Devaneo piporro II

Tengo la costumbre de llamar de vez en cuando a gente que ya no veo, pero con la que de un modo u otro he estado a gusto en mi vida. Odio cuando alguien con el que te llevabas deja de contestar a tus llamadas e invocaciones, un servidor nunca deja en la cuneta a la gente que aprecia.

Esta suerte de desprecio me había acontecido con una chicuela de bonito nombre, con la que tuve la suerte de coincidir en mis años universitarios. Mientras duró la carrera, ella y yo tuvimos una curiosa relación. No solíamos coincidir mucho, pero cuando lo hacíamos nos tratábamos con una confianza mayor de lo que nuestras oportunas coincidencias hacían suponer.

Como todo en la vida se termina, la universidad no fue menos y ella se volvió a su tierra natal, no muy cercana a la de un servidor. Es difícil de explicar, pero seguro que les ha pasado que cuando son conscientes de que no verán a alguien el resto de sus días desarrollan un cariño que no creían tener. Más o menos eso me sucedió.

Apenas habían pasado unos días cuando fui consciente de que quizá podría haber aprovechado esa confianza en causas de mayor encomio, de que ni siquiera me había despedido de ella como lo hice con otra gente. Me puse a rememorar, recordé su sonrisa que quitaba las penas, su físico bajito pero bien proporcionado, la curiosa alegría que parecía experimentar al verme (esto quizás suposiciones mías) y el malestar se adueñó de mí. Como Melibea, quise ver mi dolor y traté de llamarla para testar la verdad, pero no hubo respuesta. Lo intenté una vez, dos tres, unas cuantas más ( que yo cuando llamo, llamo), pero ná de ná.

Pasado un tiempo traté de olvidarla, de darla por muerta, pero esas cosas enquistadas nunca se van solas y ahí permaneció en mi inconsciente. Recuerdos puntuales, algún sueño furtivo, llamadas cada varios meses. En eso se quedó todo.

Pero hoy, no sé por qué, la chica me ha vuelto a las mientes y la he llamado, sin esperanza de que me cogiera, casi por ritual, pero ay amigo, esta vez ha contestado. Por lo inesperado y ansiado de la situación, mi turbación era similar a la de esas mujeres decimonónicas que se reencuentran con un antiguo amor.

Al final he podido controlarme y hemos hablado unos minutos sobre como nos iba la vida. Banalidades, vaya. Ella está en su tierra trabajando de lo suyo y yo hago lo propio fuera de la mía, muy lejos de ella. El caso es que un amiguete común le había dicho mi paradero. Yo pensé, ¿se habría interesado por mí o eso salió de forma accidental? Quien lo sabe.

Finalmente la conversación se ha agotado y he notado que la he vuelto a perder. He vuelto a sentir ese familiar vacío del que acostumbra a quedarse con las ganas. Mis lacrimales han querido hacer ejercicio tras años de sequía, pero he dicho: tente amigo, ante las cornás de la vida, estoicismo siempre. Pero como no hay modo de quitarse la sensación he decidido escribirlo todo aquí, a ver si me desahogo. Ya veremos. ¿Volveré a hablar con ella o me querrá hacer el vacío de nuevo? ¿Por qué me ha contestado ahora, casi dos años después? ¿Querría quitarse de encima una sensación similar a la mía?¿Simple casualidad? Repito: Quién lo sabe.

Por mi parte, sólo puedo hacer una cosa, enterrar este torrente de emociones que amenaza con venir a joderme y seguir soñando ocasionalmente con ella, la chica de la sonrisa estupenda y el bonito nombre.

Se despide, suyo de ustedes.

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