual si fueran un globo de agua entonces es un buen momento para reventarlas.

Como carecía de tijeras para estos menesteres (por aquello de que no pasan los controles aéreos) decidí usar un bolígrafo del hotel que tenía la punta fina. Así pues procedí a pinchar y aquelló explotó sin mayores complicaciones, expulsando el líquido infecto. Tras vivir una escena digna de una película de sordideces varias, me apliqué la bendita pasta de dientes y ya me sentí listo para afrontar el día.

Lo primero que hice fue acercarme a la estación de tren para ver los horarios a Bratislava, pues esa noche volvía a pernoctar a la capital eslovaca. En el recinto me crucé en las colas con unos cuantos jovenzuelos que llevaban la mochila a cuestas cual si fueran cangrejos ermitaños y que deduje que estaban haciendo el celebérrimo interraíl. Me tocó esperar al lado de un grupo de españoles con pintas de perroflauta que por lo que se ve querían ir a Zagreb, que está a la nada desdeñable distancia de siete horas de tren. Ya hay que tener narices para ir cargado hasta arriba y meterse esas palizas de ferrocarril para luego llegar a un sitio y no tener donde comer ni dormir, dirán que es aventura y es posible, pero mi carácter de señorito no concibe esos bizarrismos.

Al final saqué un billete para primera hora de la tarde y me dispuse a gastar mis últimas horas en Budapest. Como ya había visto lo principal, me limité a pasear por las calles céntricas, recorrer el Puente de las Cadenas y las zonas adyacentes y empaparme un poco del ambiente local. Otra de las cosas curiosas que descubrí es una calle, cerca de donde me abordaron las meretrices, que está llena de casinos y salones de juego que funcionan todo el santo día, que parece aquello un trasunto de Las Vegas. Cuanto vicio se acumula por las noches en esas latitudes, madre de DIos.

Todo lo que tiene un principio tiene un final, así que llegó la hora de decir adiós a Budapest. Como uno es de natural melancólico, me dio penilla despedirme de la urbe y quisiera haberme quedado un poquito más, pero el viaje tiene una planificación y no podía saltármela así como así. Monté al tren, que estaba tanto o más polvoriento que el que me había traído, pero aún así me dispuse a dormir un rato, que me quedaban casi tres horas a Bratislava. Afortunadamente estos europeos son muy aburridos y no tienen la bonita costumbre de ir dando voces en los transportes públicos ni de llevar a los niños deleitándonos con sus berridos y sus puñeteros juegos, así que enseguida caí roque.

Unas horas más tarde arribamos a Hlavná Stanica y pillé un taxi para ir al hotel, que era el mismo en el que había estado la otra vez y como la experiencia no había estado mal, no me arrepentí de haberlo reservado para las dos ocasiones. Después de llevarme mi último timo con los taxis locales decidí ir siempre de gorra en los autobuses para ahorrar unas perras. Una vez instalado me aseguré de no volver a equivocarme y cogí el autobús correcto para llegar al centro de la capital eslovaca y conocer más detenidamente su arquitectura y pasado. Como ya estaba baqueteado y los pies más sanos después de las curas, me subí una cuesta bastante interesante para llegar al castillo de la ciudad.

 

Allí arriba no había casi nadie, porque el tiempo amenazaba lluvia, pero le daba mayor prestancia al paisaje que se divisaba. Lo cierto es que Bratislava venía a ser una Budapest en pequeño, con el inmenso Danubio cortando la ciudad en dos partes, la vieja por un lado y la nueva por el otro. Además pude descubrir una enorme zona boscosa al otro lado del río, que sumada al gran cauce asemejaba el entorno al del Amazonas más que al este de Europa. Imponente, señores míos.

 

Una vez visto aquello me bajé a la ciudad por las callejas y me dispuse a recorrer el casco antiguo. Allí divisé iglesias, palacetes varios y construcciones cuyo estilo ya se me hacía de lo más reconcocible a esas alturas de la travesía. En una de las bonitas plazas de la localidad descubrí por casualidad un festival de música clásica y allí se interpretaron algunas piezas de compositores que desarrollaron su creatividad inspirándose en el Danubio, una experiencia muy bonita por la música que se interpretó y el marco en el que se desarrolló. Luego seguí dando un paseíllo por las calles adyacentes y comprobé lo bien que saben iluminar los edificios históricos, pardiez, que da gusto verlos.

Con todo ello pude ver una escena digna de un Flirting & Squirting. En un banco había sentadas tres muchachas y de pie frente a ellas tres zagales que tenían pìntas de querer meterles el cipotón, y no estaba muy desencaminado en mi primera impresión. Como no tenía nada que hacer me puse a husmear unos retratos que había de eslovacos ilustres y a poner el radar a ver que se cocía en esa escena y la cosa era tal cual había previsto. Las chicas eran croatas que estaban haciendo turismo y no conocían de nada a los chavales, que eran unos italianos que trataban de camelárselas de mala manera. Ganas me dieron de decirles que se sentaran ellos, que la cosa no se les arreglaba, máxime cuando uno de ellos era el que llevaba la voz cantante y los otros dos estaban con una importante cara de pasmo. Pero bueno, que sean felices mientras les dure la ilusión, que de eso también se vive. Todo esto ocurría mientras unos guiris fingían dar por culo a una estatua que estaba apoyada en un banco poniendo el ano en pompa, y es que en Bratislava se lleva mucho eso de poner estatuas en actitudes humanas por las calles.

El tiempo pasaba inapelable y ya era hora de volver al hotel antes de que acabase el servicio de autobuses, que es lo que resolví hacer. Creo que ya lo he dicho, pero da gusto ir por las calles de estas ciudades por la noche, que no se ve gente rastreando las basuras, familias de sudacas, ni niñatos con pelo de punta dando puntapiés a los retrovisores de los coches y las papeleras. Imagino que tendrán sus barrios conflictivos, que no es oro todo lo que reluce.

Una vez en el hotel me cené el pan rebanado que me había comprado en el supermercado de al lado, bien pertrechado con queso cheddar, jamón york y un poco de paletilla ibérica que había traído de casa. Esta vez estuve un rato viendo una peli del oeste que no conocía y en la que salían Billy Bob Thornton y Bridget Fonda, pero no me llenaba. Lo que si me llenó fue que haciendo zapping descubrí que ese bendito hotel tenía acceso al canal Hustler, así que pude tener un rato feliz viendo a mujeres con dildos y usándolos con la debida sordidez, no estaba mal para acabar el día.

Como siempre me he alargado más de la cuenta, así que dejaré para otro día el relato de mi último día de viaje en el recorrí la tercera capital del Danubio: la Viena imperial. En unos días tendrán ustedes más peripecias.

Se despide, suyo de ustedes.

De mi periplo por las capitales del Danubio y de las cosas que allí me sucedieron II

Agosto 6, 2008

En este artículo seguiré relatando las diversas peripecias de las que fui testigo a lo largo de mi viaje por las capitales del Danubio. En la anterior entrega les había dejado en espera de saber que sucedía en mi tercer día de travesía, así que vamos para allá.

Día 3

Este día amanece bastante pronto, pues en Bratislava en verano tiene la costumbre de clarear a unas horas que en España serían pecado. Me desperté con la claridad (por esa manía de no poner persianas) a eso de las 5 de la mañana y ya parecían las 9, así que me dí la vuelta y aguanté hasta las 8 y pico. El caso es que allí los negocios abren muy temprano, de hecho un supermercado que había junto al hotel abría a las 6 de la mañana hasta las 8 de la tarde, y lo cierto es que no era la única tienda que tenía un horario tan estajanovista. Se ve que todavía están padeciendo las consecuencias del régimen comunista, por aquello de a trabajar y a producir mucho o a Siberia.

De cualquier modo el cielo estaba nublado, tal y como fue la característica durante todo el viaje, lo que quitó prestancia a los paisajes pero me ahorró unas cuantas sudadas estivales. Ese día iba a ser grande porque por fin iba a ir a Budapest, una ciudad con la que llevaba soñando mucho tiempo con visitar. La Meca del cine porno en Europa, el lugar del que salieron tantas de mis actrices favoritas del ramo como Michelle Wild, Petra Short, Dora Venter o Sophie Evans entre otras. También había interés por conocer su pasado artístico y su conversión como urbe del siglo XXI, claro está, pero el amor tiraba lo suyo, para que lo vamos a negar.

 

El caso es que dejé el hotel y me dirigí a la estación tras entenderme con el taxista de modo primario (se puso a imitar el sonido de un tren para corroborar que había entendido donde íbamos). Llegué a Hlavná Stanica (la estación de marras) y comprobé que había un ferrocarril al cabo de un ratillo, así que me quedé haciendo tiempo por los alrededores. En ese intervalo observé los medios de transporte de la ciudad, compuestos por autobuses, tranvías y “trolejbusy” o autobuses conectados a cables de tensión. También fui testigo de la amabilidad de un par de chicas que me increparon en un momento dado. Una de ellas me preguntó en eslovaco alguna cosa y cuando le dije que sólo hablaba inglés me preguntó de donde era, así que reconocí mi españolidad. Entonces me preguntaron cosas de España, qué hacía por allí de viaje y demás, deseándome un buen día a modo de despedida, que chicas más “salás”, así da gusto.

Finalmente cogí el tren y me dispuse a ir a Budapest, en un viaje que iba a durar casi tres horas. Los trenes por Europa del Este son un poco irregulares, pues en el mismo convoy puedes encontrar polvorientos compartimentos de estilo decimonónico y asientos que ya los quisiera nuestra ínclita RENFE. Aunque la impaciencia hizo presa de mí, a uno le entra el sueño con los traqueteos y pude echar una cabezada. Finalmente arribamos a Budapest, llevándome la primera sorpresa cuando comprobé que allí los taxistas salen al andén para ofrecer sus servicios a los pasajeros. Yo esperé a salir del recinto para coger el transporte y pacté una cantidad cercana a los 20 euros para que me llevara al hotel ( y es que por estos lares es frecuente esto de los pactos, imagino que para sacar los cuartos a los turistas). Recorrí algunas de las calles de la ciudad, que se veía monumental y crepuscular. El cielo nublado ayudaba a aumentar la sensación de majestuosidad venida a menos, se veía que el siglo XX había pasado factura a una ciudad que fue esplendorosa en centurias pasadas. No obstante, pude apreciar algunos de las muchas edificaciones que colgaban de las colinas de Buda, y es que aunque suene a chiste malo, la ciudad se divide en Buda (la parte más antigua) y Pest (la más nueva), separadas ambas por el imperial Danubio.

Una vez aposentado me lancé de inmediato a recorrer las calles de la urbe. Como estaba en Buda, crucé el Puente de las Cadenas para llegar al otro lado mientras me deleitaba con el río, que es una de las cosas que me han quedado en la memoria de este periplo.Tras recorrer algunas de las calles céntricas me dirigí a una zona en la que se pueden ver estatuas erigidas a los héroes de la patria húngara, tras atravesar una inmensa avenida rodeada de edificios de estilo necolásico y alguno gótico. Como los pies empezaban a protestar de tanto andar decidí tomar el metro para volver al centro y así también conocería el suburbano de la ciudad. Este medio de transporte es tan pintoresco como suelen serlo en esa parte del mundo, con estaciones chiquitas y vagones más bien pequeños. Por dentro tienen asientos tapizados a la manera antigua y agarraderas de autobús de película de Harold Lloyd, a lo que hay que unir la música de pianola que anuncia las estaciones, al modo de la banda sonora de “El Golpe”. Tan bizarro como encantador.

El día ya caía y había que buscarse donde cenar que allí la gente se recoge pronto. En esas andaba cuando me vinieron a hablar un par de mujeres, en una forma que me resultaba un “dejá vu” de las eslovacas de esa misma mañana. También me preguntaron qué hacía por allí, hablando de que habían estado en Barcelona, etc. La cosa empezó a torcerse cuando me sugirieron que les invitase a una copa en un reconocible tono zalamero, que a mí me era familiar en el género de las meretrices, y yo que pensaba que venían a darme un poco de palique como había sucedido con las otras. Las mujeres era bonitas y vestían normalmente, pero a mí eso me olió a chamusquina y decidí cortar por lo sano. El caso es que apenas unos segundos después de dejarlas vinieron a mí otro par de señoritas, más feíllas y a las que se les notaba más el rollo, así que apenas les dí bola aunque sólo me habían pedido fuego. Me metí a cenar una zamburguesa de esas de plástico y mientras tanto observé a mis elementas como increpaban a los hombres que iban solos por la calle para buscar el cliente.

Así era como funcionaba el rollo en Budapest, en pleno centro de la ciudad las prostitutas tomaban las calles e increpaban a los viandantes masculinos. El caso es que la primera pareja era bonita y podía haber seguido un poco el rollo, pero no quise verme metido en asuntos raros por apariciones inesperadas de terceras personas con mala leche. Mientras volvía al hotel por el margen del río y contemplaba los momumentos bellamente iluminados de noche me abordaron un par de putillas más, con pinta mature y con menos sutilidad que sus compañeras. Que pesadas las jodías, pardiez.

Con todo ello me fui a dormir, que tenía los pies llenos de ampollas que parecía un campo de melones y había que reposar para el día siguiente.

Día 4

El día amaneció fresco y lluvioso, más que verano parecía que estábamos en febrero. El clima me recordaba a esos días oscuros de mi tierra natal, que ves que va a llover durante todo el día. Además las ampollas apenas me dejaban anadar, pero como el rey Leónidas yo me crezco ante las dificultades y no estaba allí para quedarme en la habitación, qué caray.

Me apliqué pasta de dientes en las ampollas, pues si era buena para las quemaduras para este asunto algo haría también. Cogí mi paraguas y me decidí a subir las cuestas de las colinas de Buda. La lluvia era copiosa y el empedrado me castigaba las extremidades pero era un caso en el que no había lugar para el dolor. Así pude ver el Budai Var (el castillo de Buda), la iglesia de San Matías y recorrer algunas de las calles de esa zona, que parecían sacadas de un cuento. También quise subir a la Ciudadela, pero con lo alto que estaba, lo malo que hacía y lo mellado que estaba un servidor, tuve que abandonar la idea. Me fui al hotel a descansar un rato y a secar la ropa y pude ver en la tele húngara a Carlos Sastre ganar en Alpe D´Huez y dar el gran paso para conseguir el Tour de Francia que a la postre logró.

Una vez recuperado de los esfuerzos mañaneros el tiempo se puso de mi parte y dejo de llover. Así que me preparé para volver a las calles y crucé una vez más el Puente de las Cadenas para irme al centro de la ciudad y ver las calles céntricas. De este modo conocí el Parlamento, que se asemeja mucho al inglés por su construcción y su situación junto al río. También me acerqué a un islote situado en medio del Danubio y que albergaba una zona deportiva y arbolado para disfrute de estos húngaros de Dios. La verdad es que es impresionante la tranquilidad con la que uno anda por esos sitios boscosos en estos lugares, sin temer que algún desheredado vital venga a tocarle los cojones. Asimismo pude ver Barrio Judío, con su correspondiente sinagoga y su homenaje a los caídos bajo el régimen hitleriano, más palacetes que se hallaban desperdigados por los alrededores (todos ellos con la pátina que siempre deja el paso del tiempo) y algunos de los establecimientos más nuevos que se pueden hallar en tantas partes del mundo.

Cuando ya tuve suficiente por ese día me volví al hotel, no sin antes ver a poca distancia a mis amigas las prostitutas, que volvían a hacer de las suyas a ver si conseguían a alguno que les llenase de cuartos y hacer la noche. Lo cierto es que había unas cuantas reunidas en corrillo, seguro que tienen bien repartidos los flancos y se van en pareja a cubrir su respectiva zona cual si fueran una pareja de policarpos, qué cosas.

Así pues, me retiré a mis aposentos que las ampollas me estaban matando y mañana sería otro día. Pero eso es materia para una nueva entrega de este relato de mis peripecias por las capitales del Danubio, dentro de unos días les legaré la tercera parte de mis andanzas.

Se despide, suyo de ustedes.