El cine y la identidad cultural

Un servidor nunca se ha caracterizado por ser un patriota. A mí esas zarandajas del himno, la bandera, de la emoción que te debe producir todo ello para ser un españolito de pro, nunca me han llamado la atención. Si acaso siento algo más de identificación con la simbología de mi patria chica. De hecho, guardo con orgullo una bandera tradicional de mi región (no la oficial, que es un espanto) y la letra de su himno también me resulta curiosa. Entre eso y el partido político al que suelo dirigir mis votos en los comicios municipales puede decirse que soy un maldito secesionista. Pero no nos engañemos, aunque uno aprecia su tierra natal, esta dista bastante de ser la ideal para deasarrollar mi vida.

La confusión que se vive siempre en este país con la identidad nacional o falta de ella es una moneda de cambio habitual. Nuestros amigos los derechosos se empeñan en que debe de haber banderas españolas hasta en los puticlubs y eso da pie a reacciones negativas. Es lo malo de apropiarse de unos símbolos, que los que discrepan de tus ideas los rechazan. Esa es una de las malas herencias del franquismo que aún seguimos padeciendo.

El caso es que un aspecto cultural como el cine puede llegar a unirnos mucho más de lo algunos están dispuestos a admitir. Les explico: Me hallaba el otro día haciendo zapping en la tele a altas horas de la madrugada, cansado del bajo nivel del cine de amor que nos emitían los canales locales de turno, cuando di con un curioso hallazgo. En La 2 emitían una de esas películas calificadas como “españoladas”, es decir, una cinta en la que el humor casposo y la sal gorda campan por sus respetos. Uno no es contrario a la españolada siempre que esta tenga su punto de gracia, por mala que sea, así que me dispuse a contemplarla.

El film en cuestión era “Lo verde empieza en los Pirineos”, un título típico del tardofranquismo. La censura empezaba a relajar sus exigencias y en las películas empezaba a vislumbrarse una de las principales preocupaciones del hombre, amar y ser amado (ejem). En la cinta podemos observar la peripecia de tres españolitos que se van a Biarritz en busca del libertinaje sexual del que por entonces no había gran cosa en nuestro país. No pude evitar descojonarme ante la visión de esos tres especímenes viendo una película de arte y ensayo tras otra, porque en ellas había carnaza, yendo a cabarets a intimar con la parroquia local, sus paseos por la playa vestidos a lo Antonio Alcántara, la perpetua mirada de salidismo ante escotes y piernas al aire, etc.

Un punto fundamental de esta hilaridad fue la identificación con estos personajes, ya que un servidor también ha salido por otras latitudes para comprobar como iban los temas de amor por aquí y allá y se ha sentido un poco atrasado en diversos sentidos en el extranjero. Es curioso comprobar como habiendo pasado tantos años y habiendo cambiado la sociedad, los que habitamos entre Huelva e Irún tenemos unas ideas similares sobre ciertos temas y nos reímos con las mismas cosas (esta puede ser una de las explicaciones de por qué suelen funcionar las comedietas costumbristas). Esta visto que por mucha modernización que haya, España sigue siendo el país de sainete que ya pintaron nuestros clásicos en las Bellas Artes. La caspa y la sal gorda siguen funcionando por nuestro lares, mal que pese a muchos.

Más que las banderas o los himnos lo que une a un pueblo es su concepción cultural, sea la que sea. De ahí que existan diversos tipos de humores, no es lo mismo el humor vasco que el andaluz. Esto también daría la razón a aquellos que simpatizan con la independencia, pero quieras que no hay varias raíces comunes. Sin lugar a dudas se hallan más próximos entre sí que el humor inglés, por ejemplo.

Y hablando de Inglaterra, yo estuve por allí hace unos años durante unos 40 días y no pude llegar a adaptarme. Tanto el clima, como la sociedad son difíciles de encarar para alguien que ha vivido toda su vida en España. Son dos formas diferentes de ver la vida. Es verdad que hay muchos emigrantes que viven tan normal por ahí, pero todos tarde o temprano acaban echando de menos lo suyo.

Así que, nos pongamos como nos pongamos nuestra identidad está bastante más reflejada en una película de Torrente que en una de esas cosas contemporáneas sin alma que van imitando a las pelis yankis. Aquí se lleva lo de hablar gritando, decir palabrotas, pensar en el extranjero como otro mundo más avanzado y exagerarlo todo. Ya ven ustedes como el cine une más de lo que parece.

Se despide, suyo de ustedes.

2 comentarios to “El cine y la identidad cultural”

  1. lasaga Says:

    pos la verdad que tienes razón, España sigue estando a la cola en la mayoría de los aspectos respecto a los europeos.
    Y el cine es un reflejo cojonudo de ello, pero el cine que hace daño al público, el que jode.

  2. laudrey Says:

    El cine inglés, por ejemplo, nos gusta porque nos permite observarles desde lejos, sin tener que sorportar su clima o sus horarios (des)alimentarios. Pero que no nos quiten esa observación ni los viajes (cortos) hasta allí, que vivir encerrado en España no es apto para todos los públicos.

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