Adiós a Dennis Hopper

junio 8, 2010

Hago un breve alto en el monográfico que le estoy dedicando a Al Pacino para hacer un homenaje in memoriam a Dennis Hopper, cuya muerte tuvo lugar el pasado 29 de mayo a causa de un cáncer de próstata.  No es que la noticia me cogiese por sorpresa, ya que hace unas semanas se había anunciado que la enfermedad se hallaba en fase irreversible y terminal y el propio Hopper había lucido un aspecto muy desmejorado el pasado marzo, cuando le fue concedida una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Algo irónica esa asunción por parte de Hollywood si tenemos en cuenta su historial.

Hopper llevaba metido en la actuación desde que apenas cumplió los 18 años, siendo su primera película de éxito “Rebelde sin causa”, en la que compartió cartel con James Dean, con quien volvería a hacerlo en “Gigante”. Hopper llegó a empatizar mucho con la estrella y consideró su muerte como una de las tragedias de su vida, añadiendo que se consideraba el mejor actor del mundo hasta que vio a Dean. Una muestra del curioso carácter del intérprete. Por aquella época también trabó buenas migas con la preciosa Natalie Wood, con la que decidió un día hacer una orgía que se fue al traste tras acabar la actriz en un hospital por la reacción que le dio a su cuerpo meterse en una bañera llena de champán.

Asimismo, por aquel entonces fue desarrollando sus inquietudes artísticas en otros ámbitos como la fotografía y la pintura. De hecho, durante 1961 y 1967 fue sacando fotografías de todos los rodajes en lo que participó, tanto de gente como de paisajes, recopilando todas ellas en un volumen que se editó hace unos años.

Tras participar en infinidad de series televisivas del Oeste, Hopper tuvo la oportunidad de actuar junto a Paul Newman en “La leyenda del indomable” y junto a John Wayne en “Los cuatro hijos de Katie Elder” y “Valor de ley”, aunque su éxito llegaría en 1969 con “Easy rider”. Esta cinta narraba la andadura de dos moteros por la América profunda y las situaciones y personajes que se van encontrando, con una visión bastante pesimista.

Dirigida por él mismo y coescrita y coprotagonizada junto a Peter Fonda, la película es uno de los grandes exponentes del nuevo cine americano que enterró al mortecino cine clásico y que triunfó en los años 70. “Nadie se había visto a sí mismo en las películas hasta entonces. La gente fumaba porros y tomaba LSD por todo el país pero en el cine seguían viendo a Doris Day y a Rock Hudson” dijo de aquel filme Hopper, con el que se llevó el premio al mejor director novel en el festival de Cannes en 1969, además de una nominación al Oscar al mejor guión original.

Tras tocar el cielo, a Hopper le tocaría pagar la factura de sus excesos, de endiosamiento artístico y de adicción al alcohol y las drogas (llegó a declarar que por aquel entonces bebía treinta cervezas y esnifaba tres gramos de cocaína al día). Lo más destacado que hizo en los 70 fue de singular cowboy en la aburrida “El amigo americano” del siempre aburrido Wim Wenders y un breve papel en “Apocalypse Now”, donde aparecía completamente drogado, aunque le vino al pelo para dar vida a un alucinado personaje a tono con la atmósfera de la cinta.

Fue en los 80, cuando tras varios incidentes, decidió desintoxicarse de sus adicciones y tuvo un nuevo renacer. En 1986 logró una nominación al Oscar por dar vida a un alcohólico en “Hoosiers” y también logró otro de sus personajes bizarros en “Terciopelo azul” de David Lynch.  Asimismo, retomó su carrera como director en thrillers de cierto interés como “Colors”, “Catchfire” o “Labios ardientes”. Entretanto, participaba en todas las películas que le ponían por delante, ya fueran buenas, malas o lo peor de lo peor. No en vano su filmografía incluye más de 200 producciones de diversa índole.

Puestos a destacar lo peor de su carrera, no puedo olvidar su desatada actuación en la versión cinematográfica del videojuego “Super Mario Bros”, que yo fui a ver con apenas 11 años, cuando era un gran fan de ese juego. La película era un absurdo que poco tenía que ver con el juego, aunque no puedo evitar recordarla con un cierto cariño y a ese Hopper dando vida a Koopa, que en el videojuego era un dragón y aquí era una especie de dictador con un ridículo corte de pelo.

Los villanos fueron los personajes favoritos (“Speed”, “Waterworld”, la serie “24” o “La tierra de los muertos vivientes” fueron algunos de los más conocidos) de un hombre que nunca le hizo ascos a casi nada, ya fuera en el cine o en su turbulenta vida. Se casó cinco veces (uno de sus matrimonios con la cantante de “The Mamas and the Papas”, Michelle Phillips, duró ocho días), tuvo cuatro hijos y pese a su enfermedad, aún estaba en proceso de divorcio de su última esposa (de hecho a la hija que tuvo con ella no le fue permitido asistir a su entierro por problemas legales).

Siempre fue más famoso por sus controversias (llegó a confesar que tras ser de izquierdas de joven, se hizo de derechas a partir de los 80 y votó a Bush padre e hijo, aunque en las últimas elecciones lo hizo por Obama) y por sus participaciones en películas alimenticias de baja calidad que por su trabajo, excelente cuando quiso y le supieron dirigir, controlando sus excesos y sobreactuaciones. Una persona, que para bien y para mal, hizo lo que siempre le vino en gana.

Descanse en paz.

El arte de Al Pacino II

mayo 25, 2010

Vuelvo a ponerme al teclado para continuar el monográfico sobre Al Pacino, uno de los actores legendarios que ha engendrado el séptimo arte. Si en la primera parte nos deteníamos a final de los años 70, habiendo logrado convertirse en uno de los actores más respetados con un puñado de grandes interepretaciones, estamos a punto de sumergirnos en los años 80, una época convulsa para todos aquellos que brillaron en los 70 y para lo que Pacino no fue menos.

Comenzaron los 80 de forma difícil para Pacino con su participación en “A la caza”. Dirigida por William Friedkin (que también despuntara en los 70 con “French connection” y “El exorcista”), el filme trata sobre un asesino en serie que se dedica a matar a todos sus compañeros de juegos sexuales sadomasoquistas en la ciudad de Nueva York. El policía Steve Burns (Pacino) es el encargado de infiltrarse en el ambiente homosexual neoyorquino y aprender los códigos de conducta que rigen este tipo de garitos, para intentar descubrir al responsable de los asesinatos.

La película fue mal recibida por el mundo gay desde que se aunció su rodaje, ya que consideraron que ofrecía una visión morbosa y sórdida del ambiente homosexual neoyorkino, lejos de la realidad. En este sentido, se organizaron diversas protestas durante su proceso de filmación para tratar de sabotearlo y se hicieron llamamientos para no ver la película (siempre me resulta irónico ver como un colectivo pide libertad e igualdad en base a querer cambiar a la fuerza las ideas de los que no piensan como ellos). Eso no le sentó muy bien a Pacino, que consideró que el filme no era ofensivo hacia los homosexuales, básicamente se trataba de una película policíaca. Un servidor no ha tenido oportunidad de ver la cinta para juzgarla por si mismo, pero parece que las protestas tuvieron éxito, ya que la recepción fue bastante fría tanto por la crítica como por el público, marcando el inicio del declive de Friedkin.

En 1982, Pacino protagonizó “Autor, autor”, dirigida por Arthur Hiller (“Love story”), en la que da vida a un dramaturgo de Broadway que sufre diversas convulsiones en su vida. Su mujer va a dejarle por otro hombre y a dejarle también en solitario la custodia de sus cuatro hijos, mientras que la actriz principal de su nueva obra muestra interés por él. La crítica tampoco fue muy esplendorosa con el filme, que algunos quisieron ver como una especie de sucedáneo de “Kramer contra Kramer” y sólo la interpretación de Pacino recibió parabienes, llegando a obtener una nominación al Globo de Oro que no fructificó en premio.

Al año siguiente, en 1983, Pacino daría vida a uno de los personajes más recordados de su filmografía, aunque en su momento también fue objeto de polémicas, el narcotraficante cubano Tony Montana. “El precio del poder”, dirigida por Brian de Palma es un remake de “Scarface”, la cinta dirigida en 1932 por Howard Hawks que narraba la ascensión y caída de un delincuente mafioso. De Palma, que venía de triunfar con filmes como “Carrie” o “Vestida para matar”, se sirvió de un guión de un primerizo Oliver Stone para contar la misma historia de ascensión y caída, esta vez ambientada en Miami en la figura de un cubano exiliado.

“El precio del poder” ha sido uno de esos filmes que ha ganado con el paso de los años y que en el momento de sus estreno no fue muy bien recibido que digamos. Como en “A la caza”, no faltó quien tomó la parte por el todo y la comunidad cubana en Miami se opuso a diversos aspectos de la película, como el hecho de que en ella los cubanos se comparasen con delincuentes y narcotraficantes. La comunidad exigió que el guión fuese cambiado, para incorporar una retórica anti-Fidel Castro (sobre todo, que Tony Montana fuera un espía de Fidel Castro y la introducción de organizaciones políticas anti-Castro) en la película. Después de prolongadas negociaciones en última instancia, los productores se negaron a ceder, diciendo que la película trata sobre las drogas y no sobre la política de Castro en Cuba.

Con todo ello, “El precio del poder” es una película excelente, narrada con mucho brío y ritmo por de Palma y con una interpretación espléndida de Pacino (y de Steven Bauer como su colega Manny, así como una casi debutante Michelle Pfeiffer), que da vida con convicción a Antonio “Tony” Montana, un personaje de carácter explosivo, con pocos escrúpulos y grandes ansias de poder, que pasará de no tener donde caerse muerto a capo de la droga. Su Montana es un personaje carismático que consigue todo aquello que se propone y consigue que el público se identifique con él a pesar de su baja catadura moral. 

En un principio, la cinta fue calificada X por sus dosis de violencia, consumo de drogas y lenguaje malsonante (en total se dice 218 veces la palabra “fuck”), además de ciertas partes como el interrogatorio con una motosierra o el tiroteo final (más videojueguil que realista, por cierto). Es en esa última escena donde encontramos una de las partes más excesivas y parodiadas de la cinta, con Montana totalmente colocado metiendo la cara en un montón de cocaína y gritando “Saludad a mi amiguita” (su arma) mientras dispara desaforado. Con todo ello, “El precio del poder” ha sido una película que ha ganado con el paso del tiempo, que en su tiempo creó bastantes discrepancias y que con los años se ha convertido en un pequeño clásico y en uno de los papeles señeros de Pacino. Lo que peor ha envejecido ha sido la ochentera banda sonora de Giorgio Moroder, que a día de hoy suena curiosa con tanto sintetizador, pero que casa poco con la peli.

Tras obtener una nominación al Globo de Oro que no fructificó, Pacino intervino en 1985 en “Revolución”, una cinta sobre la guerra de independencia estadounidense. Dirigida por Hugh Hudson (“Carros de fuego”), el filme narra la aventura de Tom Dobb (Pacino), un pobre e inculto trampero que intenta sacar adelante a su hijo cuando la rebelión estalla en Nueva York. El pequeño bote de Dobb es requisado para suministros de guerra, mientras él y su hijo son reclutados de mala gana. Deberán pasar seis meses y ver el trato vil de los británicos para que el conflicto y la causa americana se convierta en algo personal para Dobb.

Pese a que se anunció a bombo y platillo como la versión definitiva sobre la independencia yanqui y que contaba con nombres ilustres como los del propio Pacino, Nastassja Kinski y Donald Sutherland, la película fue un rotundo fracaso a todos los niveles. Al público no le interesó lo más mínimo y Pacino se llevó las peores críticas de su carrera e incluso una nominación al Razzie al peor actor, de las cuatro que tuvo el filme. De este modo “Revolución” es una de las películas malditas del actor, difícil de encontrar para su visionado y de las que siempre se nombran muy por encima, para olvidar rápidamente.

Dolido por este fracaso y cansado de las controversias que estaban produciendo sus últimas interpretaciones, Pacino se refugió en el teatro y trabajó en sus proyectos más personales, como “The Local Stigmatic”, una obra Off Broadway, la cual protagonizó, y más tarde remontó junto al director David Wheeler y a la Theater Company of Boston en una versión de película que fue filmada en Nueva York en marzo de 1990. En esta época, Pacino también montó obras como “Crystal Clear” y “National Anthems” y apareció en el New York Shakespeare Festival con “Julio César” en 1988. Su mayor éxito teatral de la década fue “American Buffalo“, de David Mamet, por la cual Pacino fue nominado a un premio “Drama Desk”.

Tras cuatro años alejado de la gran pantalla, Pacino decidió volver al séptimo arte con la película “Melodía de seducción”, en la que dio vida a un policía que está investigando el caso de una mujer que ha matado ya a varios hombres, a los que conoce a través de los anuncios que éstos ponen en la prensa buscando una compañera. Junto con su colega (John Goodman) inserta también anuncios y se reúne con infinidad de mujeres, con la esperanza de descubrir la asesina. Una de estas mujeres es Helen (Ellen Barkin), de la que Frank se enamora. Sin embargo, observa algunos indicios que le hacen sospechar de ella como posible asesina.

La película recuerda bastante a la posterior “Instinto básico” (a la que parece inspirar a tenor de algunas similitudes), a la hora de tratar la relación entre un policía de personalidad complicada y taciturna y una mujer fatal, tan irresistible como peligrosa. La cinta sigue los caminos tradicionales del thriller de suspense y es la actuación de su pareja protagonista lo que la da una mayor entidad: Pacino cuaja una buena interpretación y logra una buena química con Ellen Barkin, que explota su extraño atractivo (esta mujer nunca ha sido guapa, pero es de las que lo suplen con una atrayente presencia). Pacino se reconcilió con el mundo del cine tras el fracaso de “Revolución” y volvió a situarse en el candelero, a punto de lograr otras interpretaciones de mérito en los años 90.

Precisamente, de lo que dé de sí esa década de los 90 les hablaré en la próxima entrega de este monográfico sobre el actor italoamericano.

Se despide, suyo de ustedes.

El arte de Al Pacino

mayo 5, 2010

El pasado día 25 tuvo lugar el 70 cumpleaños de un actor de prestigio y fama internacional, que ha propiciado un buen número de momentos álgidos en la historia del cine desde principios de la década de los años 70. Entre sus interpretaciones más destacadas se encuentran el Michael Corleone en la saga de ” El Padrino”, Sonny Wortzik en “Tarde de perros”, Frank Serpico en “Serpico”, Tony Montana en “El precio del poder”, Carlito Brigante en “Atrapado por su pasado” o el Teniente Coronel Frank Slade en “Esencia de mujer” (por el que ganó el premio Oscar al mejor actor en 1992,después de haber sido nominado siete veces antes). Como habrán podido deducir, me estoy refiriendo a Al Pacino, uno de mis actores favoritos y al que voy a dedicar el siguiente monográfico.

Alfredo James Pacino nació en East Harlem, Nueva York, el 25 de abril de 1940. Hijo de Salvatore Pacino (nacido en Italia) y Rose Gerardi (hija de padre italiano y madre neoyorquina cuya familia procedía del país transalpino). Su padre se fue de casa cuando Pacino sólo tenía dos años para trasladarse a California y desde entonces su contacto fue muy intermitente. Por todo ello, su madre se mudó al South Bronx con sus abuelos maternos, quienes eran oriundos del pueblo siciliano de Corleone (un guiño del destino que le aguardaría al propio Pacino años después).

Tras una infancia característica de un joven italoamericano en los barrios bajos neoyorkinos (travesuras, pandillismo, apuros en el hogar para llegar a fin de mes), Pacino se matriculó a los 17 años en la escuela de interpretación neoyorquina High School for Performing Arts, aunque pronto abandonó las clases para aparecer en diversas producciones teatrales y trabajar como acomodador en un cine. La sombra conflictiva que siempre ha acompañado a la gente de su entorno tuvo también una leve repercusión en él. El 7 de enero de 1961, Pacino y otras dos personas fueron vistas por la policía dando vueltas en su vehículo de una manera sospechosa y llevaban mascaras y guantes negros. Cuando la policía los paró, se le encontró un arma escondida a Pacino y fue arrestado. Pacino, quien tenía 21 años de edad, estuvo en la cárcel por tres días antes de ser liberado debido a que se descubrió que el arma que llevaba era falsa, de atrezzo.

Poco después cursaría estudios en el famoso Actor´s Studio, a las órdenes de Lee Strasberg, que acabó convirtiéndose en uno de sus grandes amigos. Pacino siempre ha comentado que la actuación es la fuerza que ha dado un sentido y un equilibrio a su vida. Su talento comenzó a despuntar en el teatro al final de la década, ganando diversos premios. Su debut en la pantalla grande fue con “Me, Natalie” (1969), pero no sería hasta 1971 con “Pánico en Needle Park”, en la que interpretaba a un heroinómano, donde realmente demostró su talento y llamó la atención del director Francis Ford Coppola.

El célebre director (por aquel entonces un joven diletante que sólo había llevado a cabo pequeñas producciones) le dio la oportunidad de interpretar el personaje de Michael Corleone en “El Padrino” (1972). A pesar de que numerosos actores ya consagrados como Robert Redford y Warren Beatty fueron considerados para este personaje, Coppola eligió al relativamente desconocido Pacino para dar vida al hijo de Vito Corleone (al que dio vida con maestría Marlon Brando) y futuro heredero de una gran familia mafiosa. Su gran actuación en esta magnífica película (existe el tópico de que la segunda es la mejor, pero a mí la que más me gustó de esta saga fue la primera) le valió una nominación al Oscar al Mejor Actor de Reparto y le puso en el punto de mira del nuevo Hollywood, de todos esos directores que empezaban a hacer cine con jóvenes talentos alejados del prototipo de galán del cine clásico.

A continuación, en 1973 Pacino protagonizó “Serpico”, un filme policíaco de Sidney Lumet en el que el actor dio vida a Frank Serpico, un policía del Departamento de Policía de Nueva York que, contrariamente a muchos de sus colegas, no está dispuesto a aceptar dinero de los criminales. Por este motivo ningún policía quiere trabajar con él, ya que se encuentra en peligro permanente. Serpico intenta cambiar las cosas en el cuerpo de policía, aunque sin mucho éxito. Así pues, no le queda más que la esperanza de que algún día las cosas cambien.

El papel de Serpico se convirtió de inmediato en uno de los clásicos de Pacino, que customizó su habitual aspecto con pelo largo y barba para interpretar a un agente infiltrado en los bajos fondos, en uno de los exponentes más famosos del thriller setentero. El rol le valió para obtener una nueva nominación al Oscar, esta vez como actor principal, aunque tampoco sonó la flauta en esta ocasión pese a que consiguió otros galardones como el Globo de Oro.

Ese mismo año protagonizó junto a Gene Hackman “El espantapájaros”, que logró la Palma de Oro en el Festival de Cannes aunque es una de las obras más desconocidas del actor. La trama narra la peripecia de Max (Hackman), que acaba de salir de la cárcel tras seis años de prisión y Lionel (Pacino), que acaba de pasar cinco años en el mar. Ambos se conocen en la carretera haciendo autostop y así seguirán durante bastante tiempo. Uno lleva la idea de abrir un negocio en Pittsburgh, el otro con el propósito de visitar a la novia que dejó embarazada. Un camino que no resultará fácil pero merecerá la pena para ambos.

En 1974, Pacino retomó el papel de Michael Corleone en la segunda entrega de “El padrino”, que para muchos supera incluso el nivel de la primera. Aquí Pacino había aumentado su fama y sin la presencia de Brando asumía el protagonismo de la historia del clan mafioso, aunque tuvo que competir en pantalla con Robert De Niro, que asumía el rol de su padre Vito en el flashback que relataba los orígenes de la familia Corleone.

Irónicamente, De Niro, que por aquel entonces también empezaba a despuntar, logró su primer Oscar por este papel, mientras que Pacino tuvo que conformarse con una nueva nominación sin éxito. Las malas lenguas empezarían a fraguar entonces esa relación de rivalidad entre ambos por ver quien era mejor, aunque los hechos posteriores demostraron que quizá no hubo más que un pequeño pique de egos.

En 1975, el intérprete volvió a unir sus fuerzas con Sidney Lumet para filmar otra brillante cinta, “Tarde de perros”, basada en hechos reales ocurridos en 1972. Un vecino de Brooklyn homosexual, Sonny Wortzik (Pacino), decide junto a otro inexperimentado delincuente, Salvatore (John Cazale) robar un banco del mismo barrio de Nueva York para conseguir el dinero que le demanda la operación de cambio de sexo de su pareja, pero fracasan al descubrir que el banco no tenía suficiente dinero en efectivo, que había sido recogido horas antes. La policía, el FBI, los medios periodísticos y miles de curiosos se hacen presentes, y todo se va transformando en un espectáculo. Tanto algunos curiosos como rehenes comenzarán a simpatizar con Sonny.

“Tarde de perros” es una excelente película que con el mcguffin de un atraco a un banco nos muestra las características propias del cine de los 70: personajes que representan a la gente de la calle, problemas cotidianos y una sensación de pesimismo y de la imposibilidad de escapar al destino. En este filme se suma también la influencia de la televisión en la cultura de masas y el gusto por el espectáculo del medio catódico. Sonny no dudará en salir del banco y ponerse a gritar delante de la gente y de las cámaras que graban el secuestro para ganarse el apoyo popular. Asimismo, a lo largo del metraje se producen diversas conexiones con familiares de Sonny para aportar más morbo al acontecimiento. Con todo ello, Pacino volvió a cuajar una gran actuación y sumo una nueva nominación al Oscar, aunque tampoco consiguió rascar nada.

Tras un par de años de parón que dedicó a volver al teatro (el medio del que surgió y del que siempre ha manifestado que es su lugar preferido, que aunque le encanta hacer películas él se considera antes que nada un actor de teatro), Pacino protagonizó “Un instante, una vida”, a las órdenes de Sidney Pollack. La cinta narra la peripecia de Bobby Deerfield, un piloto de carreras que vive únicamente centrado en su oficio y que un día verá cambiada su vida cuando se enamore de una mujer, que le hará conocer algunas cosas de la vida y de sí mismo. Aunque la cinta no es de las más conocidas de Pacino, él siempre ha asegurado que este personaje es el que está más cerca de su verdadera personalidad de todos los roles que ha interpretado.

En 1979, Pacino protagonizó “Justicia para todos”, un filme judicial de Norman Jewison que narra la historia de un abogado de Baltimore que tendrá que defender a un presunto violador ante un jurado corrupto. Pacino obtuvo su quinta nominación al Oscar, la cuarta como mejor actor, aunque todavía le quedaban algunos años para poder obtener la dorada estatuilla. Entretanto, para consolarse logró un premio Tony por su labor teatral.

Como veo que me estoy extendiendo, voy a cerrar aquí la primera parte de este monográfico sobre el intérprete italoamericano, aprovechando que he llegado al fin de la década de los 70, posiblemente la más fructífera de su carrera y que le puso en un lugar preferente en el mundo del séptimo arte. Volveremos con los convulsos 80.

Se despide, suyo de ustedes.

Los libros y yo

abril 23, 2010

Como ustedes ya sabrán hoy se celebra el Día del Libro, que curiosamente se hace en la fecha en la que fallecieron dos maestros de la literatura como Cervantes y Shakespeare. El impulso de las nuevas tecnologías está provocando un creciente auge del libro electrónico y ya es posible descargarse en un suspiro cualquier clásico de la literatura universal. Asimismo se están empezando a desarrollar soportes (el último de ellos el iPad) para poder leer esos libros electrónicos en cualquier lugar, cual si fuera un libro de papel. Un servidor, pese a su juventud, se muestra un tanto reacio a leer libros en una pantalla y prefiere el método tradicional, en papel impreso. Aunque ahora les explicaré por qué.

En inglés se les llama “shopaholic” a aquellas personas adictas a las compras, que no pueden resistir la tentación de adquirir algo cada vez que entran en una tienda, aún a costa de llenarse de cosas que no necesitan o de mermar seriamente sus dineros. Afortunadamente ese no es mi problema, porque a un servidor el tema de la ropa siempre le ha importado bastante poco, pero entiendo ciertas características del fenómeno. Y es que siguiendo este tipo de denominaciones yo soy un “bookaholic”, un adicto a los libros, por lo que me gusta leer y por lo que me pasa cada vez que accedo a una biblioteca o librería.


Desde que me inicié a temprana edad en esto de la lectura con los “chistes” (así llamábamos unos cuantos a los tebeos de Bruguera, es curioso porque no se hace con otros tipo Marvel) he sido un seguidor ávido. Mi falta de apetencias por el ejercicio físico hizo que dedicara mucho de mi tiempo de ocio a la lectura desde pequeño, cada vez con cosas más profundas. Y sin desdeñar los chistes, que revisito hoy día y siguen haciendo mis delicias. El caso es que por ello, de vez en cuando me dejo caer por las librerías a ver que últimas novedades y clásicos editados pueden interesarme. Reconozco mi debilidad por los libros de bolsillo, que me parecen el formato más indicado por su precio más económico y porque me atraen esos volúmenes chaparretes llenos de letra pequeña (y cuanto más gordos más me atraen).


Ojeo las encuadernaciones (muchas veces con bellas imágenes), el tamaño de la letra, el estilo de la traducción, que no tenga muchas notas a pie de página (que puede ser un coñazo), si tiene algún prólogo interesante. Muchas veces me acerco el libro a la nariz para ver cómo huele, que el olor del papel impreso me ha atraído desde chico (y también el de las alfombras nuevas, pero esa es otra historia). Es algo que siempre me ha hecho rechazar los libros y los diarios electrónicos. Dentro del ramo, hay papeles que huelen mejor que otros y eso a veces pesa a la hora de decidirse por una edición. Qué pensará esa gente que me vea metiendo las narices en el libro, madre mía.


Así que al final, aunque sólo fuera a mirar, siempre me entran ganas de llevarme un libro o dos y pasa lo que pasa. Compras los volúmenes y se suman a la cola de los que tienes pendientes de leer tras el que estás leyendo. De este modo, cuando ando leyendo un libro siempre tengo cinco o seis esperando en la cola porque, aunque suelo leer casi todos los días, mis ocasionales visitas a la librería hacen que la lista de espera no decaiga. Gracias a Dios que los libros no son tan caros como la ropa y se les puede sacar mucho más partido. Aún así, uno siente que nunca va tener el suficiente tiempo para leer todo lo que le pide el cuerpo. Cosas de las adicciones.

Se despide, suyo de ustedes.

Kevin Smith, el eterno adolescente II

abril 13, 2010

Otro de los monográficos en los que les debía una mayor profundización era el dedicado al realizador estadounidense Kevin Smith, al que dediqué una primera entrega en el mes de julio del pasado año (adonde pueden acudir si consultan el archivo de este blog). Si el anterior artículo terminaba refiriéndome a “Dogma”, ahora continúo con su primera cinta en este siglo XXI, “Jay y Bob el Silencioso contraatacan” en 2001.

“Jay y Bob el Silencioso contraatacan” es el homenaje que Smith realiza a los dos personajes más reconocibles de su filmografía, en lo que es un filme que es su particular “Ocho y medio” (sus referencias a “Star Wars”, con apariciones de Mark Hamill y Carrie Fisher y a otras de sus películas, con apariciones de algunos de sus propios personajes, además de algunos cameos de famosos de Hollywood, como Ben Affleck, Matt Damon, Wes Craven o Gus van Sant entre otros). La trama narra el viaje de Jay (Jason Mewes) y Bob (el propio Smith), que se dirigen a Hollywood para sabotear el proyecto de trasladar al cine el cómic “Bluntman y Chronic”, inspirado en sus figuras. Durante el camino irán encontrándose con una serie de bizarros personajes y viviendo situaciones tan disparatadas como hilarantes.

La película en sí no es ninguna maravilla, aunque supone la vuelta de Smith a un terreno en el que se mueve con más comodidad que en la fallida sátira religiosa que realizó en “Dogma”. El humor chocarrero, el desenfado, el guiño cultural a los que crecieron en los 80 y a los seguidores de su obra, son las notas predominantes de una cinta divertida aunque olvidable.

Por esta época, Kevin Smith también se dedicó a dejar su firma en proyectos más breves como “The flying car”, un cortometraje que narra una pequeña aventura de Dante y Randal, los protagonistas de “Clerks”, además de un par de incursiones musicales como un documental sobre Prince que nunca llegó a ver la luz y un segmento del Concierto de Nueva York que se realizó en homenaje a las víctimas del 11-S. Asimismo, produjo una versión animada de la citada “Clerks” que duró sólo 6 capítulos y también ofició como productor en “Vulgar” (protagonizada por Brian O´Halloran, uno de los protagonistas de “Clerks”) y “Now you know” (el debut en la dirección de Jeff Anderson, el otro protagonista), además de una pequeña aparición como actor en “Daredevil”.

Otro de sus proyectos destacados por esta época es la gira por varios campus universitarios de Estados Unidos para hablar sobre sus películas, sus fuentes de inspiración y cosas diversas de la vida que le preguntan los estudiantes. De hecho, no es raro encontrar vídeos en Youtube en los que sale Smith hablando sobre cómo conoció a su mujer o soltando puyas a Tim Burton, con el que tuvo sus más y su menos por un guión de “Superman” que Burton deploró abiertamente. Todas sus apariciones se encuentran reunidas en la colección “An evening with Kevin Smith”, publicada en DVD en 2002, aunque como ya digo, por Internet se hayan sus momentos más sonados.

El bueno de Smith decidió dar un nuevo rumbo a su carrera. Él mismo declaró que ya se encontraba un poco cansado de Jay y Bob el Silencioso y optó por dar una vuelta de tuerca a sus habituales producciones de humor friki y desenfadado. El proyecto en cuestión se llamó “Jersey girl”, en la que ha sido la película que ha recibido la peor aceptación crítica y comercial de su carrera. La historia trata sobre Ollie Trinke (Ben Affleck), un hombre casado que vive en Nueva York y trabaja en una firma de publicidad. Cuando todo parecía ir bien, su esposa Gertrude (Jennifer López)  fallece, dejándole una niña recién nacida. Dificultado por tener que criar a su hija él solo, se ve obligado a llevarla a una presentación donde iban a dar un premio a Will Smith, pero todo sale mal y termina siendo despedido. Sin saber qué hacer, vuelve a casa de su padre en Nueva Jersey, pidiéndole ayuda por unos meses, pero la situación termina convirtiéndose en definitiva. Pasan los años y una noche acude con su hija a un videoclub para alquilar una película. Allí conoce a Maya (Liv Tyler), la encargada de la tienda, y poco a poco irá surgiendo entre ellos una relación especial. Sin embargo, Ollie se muestra reacio a volver a involucrar a alguien en su vida y la de su hija, por temor a una nueva pérdida.

Esta película vino marcada en primer lugar por las controversias de sus protagonistas. Por aquel entonces Ben Affleck y Jennifer López vivían el romance más famoso de Hollywood (inmortalizado en aquel ridículo diminutivo de “Bennifer”) y eran portada de revistas del corazón y medios sensacionalistas, lo que hacía que en muchos ámbitos no se les tomara en serio. No sé hasta que punto Smith tuvo intenciones irónicas a la hora de cargarse al personaje de la López en los primeros minutos del filme, quizá siendo un preámbulo de lo que vendría en la vida real con la ruptura de la pareja poco tiempo después. De cualquier modo, ambos se ganaron sendas nominaciones a los Razzies a la peor actuación.

No obstante, el prinicipal defecto de la película viene por parte del propio Smith, que demuestra una vez más ser un eterno adolescente y confunde la ternura y la emoción con puerilidad y sensiblería barata. La falta de madurez a la hora de plantear una historia más dramática de lo habitual le lleva a caer en lo primario a la hora de mostrar emociones y se queda en una serie de tópicos que al espectador le saben a poco. Con todo ello, se puede salvar la actuación de la niña Raquel Castro, como la hija de Affleck, la de George Carlin como su padre y de Liv Tyler como la simpática encargada del videoclub, tan adorable como suele (escuchar a la suave voz de esta mujer en VO no tiene precio).

A raíz de este fracaso, Kevin Smith se tomó una temporada alejado de los platós, dedicándose a la crianza de su hija Harley Quinn (fue su paternidad la que le motivó a hacer “Jersey girl”) y se dio cuenta de que posiblemente era mejor no salirse de lo que se esperaba de él, quizá porque era lo que mejor se le daba. Así fue como se gestó la secuela de “Clerks”. “Clerks 2” era un regreso en toda línea a los orígenes de su director, que tras el fracaso de un proyecto con el que quería dar un nuevo rumbo a su carrera tuvo que recular y volver a lo bueno conocido. La cinta repesca las andanzas de Dante (Brian O´Halloran) y Randal (Jeff Anderson), que tras ver como se quema la tienda de 24 horas en la que trabajan se tienen que buscar la vida como dependientes en un restaurante de comida rápida.  Lo malo es que ambos ya no son unos veinteañeros y el tiempo pasa para ellos sin que parezcan haber encontrado su camino vital.

Para aquellos que somos fans de los trabajos más gamberros de Smith, esta secuela es un feliz regreso a las inquietudes de su director. Las referencias a Star Wars (con una hilarante secuencia en la que se ponen de relevancia las virtudes de la saga de Lucas sobre la de “El señor de los anillos”), los personajes freaks (vuelven Jay y Bob el Silencioso y se incorpora Elías, un compañero de trabajo de Dante y Randal que es un “nerd” en toda regla), los cameos (esta vez son Ben Affleck y Jason Lee los que aparecen brevemente) y las subtramas erótico- amorosas (con Dante dudando entre su novia formal y su compañera de trabajo interpretada por una atractiva Rosario Dawson). Con todo ello, nos hallamos ante una película bastante divertida y en la que Smith desliza, conscientemente o no, alguna pincelada sobre su propia situación en la industria a través de la que viven sus personajes. Los años pasan por Dante y Randal y siguen en la misma situación, incapaces de salir de ella aunque quieran, algo que es similar para un director condenado a hacer siempre la misma película.

El caso es que Smith volvió a recuperar el calor de sus fans con esta cinta y aprovechó para encadenar una actividad frenética, apareciendo en un breve papel como actor en “La jungla 4.0” junto a Bruce Willis y dirigiendo el episodio piloto de la serie televisiva “Reaper”, además de volver a explotar su faceta de showman por Londres o Toronto para explicar los entresijos de su cine y su forma de ver la vida, acompañado esta vez por personajes cercanos como Jason Mewes (el actor que hace de Jay, amigo de Smith), su mujer y su hija. Estas comparecencias fueron editadas en DVD en el recopilatorio “An evening with Kevin Smith 2: Evening harder”.

Pero héte aquí que el director volvió a venirse arriba y decidió dar un pequeño paso hacia adelante, filmando una película que reuniera sus inquietudes habituales con sus ansias de llegar a algo más, de lo que nació “¿Hacemos una porno?”. La película narra la historia de Zack (Seth Rogen) y Miri (Elizabeth Banks), dos amigos del instituto que sobreviven en trabajos de escaso fuste y que un día se encuentran sin dinero para pagar el piso en el que viven. A través de un antiguo compañero de clase se darán cuenta de que la pornografía da mucho dinero y por ello ambos se involucrarán en la realización de una película erótico- festiva con imprevisibles resultados.

En “¿Hacemos una porno?” Smith vuelve a demostrar una vez más las virtudes y los defectos de su filmografía. A su acierto a la hora de tratar personajes estrafalarios, diálogos ingeniosos y situaciones descacharrantes se suma su falta de tino cuando quiere ponerse más trascendente, cayendo en lo pasteloso y echando a perder las mejores partes de la película. Los clásicos de Smith como Jason Mewes, Jeff Anderson o su mujer Jennifer están presentes en el reparto en pequeños papeles secundarios, aunque el protagonismo esta vez es para dos actores de la “factoría Apatow” (“Virgen a los 40”, “Lío embarazoso” y demás) como son Seth Rogen y Elizabeth Banks, que mantienen una imposible relación de colegueo hasta que en un momento dado se dan cuenta de que hay algo más. Smith demuestra su perpetua adolescencia en su inocente gamberrismo (el tema daba para mucho más y he visto películas convencionales mucho menos tímidas a la hora de mostrar desnudos) y en su relato simple de las mujeres, que o bien hablan y se comportan como los hombres o son neuróticas y quisquillosas, sin ninguno de los múltiples matices intermedios que componen la condición femenina. No es que pretenda hacer un alegato feminista, pero los retratos de la mujer nunca han sido el punto fuerte del realizador.

De este modo “¿Hacemos una porno?” es un filme muy irregular, mucho menos gamberro de lo que podría haber sido  y con un toque sentimental que tampoco acaba de convencer. Como curiosidad, cabe reseñar que esta vez Smith traslada la acción de su Nueva Jersey natal al nevado y gris Pittsburgh, un decorado igualmente valido para tratar las ilusiones y decepciones de una generación.

La película tampoco consiguió convencer a crítica y público y recibió una tibia acogida, como pasa siempre que Smith quiere salirse del guión que parece haber sido escrito para él. No obstante, el realizador ha querido tocar un género nuevo para él en su siguiente filme, de próximo estreno en todo el mundo, “Vaya par de polis”. Viendo el trailer de su nueva cinta, Smith parece querer rendir homenaje a las “buddy movies” que hicieron furor en los 80, en las que se mezclaba a dos personajes contrapuestos en la investigación de una trama policial (como “48 horas” o “Arma letal”). En esta ocasión, Bruce Willis y Tracy Morgan son los protagonistas, el circunspecto y el vacilón. Estaremos pendientes de ver que tal sale esa mezcla de acción y comedia, en la que Kevin Smith no está detrás del guión por vez primera en su carrera.

Aparte de su trayectoria como director, lo último que sabemos de Smith es que fue expulsado de un avión debido a que por su gordura ocupaba más de un asiento y sólo tenía un billete, con lo que impedía el acomodamiento de sus vecinos pasajeros. Huelga decir que Smith ha puesto el grito en el cielo contra la compañía aérea y una denuncia en los juzgados, aunque lo mismo ahora le entra la obsesión por adelgazar y termina como Peter Jackson (un antiguo orondo que ahora está cuasi anoréxico). Cosas que pasan.

Y aquí concluye este monográfico sobre Kevin Smith, un director irregular y que resulta más interesante cuando es fiel a su esencia, como creador de situaciones estrafalarias y diálogos ingeniosos con referencias sexuales y de carácter freak. Vocero de una juventud que ha crecido con Star Wars y las comedias de John Hughes (no en vano hay muchas reminiscencias de la obra del difunto creador de “El club de los cinco” en la filmografía de Smith) y que mantiene ese espíritu adolescente de lograr una vida mejor.

Se despide, suyo de ustedes.

De Berlín a Praga, pasando por Dresde. Crónica de un viaje V

marzo 25, 2010

Regreso con todos ustedes para seguir contándoles mi último viaje hasta la fecha por tierras europeas. Como recordarán, dejé la anterior narración habiéndome ido a descansar al aparthotel en el que me hospedaba y dispuesto a seguir viviendo cosas en Praga, una de las perlas de nuestro continente. Un servidor no es de desayunar muy copiosamente, pero cuando viajo y me hospedo en hoteles con buffet libre, acostumbro a ponerme como el chico del esquilador (una expresión que he leído siempre en los tebeos de Escobar y que me hace mucha gracia). El establecimiento tenía el restaurante en el sótano, en una estancia de techo bajo y forma circular que parecía simular un búnker y allí había de todo: pan, bollería, queso,  jamón, fruta y zumos. Huelga decir que cogí un poco de todo y quedé bien saciado.

Una vez desayunado y con las pilas cargadas para toda la mañana, salí a la calle adoquinada rumbo de nuevo a la Plaza Namesti y volví a entrar en la Ciudad Vieja para seguir mi callejeo y visitar Josefov, el barrio judío de Praga. Allí, entre muchos edificios de carácter adusto, muchos de ellos decorados con la estrella de David, así como varios negocios de joyería podemos encontrar la Sinagoga Vieja-Nueva, una de las más viejas de Europa. Fue fundada cerca del 1270 y es uno de los primeros edificios de estilo gótico de la ciudad. Por la zona también podemos encontrar el cementerio judío, donde iban a pasar el descanso eterno todos los fallecidos de la comunidad hebrea, muy numerosa en la capital checa. Como no podía ser de otro modo, había que pagar entrada para acceder dentro de estos recintos, así que preferí pasar.

Fue entonces cuando decidí subir hasta la colina más alta de Praga y visitar todo el entorno de su majestuoso castillo. El que quiera hacerlo no tiene por qué darse la caminata de su vida o gastarse una fortuna en taxi, ya que en Praga funciona un estupendo servicio de tranvía que te conduce a casi cualquier punto de la localidad. Tras acercarme a la zona lo más que pude por mi propio pie, observé en las indicaciones que el castillo en checo era Praski Hrad y me dirigí a una parada bastante concurrida. Volví a abusar una vez más de la confianza en que la gente abona sus billetes y me dispuse al ascenso, bastante agradable, ya que puedes ir viendo como la ciudad de Praga se va quedando a tus pies mientras recorres una serpenteante carretera. Así fue como llegué a Hradcany (el distrito del castillo), el más antiguo de la ciudad.

Construido en el siglo IX, es considerado la mayor fortaleza medieval del mundo. Contiene la Catedral de San Vito, el Callejón del Oro y la Alquimia, donde se reunieron varios alquimistas en busca de la fórmula para crear oro, y cuyos experimentos se han recogido en la Torre de la Pólvora (Mihulka), de 1494. En dicho callejón vivió durante varios años Franz Kafka. También se encuentra la capilla de la Santa Cruz, del siglo XVIII, aloja varios frescos y sirve como agencia de cambio, la Casa del Preboste, del siglo XVII, o el antiguo Palacio Real, del siglo XII, desde donde se produjeron las famosas defenestraciones de Praga. Por allí también podemos encontrar la basílica de San Jorge, erigida sobre una antigua iglesia del año 920, la Galería del Castillo, que aloja una pinacoteca, la Torre Dalibor, donde fue encarcelado un violinista que dio origen a una ópera, el Palacio Lobkowicz, del siglo XVII, que hoy alberga un museo histórico, la casa Burgrave, que aloja un museo del juguete, y la torre Negra, puerta oriental del Castillo. Ha sido en diversas ocasiones de la historia sede de distintos gobiernos y es la residencia oficial desde 1918 del presidente de la República.

Dentro del recinto del castillo también nos podemos encontrar con la catedral de San Vito, de estilo gótico, que ha acogido la coronación de todos los reyes de Bohemia y en el que están enterrados diversos obispos y monarcas. Un edificio estupendo, que viene a reforzar el carácter monumental de todo el distrito del castillo, que es absolutamente espectacular.

Una vez recorridos todos los rincones de la zona y los magníficos jardines, con una parte de mirador desde la que puede observarse toda Praga desde las alturas y si además tienes la suerte de que el día sea más o menos soleado, te puedes encontrar con unas imágenes dignas de quedarse grabadas en la retina por largo tiempo. Recomiendo a cualquiera que suba a este mirador que se quede allí durante unos instantes para ir reconociendo cada monumento y cada lugar, que aquello es como observar un delicioso cuadro paisajístico.

Tal degustar todo aquello, decidí bajar a pie a la Ciudad Vieja y para ello tomé la calle Nerudova, que quizá les resulte familiar por cierto poeta, aunque la historia es diferente a lo que piensan.  Jan Neruda fue un poeta, dramaturgo y novelista checo, uno de los principales representantes del realismo checo y miembro de la llamada Escuela de mayo. Su obra más reconocida es Cuentos de Malá Strana (1877), un libro de relatos sobre la pequeña burguesía praguense de aquel  barrio. Fue su apellido el que inspiró el seudónimo de Pablo Neruda al conocido poeta chileno, ya ven ustedes que cosas. La calle Nerudova es una vía estrecha y adoquinada que cae a plomo sobre la ciudad, con un desnivel que es una gozada si bajas por ella, como fue mi caso, siendo mortal para todo el que quiera ascenderla. Además de diversas casitas con sus respectivas bicicletas, podemos encontar varias tiendas de souvenirs, con precios abusivos en muchos casos, así quieras tan sólo una botella de agua.

Como ya iba avanzando el día, decidí que era hora de reponer fuerzas y comer un poco, pero como los restaurantes de aquella zona le costaban a uno un ojo de la cara y un riñón, hubo que recurrir al Mc Donalds de turno, una solución bastante aceptable para cuando uno está lejos del hotel, comida rápida y asequible. Acto seguido me puse en marcha para que el adormecimiento de después de comer no hiciera presa en mí y crucé el Puente de Carlos hacia la Ciudad Nueva, para visitar dos de los monumentos que aún me esperaban. Por una parte, junto al río nos encontramos con la Casa Danzante, diseñada por el gabinete de arquitectos de Frank Gehry (el mismo que el del Guggenheim de Bilbao) en 1997 y que por su semejanza con una pareja de bailarines, es también conocida como Ginger and Fred. Es este un edificio que llama mucho la atención del paseante, pues junto a las casas perfectamente delineadas de la zona, de repente se vislumbra una edificación de cristal cóncavo (como si la hubieran apresado y ese momento se hubiera quedado congelado) junto a otro edificio de concepción curva y ventanas que parecen salidas de un relato infantil. Una construcción tan curiosa como simpática.

Desde la Casa Danzante, anduve por diversas callejas rumbo a otra de las señas de identidad de Praga, la plaza de Venceslao, una alargada extensión de terreno presidida en una pequeña atalaya por una estatua ecuestre del santo, patrón de Bohemia. Aparte de estar rodeado de varios edificios representativos, ha sido escenario de las principales manifestaciones políticas de la ciudad, como la “Primavera de Praga” (un período de liberalización política en Checoslovaquia, que duró desde el 5 de enero de 1968 hasta el 20 de agosto de ese mismo año, cuando el país fue invadido por la URSS) y del inicio de la Revolución de Terciopelo (movimiento pacífico por el cual el partido comunista de Checoslovaquia perdió el monopolio del poder político y se desarrolló un régimen parlamentario en el contexto de un sistema económico que había iniciado ya su transición al capitalismo.

En esta plaza, mientras contemplaba la estatua de San Venceslao tuve un curioso encuentro con una pareja de turistas españoles. Eran la clásica pareja de mediana edad que estaban por aquellos lares en un viaje organizado, que para eso Praga es uno de los destinos más cotizados de la gente de nuestro país, nunca he sabido muy bien por qué. El caso es que en un momento dado se dirigieron a mi blandiendo una cámara de fotos y diciéndome en un spanglish macarrónico que si les podía sacar una foto. Yo les dije que también era español y se pusieron muy contentos, que casi hasta me dan un abrazo, se ve que las dificultades para comunicarse les habían hecho tanta mella que fue un alivio encontrar a otro español. Les hice la foto ante la estatua y ellos me contaron que eran de León y estaban allí con otras personas haciendo uno de esos viajes organizados que te ves Europa Central en 4 días y 5 noches.

Tras descansar un rato en uno de los escalones de la estatua, decidí volver a orillas del río a observar uno de esos espléndidos atardeceres praguenses, con el Sol ocultándose tras el Castillo, allí en lo alto, con el cielo rosáceo y anaranjado del crepúsculo reflejándose en las aguas del Moldava. Con todo ello, por mucha imaginación que ustedes tengan, es una imagen que hay que ver in situ, de esas que es difícil sentir con palabras.

Una vez caía la noche busqué un sitio donde cenar y lo hallé no muy lejos de la Plaza Namesti, un restaurante de aspecto años 20, con mucha madera y cristal en su decoración. Pese a su aspecto lujoso, vi que los precios no eran muy caros y decidí darme un caprichillo, probando algunos de los platos típicos de la comida checa. Además, cuando ya estaba pensando en irme, vi que salía al escenario una muchacha acompañada de dos músicos y que se disponían a tocar. Esto fue una grata sorpresa, ya que la chica (morena muy guapa, ataviada con un vestido de color morado, que es una de mis debilidades) interpretó con mucho sentimiento algunas baladas clásicas y tras cerca de veinte minutos de actuación recibió unos merecidos aplausos. Una bonita actuación.

Me acercé nuevamente al Orloj y la iglesia de Tyn para contemplarlos de noche y despedirme de ellos, pues el día siguiente marchaba hacia Berlín de vuelta. Con la nostalgia de decir adiós a estos singulares monumentos, de que el viaje encaraba ya su recta final, me fui a acostar. A la mañana siguiente acudía a primera hora a la estación de tren para coger el ferrocarril de regreso a la capital alemana, a la que llegué tras las cuatro horas largas de trayecto en esos asientos rígidos e incómodos. Como era mi última tarde de viajero, tras dejar las cosas en el hotel (que esta vez estaba encuadrado en una zona no muy lejana del barrio gay) me cogí el metro y me dirigí a uno de esos barrios populares que han hecho de Berlín un lugar de encuentro de culturas, por curiosidad. Por aquella zona el metro va al descubierto sobre un puente y resulta pintoresco ver las casas de pocas alturas desconchadas, pintarrajeadas o coloreadas en el mejor de los casos. Si hace buen tiempo, no será extraño encontrarse por las calles a perroflautas matures montados en bicicletas roñosas, otros más jóvenes con perros llenos de pulgas y a otros medio desharrapados, occidentales o turcos, escuchando música a todo trapo en la acera. Pues mira que bien.

Como ya empezaba a anochecer, me volví a la zona céntrica y me dio por entrar a uno de esos Dunkin Donuts en los que te puedes conectar a Internet, para informar de las novedades del viaje a la gente querida. Mi estancia allí se vio interrumpida por dos niñatas guamaqueñas que no dejaban de hablar a gritos y hacer el imbécil mientras una de ellas tosía cual bronquítica sin preocuparse de poner la mano, repartiendo sus benditas bacterias entre todos. Entre eso y un tío borracho o drogado (o ambas cosas) se paseaba por allí deambulando y golpeándose contra las paredes, decidí que lo mejor sería salir de allí lo antes posible. Tras un breve paseo para quitarme el cabreo de encima, me fui a cenar en el mismo restaurante italiano en el que lo hice la primera noche, me pareció una forma de cerrar el círculo. Y vaya si lo hice, pues si el primer día me habían puesto a Julio Iglesias en el hilo musical, esta vez era su hijo Enrique el protagonista. Cortesía de bi-bi-bizarre.

Volví al hotel y enseguida me encamé, que al día siguiente había que darse un buen madrugón para ir al aeropuerto y coger el avión de vuelta a España. Afortunadamente, todo transcurrió sin mayores incidencias y tras 13 horas de viaje casi ininterrumpido entre autobús, avión y tren, llegué a mi casa. Destrozado por el cansancio de ese día y los que llevaba acumulados, un poco triste por haber terminado el viaje y un poco alegre por volver a mi tierra con los míos y contarles mi peripecia. Ese es uno de los valores añadidos de viajar, que puedas tener a alguien esperándote a la vuelta, con quien compartir tus experiencias. A veces echas de menos esa presencia en el propio viaje, de poder disfrutar de todos esos momentos únicos de la peripecia con alguien querido a tu lado.

Y con esta breve reflexión, doy por terminado el monográfico que he dedicado en las últimas entregas de este blog a ese viaje que efectué el pasado verano. Para este año ya estoy haciendo planes, aunque aún no tengo nada definido y prefiero no gafar los proyectos haciéndome muchas ilusiones. De lo que vaya pasando ya les iré informando puntualmente, no se preocupen.

Se despide, suyo de ustedes.

De Berlín a Praga, pasando por Dresde. Crónica de un viaje IV

marzo 5, 2010

Vuelvo a ponerme al teclado para dar por fin una nueva entrega del viaje que realicé el pasado verano a tierras alemanas y checas. Sé que han pasado 5 meses desde la anterior entrada y ya casi está más cerca el próximo verano (y yo ya ando pergeñando un nuevo viajecillo), pero han sido unos meses donde había perdido un cierto ánimo por actualizar el blog, no me acababa de sentir lo inspirado que debería para narrarles mis aventuras. Consideraba que tenía que volver a llenarme, una suerte de reinicio y aquí estoy de vuelta, espero que por mucho tiempo.

Como recordarán de mi anterior entrada, me encontraba haciendo noche en la localidad alemana de Dresde tras observar sus estupendos atractivos arquitectónicos y me disponía a ir a Praga, una de las perlas de Europa. Me levanté con ánimos reforzados y tras un desayuno con fruta y yogur de fresa que había comprado en un supermercado, me dirigí a la estación de tren, cercana a mi hotel. De camino hacia allí encontré un puesto ambulante de bollería con muy buena pinta, pero cuyo encanto se iba por el desagüe cuando observé que los dulces estaban rodeados de moscas haciendo maldades.

Saqué mi billete de tren y pillé el tren hacia Praga habiendo hecho reserva de asiento, que si no me tocaba viajar de pie en Dios sabe que circunstancias. Una de las cosas que más me llamó la atención del viaje fue la calidad mediocre del ferrocarril, en el que uno podía desplazarse sin reservar asiento y tenía todas las posibilidades de viajar sin sentarse al estar todos ocupados. Además muchos viajan con mochilonas en las que se llevan la casa y hasta la bicicleta y no es raro encontrarse los pasillos invadidos por este tipo de excursionistas y algún turista poco avisado, condenado a viajar hasta 4 horas de pie y sin casi saber donde agarrarse.

Con todo ello, pude ir más o menos tranquilo, contemplando los hermosos paisajes verdosos del valle del Elba. Cuando llegamos a la primera estación correspondiente a la República Checa, los pasajeros tuvimos la oportunidad de ver a una pareja de soldados subirse al tren con el arma bien cargada en lo que parecía ser una inspección rutinaria, pues hasta que no se fueron el tren no volvió a arrancar. Parece que a estos países recién incorporados a la Unión Europea aún les cuesta superar el concepto clásico de frontera y necesitan reconocer lo que viene de fuera, aunque sea de Alemania.

Tras dos horas de trayecto, conseguí arribar a Praga, a una estación que parecía sacada de una película antigua, pues los pasajeros salíamos directos a un apeadero a la intemperie y teníamos que recorrer un túnel hasta alcanzar la terminal. Allí mismo me informé sobre el método de transporte y adquirí un bono que daba acceso a metro, tranvía y autobús, aunque nunca llegué a usarlo aprovechando la natural confianza de los europeos en la honradez ajena y la falta de barreras para colarse en los transportes.

Tras un pequeño viaje en metro y un corto paseo llegué a mi hotel, situado en una vistosa calle adoquinada con edificios de pocas alturas. Esta vez opté por cambiar y en vez de alojarme en la clásica habitación decidí ir a un aparthotel, donde podías tener una pequeña casa a tu disposición a un precio muy asequible y así fue. Uno que es un poco señorito y gusta de acomodarse en sitios con un poco de clase, disfrutó como un enano de una cama grande y mullida con una televisión plana y de las comodidades de tener un baño como Dios manda y cocina para no tener que comer fuera, todo ello con vistas a un patio interior ajardinado. Una delicia y un buen aviso de lo que allí me esperaba.

Tras dejar las cosas en la habitación salí del hotel pertrechado con un buen mapa y disupuesto a empaparme de los encantos de Praga. Tras comer una carne maravillosa en un restaurante argentino cercano al hotel, seguí la calle adoquinada hasta la plaza Namesti de la capital checa, uno de sus núcleos centrales. Allí penetré por el “Stare Mesto” (Ciudad Vieja), eje histórico de origen medieval que reúne algunos de los edificios más antiguos de la ciudad, erigidos en torno a la Plaza del Ayuntamiento.

Allí encontramos la Iglesia de Tyn, situada cerca de la plaza de la Ciudad Vieja y de estilo gótico. Su elemento más característico son la pareja de torres gemelas que se alzan por encima de los tejados de la plaza. En su interior se guarda la tumba del astrónomo Tycho Brahe, que formuló una teoría intermedia entre los sistemas copernicano y ptolemaico para apaciguar a la iglesia y avanzar al mismo tiempo en la astronomía. Este edificio fue durante cierto tiempo el centro religioso y símbolo visible del movimiento husita, volviendo luego a ser una simple iglesia de culto católico, como lo es hasta el día de hoy.

Otro de los edificios destacados es el Ayuntamiento Viejo, un desordenado complejo de edificios. Su elemento más famoso es el reloj astronómico (Orloj) de 1410, el más antiguo de su tipo en Europa. Cada vez que da la hora salen unas figuras que representan a los doce apóstoles y otros personajes, el más famoso de los cuales es un esqueleto, que con movimientos afirmativos de la cabeza recuerda la inminencia y universalidad de la muerte. Eso es algo que descubrí con posterioridad, cuando investigué por qué siempre se arremolinaba tanta gente ante la edificación cuando iban a dar las horas.

Lo cierto es que toda una delicia sentarse en la fuente del centro de la plaza y observar estas dos construcciones, así como todos los edificios de alrededor, mientras turistas de todo tipo de edad y procedencia se refrescan al lado tuyo o circulan de aquí para allá, cual si fueran hormigas buscando alimento. Una vez descansado, seguí paseando por la parte vieja, por estrechas callejas llenas de tiendas de souvenirs y cristalerías con atractivas creaciones de cristal de Bohemia, una de las riquezas del país.

Además tuve un curioso encontradizo con un museo dedicado al erotismo, algo normal si tenemos en cuenta que Praga es junto con Budapest el centro neurálgico del porno en el Viejo Continente. Como soy muy curioso en esos temas, entré en el establecimiento y observé los artilugios que allí tenían, que ilustraban diversas prácticas sexuales y cómo se habían ido desarrollando a lo largo de la historia. El caso es que allí dentro había más mujeres que hombres, ya fueran grupos de chicas que reían con vergüenza y picardía al ver los aparatos o mujeres que arrastraban a sus parejas, curiosas de aprender cosas sobre el tema (digo esto porque en esos casos ellas se mostraban mucho más interesadas que ellos, que parecían algo cohibidos ante ciertos artilugios, lo cual demuestra, que en contra de las apariencias, a las mujeres les intrigan más los temas sexuales).

Callejeando y callejeando logré arribar hasta otro de los lugares emblemáticos de Praga, el Puente de Carlos. Es el puente más viejo de Praga, y atraviesa el río Moldava de la Ciudad Vieja a la Ciudad Pequeña. Su construcción comenzó en 1357 con el visto bueno del Rey Carlos IV, y fue finalizado a principios del siglo XV. Tiene una longitud de 516 metros, y su ancho es de casi 10 metros, al tiempo que se encuentra apoyado en 16 arcos. El puente está decorado por 30 estatuas situadas a ambos lados del mismo, la mayor parte de las cuales son de estilo barroco y fueron construidas alrededor del 1700. Alguna de ellas, como la de San Juan Nepomuceno, son consideradas como símbolos de buena suerte y son constantemente frotadas por la gente mientras piden un deseo, lo que ha provocado que el material esté desgastado. Desde ese puente puede observarse la majestuosidad del Moldava y observar bellas panorámicas de las dos partes de Praga. Lo cierto es que aquella estampa me recordó muy mucho a Budapest, también separada en dos tramos por un caudaloso río (en aquel caso el Danubio).

Una vez cruzado el puente, anduve un poco por la Ciudad Pequeña (Nove Mesto), especialmente junto al río, donde observé por fuera la casa-museo del escritor Franz Kafka (“La metamorfosis”) y las calles de sus entorno, estrechas y huidizas, como sacadas de una intriga de novela clásica. Como la noche empezaba a caer, decidí que era hora de emprender el camino de vuelta y buscar algún sitio donde cenar, que cuando sales a Europa es mejor cenar a eso de las nueve si no quieres encontrarte los lugares cerrados y quedarte con un palmo de narices. Me metí a un sitio con pinta de baratillo, pues todos los que iba viendo cobraban una fortuna (menos mal que iba con el cambio de euros a coronas checas en la cabeza) por cuatro cosillas. Pedí una pizza de buen tamaño y cuando me tomaron nota el dueño reconoció mi acento y me dijo que era español con una expresión de gran contento. Ni corto ni perezoso, cambió el hilo musical del local para poner un disco de Los Manolos (los de “amigos para siempre” o “all my lovin” con mucho guitarreo) en homenaje a mí. Nunca me explicó el por qué de ese cariño a la españolidad, pero debe guardar un gran recuerdo de lo nuestro.

Finalmente volví a la Plaza del Ayuntamiento Viejo, por ver las edificaciones con la luz nocturna y lo cierto es que resultan igualmente esplendentes y el nivel de turistas tampoco desciende respecto al día, que estaba aquello muy concurrido.  Con esa deliciosa visión marché de vuelta al hotel, que ya estaba cansado y al día siguiente me quedaban varios retos por afrontar y varias bellezas praguenses por descubrir.

Como veo que ya me he alargado demasiado, prefiero poner aquí el punto y seguido y continuar el relato de mi segundo día en Praga en otro artículo, para no tener que recortar por no caer en la prolijidad. No se preocupen que esta vez el inciso será mucho más corto, no los 5 meses de la última vez.

Se despide, suyo de ustedes.

De Berlín a Praga, pasando por Dresde. Crónica de un viaje III

septiembre 30, 2009

Sigo con mi relato de las peripecias por Alemania y Chequia, en el viaje que hice en mis últimas vacaciones. Les había dejado en la última ocasión pernoctando en el barrio gay de Berlín en la víspera de marchar a Dresde, como así fue. A la mañana siguiente me levanté temprano (la claridad que entraba en la habitación desde primera hora también ayudó lo suyo) y tras un accidentado check out en el hotel (no funcionaba el lector de tarjetas y tuve que recorrer casi un kilómetro para encontrar un cajero y pagar la cuenta) logré partir a la Hauptbanhof, la Estación Central de Berlín. Este es otro edificio a resaltar, ya que está construido en cristal y resulta tan llamativo como fascinante.

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Gracias a Dios tuve la ocurrencia de sacar un billete sentado, ya que en estos trenes si no reservas plaza sentada es muy posible que no encuentres hueco y tengas que viajar en el pasillo. Lo que hacen es dar muchos billetes con validez para un día determinado y dentro de ese día puedes coger el que más se amolde a tu horario, con lo que aquello se convierte en un remedo del metro, que nunca se sabe cuando irá un tren más o menos lleno. El que me tocó a mí iba bastante ocupado y el asiento que me tocó no es que fuera muy cómodo, así que las dos horas de camino se hicieron algo largas. Para compensar pude ir observando bellos parajes del valle del Elba, que en días soleados como el que me tocó es todo un placer para la vista.

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Con todo ello, logré llegar a Dresde y en primer lugar me dirigí al hotel que tenía reservado, que según las indicaciones estaba a menos de 500 metros. Al poco tiempo conseguí llegar al alojamiento, que estaba situado en una plaza bastante populosa y con mucho edificio acristalado (como les gusta a los germanos hacer todo lo nuevo con materiales de este estilo).

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Apenas me instalé en el hotel y aunque tenía ganas de estirar las piernas después de tanto tren, decidí que era hora de comer y descansar un rato y así lo hice. Justo debajo había un Mc Donalds, así que me pillé un menú de los suyos para llevar y me lo comí en el cuarto. Como las cortinas en este hotel eran más tupidas y ese día estaba más nublado, no dudé mucho en echar un rato la siesta, que es algo que siempre sienta la mar de bien. Tras un reposo de una hora, me lancé a descubrir las maravillas de Dresde, una ciudad que es la cuarta más grande de Alemania y que tiene más de medio millón de habitantes, pero que sin embargo da la impresión de ser de lo más accesible. Del hotel al casco histórico tuve que andar apenas 10 minutos y pude observar muchos de los atractivos culturales de la localidad. En este sentido, hay que destacar una vez más la capacidad de reconstrucción del pueblo alemán, pues Dresde sufrió un terrible bombardeo cuando la Segunda Guerra Mundial ya se acercaba a su fin y mucho de su patrimonio quedó reducido a cenizas.

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Con todo ello, podemos encontrar numerosas edificaciones de la época renacentista y barroca, las que sobrevivieron al cataclismo y las que fueron reconstruidas años más tarde. Por ejemplo, tenemos la Frauenkirche: la Iglesia de Nuestra Señora, mundialmente conocida como un monumento en contra de la guerra y como símbolo de la reconciliación. El 14 de febrero de 1945 se derrumbó como consecuencia del Bombardeo de Dresde y años después ha sido reconstruida gracias a donantes de todo el mundo. A lo alto de su gran cúpula, la cual domina el perfil de la ciudad, se puede subir para tener una vista panorámica de toda la urbe.

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El Zwinger de Dresde es un edificio barroco situado en el casco antiguo de la ciudad, entre el edificio de la ópera Semperoper y Postplatz. Se destaca por las colecciones de arte y ciencia que se encuentran en su interior. El palacio fue edificado en el lugar que antiguamente ocupó una fortaleza, y de ahí su nombre, ya que la palabra Zwinger se utilizaba para denominar el muro exterior circular que formaba parte de las fortalezas. Este fue quizá el edificio que más grata impresión me causó de todos los que ví, por su imponente composición y su sabor a palacete de folletín. El paseante puede recorrer la parte superior amurallada y la inferior ajardinada y llevarse una bonita vista de ambas.

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Una vez recorrida la Alstadt (Ciudad Vieja) llegué hasta el borde del río Elba, que resulta tan majestuoso como todos los grandes fluviales europeos. Crucé el puente de Augusto y pasé a la Neustadt, la Ciudad Nueva, que ya cuenta con todos los atractivos de una urbe moderna. El caso es que pasée por una serie de parques y avenidas de aspecto muy apacible que no revelaban encontrarme en una localidad de casi medio millón de personas. Desde luego, para tener el tamaño y la importancia que tiene no llega a resultar ni mucho menos agobiante por aglomeraciones humanas o de tráfico. Si es que no es lo mismo el sur de Europa que el resto de ella, está comprobado.

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Como ya caía la noche y las calles empezaban a vaciarse, me acerqué a la orilla del Elba y observé el maravilloso atardecer, con el sol anaranjando las nubes y sintiendo una vez más esa magnífica sensación de cómo el tiempo parece detenerse. Cuando la oscuridad fue todo un hecho salí de mi ensimismamiento y volví al centro a buscarme un lugar para manducar. Al estar el hotel situado en una gran plaza con un montón de tiendas y establecimientos me puse a buscar y no tardé en hallar un restaurante italiano muy curiosón.

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Allí no te venían a servir directamente a la mesa, sino que funcionaba por el tema self service con la novedad de que te cocinaban en el instante. De este modo me fui al lugar de los primeros platos y me pedí una ensalada con queso mozzarella que  me hicieron ante mis propias narices, con los segundos pasé a una pizza de cuatro quesos que me elaboraron mientras despachaba la ensalada. Un menú delicioso y que también estuvo salpicado de anécdotas.

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Por mi forma de hablar inglés, los empleados no tardaron en identificarme como español o italiano. Una vez les dije que era español, el que me hizo la ensalada me dijo que tenemos un país muy bonito y que él (como buen alemán) había estado un par de veranos en Palma de Mallorca. El de la pizza ya me dijo si era italiano directamente y cuando le dije que era español la verdad es que pareció decepcionarse un poco porque no volvió a decir nada más. También había más españoles en el local en la forma de una muchacha ataviada a lo “hippie chic” (sandalias, pantalones anchos al estilo moruno, camiseta de tirantes con dibujitos raros y una cinta en el pelo cual si fuera una corona) y sus padres. Como se sentaron al lado mío pude escuchar más o menos todo su historial y me enteré de que la señorita estaba allí estudiando y los padres estaban de visita.

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Tanto la madre como el padre tenían un aspecto normal, con apariencia de clase media y no se les notaba muy a gusto con esas moderneces de que te hicieran la comida allí delante tuyo. Unas cañas y unas patatas bravas en el Bar Pepe les habrían gustado más. La muchacha parecía simpaticona, contando historias de lo triste que podía ser Dresde en invierno, de otros españoles que había por allí y del novio polaco que tenía (y que los Erasmus siempre se lían con los de otros países y nunca con los naturales de donde van, oiga). Acabada la cena, dejé a la familia con su tertulia y me volví al hotel, que tanto paseo me había dejado pocho y al día siguiente había más jaleo. Me esperaba la siempre bien valorada Praga y había que recuperar las fuerzas necesarias para apreciar sus encantos como se merecía.

Vuelvo a dejar aquí el relato de mis andanzas para regresar en el siguiente capítulo con las aventuras por la República Checa. No se preocupen que volveré, siempre que el trabajo y los ánimos lo permitan.

Se despide, suyo de ustedes.

De Berlín a Praga, pasando por Dresde. Crónica de un viaje II

septiembre 1, 2009

Vuelvo al teclado para seguir relatándoles mi peripecia por Berlín y Praga, que el otro día dejé pendiente a la hora de la comida en mi primer día en la capital alemana. Una comida que tuvo bastantes aspectos típicos, ya que tuve la ocasión de degustar la gastronomía germánica. Me encontraba en Alexanderplatz cuando empezó a apretar la gazuza y héte aquí que me encontré un restaurante con comida de Baviera, así que ni corto ni perezoso me dirigí hasta allí dispuesto a comerme lo que hubiere.

Tras ver la carta me pedí media docena de salchichas de tamaño considerable, con su puré de patata y su salsilla y una cerveza de esas de litro que sirven por allí para remojar. Una vez más se cumplió aquello de que las comidas típicas hay que realizarlas en su lugar de origen, que es donde mejor saben, y las salchichas no fueron una excepción. Entre la copiosa comida y que un servidor se clavó el litro de cerveza como si fuera agua (y es que se entiende que por aquellas latitudes sean tan adictos al zumo de cebada, porque entra como si nada), acabé bastante cargadito. Así estuve sudando como una mala bestia durante casi una hora y más contento que unas castañuelas, que a punto estuve en más de una ocasión de tirarles piropos a las bellas muchachas que paseaban por la Alexanderplatz.

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Mientras digería la comilona observé que por allí había un puesto de fruta regentado por turcos y que ofrecía un montón de variedades, todas con una pinta estupenda. Con ganas me quedé de pillar una cestilla de frambuesas que estaba para comérsela ahí mismo, pero como estaba al aire libre y le rondaban los mosquitos, mis escrúpulos quedaron por encima y me conformé comprando tres manzanas bien rojas para comer cuando me diera apetito.

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Decidí continuar mi periplo y me dirigí a la zona Este de Berlín, donde aún se conservaba un tramo del Muro que separó a la ciudad durante casi 30 años. Como estaba un poco lejos y el estómago me pesaba, entré al Metro y allí tuve la oportunidad de comprobar cómo la picaresca hispánica prevalecía sobre la seriedad germánica. En Berlín no tienen tornos para el Metro y confían en que saques el billete y lo pases por un lector, sin tener ni un sólo obstáculo ni vigilancia para llegar al andén sin soltar un duro.

Llegué a la citada estación y me puse a buscar el trozo de muro, mientras observaba las diferencias entre Berlín Este y Oeste, con construcciones más modestas en la parte que había sido comunista y con un aspecto en general más depauperado. Pese a que desde la reunificación, en 1989, se ha hecho todo lo posible para reintegrar a las dos Alemanias, aún se notan las diferencias en varias zonas.

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En estas estaba cuando me hallé de bruces con el Muro, en un encuentro que fue bastante decepcionante, pues casi ni me dí cuenta de que me hallaba ante una construcción tan mítica. De repente ví un muro de escasa altura, bastante desgastado y con alguna pintada, que al estar situado en un descampado parecía un simple muro de contención para separar el solar de la calle. Una indicación señalaba que aquello era en verdad el Muro que tanta fama había tenido por representar vivamente la separación de Europa en dos mitades, sólo mantenía en pie una pequeña porción y no muy bien conservada. Sin embargo, había una cartelería que señalaba el origen del Muro y su desarrollo y cómo había familias que se habían visto separadas viviendo en la misma calle y gente que había fallecido al tratar de cruzar al lado occidental. Resulta cuando menos irónico que la parte socialista se llamara República Democrática Alemana, cuando los métodos que allí se usaron (los férreos controles para evitar los pasos del Muro y la vigilancia de la Stasi a los ciudadanos sospechosos de no simpatizar con el régimen comunista). Pero eso es otra historia.

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Siguiendo con la política de observar el Berlín dividido, me dirigí al denominado “Checkpoint Charlie”, el más famoso de los pasos fronterizos del Muro, que se encuentra en la Friedrichstrasse, una de las calles más populosas de la ciudad. El paso abría el paso a la zona de control estadounidense con la soviética, donde actualmente se unen los barrios de Mitte y Kreuzberg. Sólo se permitía su uso a empleados militares y de embajadas de los aliados, extranjeros, trabajadores de la delegación permanente de la RFA y funcionarios de la RDA.  La denominación Charlie procede del alfabeto fonético de la OTAN, y es su tercera letra. Checkpoint Alpha era el paso de autopista en Helmstedt, Checkpoint Bravo el paso de autopista en Dreilinden. Ahí si que se lo han trabajado y han sabido conservar el puesto de control con sus respectivas sacas y el letrero de aviso de entrada y salida del sector americano. Aparte del puesto, también se puede ver el museo dedicado a la historia del muro o la última bandera del Kremlin. Una interesante curiosidad.

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Como la noche ya empezaba a caer, me dediqué a pasear la calle Friedrichstrasse, salpicada por un montón de comercios que ya habían cerrado (que ya se sabe que en estos países se recogen pronto), así que decidí irme a la Postdamer Platz para ver que tal lucía de noche. Tal y como intuía, esos diseños de última generación estaban convenientemente iluminados con gran profusión de colores y la cubierta de la plaza cambiaba la tonalidad cada pocos segundos, con azul, verde o blanco. Así que me senté en medio de la plaza para observar todo aquel abanico de colores y descansar un poco de tanto paseo.

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Con todo ello, me dio el hambre y busqué un sitio para cenar. Esta vez no me compliqué la vida y me fui a un italiano para comer unos spaguettis a la pimienta, que estaban ricos de narices y sin cerveza, no fuera a ser que me pusiera eufórico otra vez y el estado de éxtasis me jugara malas pasadas. Al lado del restaurante había un Dunkin Donuts, la tienda de rosquillas de esas que ha popularizado Homer Simpson y que tanto le gustan, así que entré a pillarme un par de esas con glaseados curiosos a ver que tal estaban. En el interior del establecimiento había un dispositivo para conectarse a Internet, con lo que aproveché para ver si había pasado algo por ahí y para mandar noticias de mi viaje a los amigos. Los donuts no estaban mal, pero eran un poco caros y la calidad no llegaba a la altura del precio.

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El madrugón ya empezaba a hacer sus efectos y había ganas de recogerse, así que me volví para el hotel. Recorrí las callejas mal iluminadas del curioso barrio gay y me encontré con dos homosexuales del tipo mature que estaban paseando al perro como toda compañía. Sin ganas ni de ver la televisión para ver que se traían entre manos en los canales germánicos me eché a dormir, que al día siguiente  tocaba viajar a Dresde para continuar mi periplo.

Y con la llegada del descanso nocturno aprovecho para hacer un nuevo alto en el camino en este relato sobre mi peripecia centroeuropea. En escasas fechas volveré con una nueva entrega en la que me referiré a mis impresiones sobre Dresde y mi llegada a Praga. Asi que no teman, que aunque tarde un poco a causa de la desidia estival o la carga de trabajo que me espera en escasas fechas, la historia continúa.

Se despide, suyo de ustedes.

De Berlín a Praga, pasando por Dresde. Crónica de un viaje

agosto 12, 2009

Tras unas semanas de inactividad debido a un magnífico período vacacional y la frustración provocada por la vuelta al trabajo en un mes en el que este país está en hibernación, retomo los escritos en este blog refiriéndome a un viaje que llevé a cabo en las últimas vacaciones. Las localidades alemanas de Berlín y Dresde y la checa Praga fueron los destinos escogidos por un servidor para seguir conociendo la vieja Europa.

Tras un vuelo marcado por el alto nivel de familias con niños (muchos de ellos muy pequeños y que por supuesto animaron el viaje con follones y lloriqueos varios) pudimos llegar mal que bien al aeropuerto berlinés de Tegel, procedentes de Madrid. Como yo de alemán no entiendo ni papa ni tampoco estoy muy por la labor, traté de entenderme en inglés con la información del aeródromo y de este modo pude enterarme de que un autobús salía de allí y me dejaba bastante cerca de mi hotel de destino. Tras un viaje de 20 minutos y un billete de 2,10 euros (que por lo que se vé, allí todo el transporte público vale igual, ya sea bus o metro), conseguí arribar a mi lugar de destino.

Fíjense como son las casualidades de la vida que fui a coincidir en el distrito de Schoneberg, que a primera vista no dice nada, pero que es el barrio gay de la capital alemana. Diversos bares con la bandera arcoiris y tiendas de antiguedades forman el paisaje habitual en cualquiera de las calles de este barrio, con algunos negocios más curiosos como tiendas donde se venden artículos relacionados con el sadomasoquismo y saunas para disfrute homosexual. Asimismo, no era extraño encontrarse con hombres de 50 y tantos años cogidos de la mano, algo chocante, pues quieras que no siempre se relaciona más el rollo gay con la juventud, no se suelen ver homosexuales de esas edades mostrando su amor en público.

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Yo tuve además, la curiosa casualidad de tener mi hotel al lado de un hotel llamado directamente “Gay hostel”, que digo yo que sólo admitirá a gente de esa tendencia sexual a juzgar por su nombre. Luego me quieren hablar de igualdad, cuando se quieren buscar estos distintivos. De hecho, considero que tener un barrio mayoritariamente gay también es bastante aislante, suena a guetto reservado a un tipo de gente, nada más excluyente que eso. Pero bueno, no irritemos a los defensores de lo políticamente correcto, esa nueva forma de dictadura contra todo lo que se salga de lo aceptado.

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Una vez instalado en mi receptáculo, me decidí a dar mi primer paseo por la ciudad, aunque ya eran las siete y pico de la tarde y como buenos europeos, los alemanes se empezaban a recoger. Aún así, pude transitar por Kurfurstendamm, una céntrica avenida llena de tiendas y centros comerciales, que allí el que compra es que no quiere (yo como considero ridículo perder el poco tiempo del que dispones para mirar artilugios que puedes encontrar en cualquier sitio, pues ni me acerqué a los escaparates).

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De esa calle, pasé a la paralela de Kurfurstenstrasse, que me deparó otra bizarra sorpresa. Esta calle, aunque amplia y alargada (como la mayoría de vías berlinesas) tenía la característica de que las prostitutas callejeras la tenían como cuartel general. De pronto empecé a vislumbrar a meretrices a ambos lados de la carretera, a la espera de que algún conductor con ganas de mambo las recogiera, en un número que parecía aquello una escena de “Los pájaros”. Yo era el único peatón por esa calle, y aunque las putas no es que precisamente me aterroricen, me dejó un poco descolocado verlas aparecer tan de golpe y en tan alto número. No creo que hubiera coches suficientes para recogerlas a todas. Una incluso trató de ofrecerme sus servicios, pero en cuanto se dirigió a mi la dije que no, que esos asuntos hay que hacerlos en terreno conocido por si acaso, que luego te deparan sorpresas desagradables.

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El caso es que la noche caía y como en esos lugares se recogen pronto, decidí irme a cenar. El lugar escogido fue un restaurante italiano cercano a la “Kaiser Wilhelm Gedachtniskirche”, Iglesia edificada por orden del kaiser Guillermo II y ubicada en el Centro de Berlín Oeste (antiguo Berlín Occidental), que sufrió los bombardeos de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. A estos bombardeos sólo sobrevivió una gran torre que ha sido conservada sin restaurar para recordar las consecuencias de la guerra. La verdad es que ver una construcción de este tipo hecha una lástima, medio destruida y vacía por dentro, es un testimonio bastante elocuente de lo que representa una guerra para el patrimonio.

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Con esa vista me dispuse a cenar una pizza de esas de tamaño natural, mientras en el hilo musical sonaban baladas de Julio Iglesias, la siguiente igual que la anterior. Pongan atención a este tema, porque la música de ambiente en los establecimientos hosteleros seguirá dando que hablar en esta crónica. Me volví dando un paseo al hotel y aprecié que el barrio estaba bastante más tranquilo que por la tarde, aunque algunos pubs de luces de neón ya habían abierto sus puertas para disfrute de los más fiesteros. Yo estaba cansado de tanto viaje y me fui a dormir aunque apenas era medianoche, pero estos hábitos de vida tan tempraneros le acaban contagiando a uno.

 Lo peor del hotel, como de casi todos los que he transitado por Europa, es su falta de una celosía que evite la entrada de claridad en la habitación. En estos países tienen la costumbre de levantarse al alba y por ello ni usan persianas ni tampoco unas cortinas muy gruesas, con lo cual estás servido. En este caso, a las 5 de la mañana ya había una claridad en la habitación que parecía mediodía, que aunque te vuelvas a dormir te despiertas todo el rato y ya no se descansa a gusto.

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Con todo ello, me levanté a eso de las 9 y tras desayunar, me fui a aprovechar el día recorriendo, con la ayuda de mis piernas y del transporte público, todo lo que pudiera de la capital alemana. El trayecto dio comienzo en la Postdamer Platz, una espectacular plaza de grandes edificios acristalados y algunas edificaciones cercanas que recuerdan al “Metrópolis” de Fritz Lang, que es todo un placer para la vista. Este ha sido uno de los muchos emplazamientos berlineses que ha sido renovado en los últimos años y que ya no se parecen en nada a su origen. Potsdamer Platz, como el resto de la ciudad, se vio sometida al bombardeo aliado durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, lo que llevó a la casi total destrucción de las edificaciones del sitio.

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Tras la ocupación de la ciudad por parte de los aliados, la Potsdamer Platz quedó en el área donde se dividían los protectorados soviético y norteamericano. Con la construcción del Muro, que la cruzaba en su sector oeste, quedó en una tierra de nadie inutilizable y no fue reconstruida, pese a estar muy próxima a la principal avenida comercial de Berlín Este. Tras la caída del muro los berlineses se dieron a la tarea de rehabilitar Potsdamer Platz, lo que consiguieron en el transcurso de menos de una década (que si algo tienen los alemanes en general es una gran disciplina y capacidad de sacrificio, sólo así puede explicarse que tras perder dos guerras mundiales sigan siendo una de las potencias de Europa, no podemos decir lo mismo de nuestro país).

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De la Postdamer Platz me fui paseando hasta la zona donde se encuentran varias edificaciones de gran prestigio. En primer lugar observé el Memorial del Holocausto, un parque con bloques de hormigón de desigual altura, en el que si bajas al centro te hallas en una suerte de laberinto. Otro ejemplo de homenaje del arte contemporáneo a catástrofes antiguas, algo muy típico de Berlín.

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Una construcción clásica que ha sabido aguantar los embates bélicos es la Puerta de Brandenburgo, situada a escasos metros de este memorial. Este es uno de los monumentos (como el acueducto de Segovia) que de tanto usarse a la imagen pública impresionan menos al verse in situ. Construida a finales del siglo XVIII imitando los antiguos templos griegos, la Puerta de Brandenburgo fue también un símbolo del Berlín dividido por el Muro, quedando en tierra de nadie y representando la entrada al Berlín este y oeste, según se viera.

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Por allí cerca también se encuentra el Reichstag, sede del Parlamento alemán, construido en 1894 siguiendo un estilo neorrenacentista. En 1933 fue víctima de un incendio provocado cuya autoría no llegó a esclarecerse del todo, pero se insinúa que fueron los propios nazis quienes lo hicieron para lograr una justificación a la aprobación de leyes que penalizaran todo lo que se saliera de sus normas. Al final de la Segunda Guerra Mundial, fue escenario de cruentos combates y resultó seriamente dañado, llegando a perder su cúpula. En los 60 se realizaron las reformas más urgentes y el aspecto que tiene en la actualidad lo adquirió durante unas obras en los años 90, con la cúpula ya restaurada en cristal, responsabilidad del arquitecto británico Norman Foster (el del Metro de Bilbao).

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Desde allí me dirigí de nuevo a la Puerta de Brandenburgo para encarar Unter den Linden, el principal bulevar de la ciudad. Comienza en la plaza de París y se extiende durante casi 2 kilómetros hasta Alexanderplatz, uno de los centros neurálgicos del antiguo Berlín Este. Numerosas tiendas de consumibles y souvenirs quedan a la vista del paseante, así como numerosos edificios de estilo neoclásico, en una amplia avenida típicamente germánica que te hace transportarte al siglo XIX. Un bonito paseo.

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Tras este periplo, arribé a la Alexanderplatz, una plaza que también ha cambiado su fisonomía con el paso de los años y que ahora se caracteriza por su diseño modernista, con estructuras de envergadura, como el Fernsehturm, la torre de televisión más alta de la Unión Europea. En la misma Alexanderplatzse encuentran ubicados, entre otros, el Forum Hotel Berlín, el edificio más alto de la ciudad, y el Reloj Mundial, una gran estructura de metal que rota permanentemente y muestra la hora de todo el mundo. Asimismo, hay una exposición con fotografías y textos en varios idiomas, que narran el nacimiento de las dos Alemanias, el Muro y los conflictos que supuso, así como la posterior reunificación.

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Entre tanto andar y que ya iba siendo hora, decidí que ya era momento de tomar un buen refrigerio para encarar la tarde y ya que estaba en Alemania, habría que probar esos platos típicos germanos. Pero como veo que me estoy alargando y aún queda mucho por relatar, pongo aquí el punto y seguido con la promesa de seguir narrándoles detalles en futuras entregas a no mucho tardar.

Se despide, suyo de ustedes.