En el Nueva Orleans previo a la irrupción del huracán Katrina, una mujer yace en la cama de un hospital en compañía de su hija. Ella le insta a que lea un diario que conservaba entre sus pertenencias y en el que se rememora la historia de Benjamin Button, un hombre que nació viejo y que rejuvenecía a medida que pasaba el tiempo.
“El curioso caso de Benjamin Button” es la nueva película del director David Fincher, un realizador que hizo sus pinitos en el campo de los vídeos musicales y la publicidad antes de debutar en el cine con la tercera parte de la saga “Alien”. Tras esa fallida experiencia, tocó el cielo con “Seven”, su segundo largometraje, que contaba la truculenta historia de un asesino que procedía con sus víctimas en base a los siete pecados capitales. Después llegaron la aburrida “The game”, la sobrevalorada “El club de la lucha” (que a mi me encantó con 17 años, pero que revisada tiempo después pierde bastante) y la correcta “La habitación del pánico”.

En 2007 quiso reeditar su éxito de “Seven” con “Zodiac”, que también narraba las andanzas de un psicópata en la década de los 70 en California. El estilo no era tan oscuro y lúgubre como en su anterior largometraje, siendo más un homenaje a los thrillers de aquel maravilloso decenio. El resultado final era un denso y en ocasiones tramposo filme que a mi no me convenció gran cosa. Un servidor había creído que el Fincher que logró perturbarme con “Seven” ya no volvería nunca más, pero mira por donde, tenemos su talento de vuelta.
En “El curioso caso de Benjamin Button” cambia de registro para dejar a un lado atmósferas sórdidas y hacer el retrato de un hombre peculiar que vive su vida al revés que el resto del mundo. La película es una adaptación de un relato breve de Scott Fitzgerald (al que se ha añadido bastante chicha, ya que el original apenas llega a las 30 páginas. Por cierto, de este autor les recomiendo “El gran Gastby”, una novela tan triste como magnífica). Brad Pitt colabora por tercera vez con Fincher, tras “Seven” y “El club de la lucha”, dando vida a este curioso personaje, nacido en la Nueva Orleans de 1918 y que es abandonado por su padre biológico a la puerta de un geriátrico, tras ser rechazado por su aspecto.

Button crecerá como un niño viejo entre los demás ancianos, aprendiendo lo que es la muerte con el fallecimiento de cada uno de ellos y queriendo conocer la vida más allá de su casa. Con la mayoría de edad, Button se marchará en un barco remolcador a vivir aventuras por alta mar y años después volverá a su tierra y desarrollará una difícil relación amorosa con su amiga de la infancia Daisy.

La película me recordó mucho a “Forrest Gump” (de hecho el guionista es el mismo), en su manera de hacer el retrato de un personaje peculiar y las gentes de todo tipo que va conociendo y como se influyen mutuamente. También aquí hay una madre que le anima a superar sus dificultades y una chica que conoce desde pequeño con la que tendrá sus devaneos amorosos.
Sin embargo, Fincher no tira tanto por el naturalismo de Zemeckis y opta por un estilo visual más propio de Jean Pierre Jeunet, dando ese tono de cuento que tiene toda la película.

A un servidor la película le ha gustado bastante, aunque ello no obvia para que le haya encontrado algunos peros. El principal es el exceso de metraje, pues las dos horas y media largas que dura el filme se antojan más de lo debido. El filme se divide en tres partes bien diferenciadas, con la infancia de Benjamin, sus aventuras y su relación con Daisy. Es en ese segundo tramo donde se podría haber recortado la duración en alguna peripecia algo superflua. También debería haberse eliminado algún que otro retorno al tiempo actual, pues el continuo paso del pasado al presente se acaba haciendo algo cansino y repetitivo.
Con todo ello, las otras dos partes de la película son espléndidas, en especial el último tramo. Esa relación entre Button y Daisy marcada por el fatalismo de que con el tiempo se hará inviable, así como el tono estoico y alejado de melodramatismo de esa parte le dejan a uno con un buen sabor de boca. No se produce el efecto explosivo del lagrimeo del dramón de turno, pero se consigue que lo sucedido perdure de forma más intensa en uno mismo. Yo lo prefiero así.

En cuanto a las interpretaciones, tenemos a un Brad Pitt al que yo encontré muy comedido, quizás demasiado (quien sabe si algo ahogado por el maquillaje que le han metido para envejecerle o rejuvenecerle) y una superior Cate Blanchett que una vez más demuestra su capacidad como actriz y que cuando quiere destila un gran atractivo físico.
Así pues nos encontramos ante la película más académica de David Fincher, que no en vano ha recibido 13 nominaciones a los Oscar. Esto para mí no es un problema, pues demuestra una solvencia narrativa de la que carecían otros de sus trabajos. La nota humorística la pusieron unas niñatas que fueron acompañadas por sus novietes de pelo puntiagudo y que creyeron que iban a ver una pedorrada de esas que ha hecho varias veces el amigo Pitt. Como quiera que se encontraron con una trama recorrida por la melancolía y la sensación de que nada dura eternamente, salían con una cara que había que verla. A ver si nos informamos un poco antes de ver las películas, que luego pasa lo que pasa.
Se despide, suyo de ustedes.