Experiencias que forjan el carácter: Un verano en Inglaterra

Siempre he pensado que todas las cosas que nos suceden en la vida, sea para bien o para mal, son necesarias para forjar nuestra personalidad y nuestra forma de ver la vida. No hay otra forma de vivir que no sea verse envuelto en diversos acontecimientos y sucesos, que pocas veces podemos controlar. Así pues, hoy quiero abrir un monográfico dedicado a esas experiencias que a uno le han marcado para ser como es en la actualidad. Para empezar les hablaré del verano que un servidor pasó en la Pérfida Albión, es decir Inglaterra.

Nos situamos a principios del año 2004. Quedaban pocos meses para concluir mis estudios universitarios y me empezaban a picar las pelotas. Notaba que una época podía tocar a su fin y la inquietud ante el futuro era inevitable. Tras surgir la charla con un compañero de facultad, descubrí que una salida a mis cuitas podría ser salir al extranjero a currar un poquito. Ni corto ni perezoso lo comente con otro colega que estaba interesado en ello y nos apuntamos a una agencia de esas que te buscan trabajo por Inglaterra. Básicamente yo sólo me sentía de ir tentado al país de Michael Caine, porque aparte del inglés, no sabía ni papa de otros idiomas ni estaba muy por la labor de curiosear en exceso.

Tras superar los últimos exámenes de mi carrera, conseguí licenciarme con deshonor (es decir, a base de aprobarlo todo por los pelos. No obstante, fui de los poquitos que se licenció en junio, sin arrastrar materias para meses sucesivos). El viaje estaba en lontananza. Trabajaría en un hotel situado en el centro del país, bastante lejos de mi colega, que había sido destinado al sur, cerca de Brighton. De este modo cogí mi primer avión para ir hasta Birmingham, sin saber que tendría un aeropuerto mucho más cerca de mi destino. Tras coger un tren hasta Derby, tomé un taxi hasta “The Priest House Hotel”, mi destino laboral, situado a las afueras de Castle Donington, el pueblecito que me acogería. La zona en la que estaba situada era la típica que hemos visto siempre de la campiña inglesa, con mucho verde, un bosque y un río circundando la zona. El entorno no pintaba mal.

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Fui recibido por una chica española, que tendría más o menos mi edad y que llevaba unos días de labor por allí tras haber sido captada en otra agencia. Me contó un poco como funcionaba la película, me presentó a algunos miembros del equipo y me llevaron al cuarto en el que pasaría mi primera noche. Aunque todavía no eran ni las ocho de la tarde, me dieron las buenas noches y quedaron en ir a buscarme a las 9 de la mañana siguiente. Como no me dieron ni un mísero bocadillo, tuve que cenarme el jamón que había traído envasado al vacío acompañado de pan de molde, mientras veía un partido de la Eurocopa de fútbol (lo que más recuerdo de aquello es la forma del narrador de pronunciar Deco, al que no concocía, pero que con el tiempo se convertiría en jugador del Barça).

La noche pasó y al día siguiente me vinieron a buscar. Me hicieron esperar en una sala, me sirvieron un té y esperé la llegada del manager. Este se llamaba Nick, era calvo y con cabeza de huevo y me contó en que consistiría mi trabajo. Curraría entre las 3 de la tarde y las 11 de la noche, para recoger las comidas y preparar las cenas del hotel. Viviría en la típica casa inglesa de dos pisos en el pueblo, teniendo de compañeros a la española y a un cocinero negro llamado Winston, mientras que el piso de abajo lo ocuparían dos chicas franchutes que servían en el turno de mañana.

Como mi primer día estaba libre de ocupaciones me dediqué a recorrer la cercana localidad de Derby, que resultó ser una ciudad de lo más insulsa (como la gran mayoría de las ciudades de allí). Aburrida, gris y vacía a partir de las 6 de la tarde, así estuviera el Sol en todo lo alto. Se podía decir que iba a ser un presagio de mi estancia en aquel país.

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Finalmente, llegó la hora de ponerse a trabajar y ahí me vestí yo con mi camisa blanca y mis pantalones y zapatos negros. Un taxi nos vino a recoger a la puerta de la casa a la otra española y a mi y fuimos para el hotel. Para llegar a él había que pasar unos kilómetros de típica campiña inglesa y un frondoso bosque. Además, el río que discurría a su lado le daba un acabado de lo más bucólico, digno de un buen cuadro.

Mi primer día la tarea no fue muy emocionante. Tenía que coger todos los cubiertos que habían sido lavados y sacarles brillo. Algunos aún tenían restos pegados y no quedaba otra que limpiarlos. Un cubo de agua caliente y una servilleta para secar se convirtieron en mis utensilios inseparables. En cuanto a los compañeros, la compañía era de lo más variopinto. Por un lado estaba un tal Nathan, un tío en apariencia amable, pero pasivo-agresivo como pocos he conocido en mi vida. Ese tío, bajo su apariencia de bondad odiaba a todo el mundo y nos hubiera matado a todos si hubiera podido.  El hombre era muy solícito a la hora de ayudar, pero al mismo tiempo mostraba una cantidad de rabia contenida en el acto de la ayuda que no era muy normal. Un par de veces tuve la ocasión de ir en su coche y bajo una aparente calma, conducía a unas velocidades de lo más desaconsejable. El tío estaba de supervisor nuestro y se quedaba siempre el último, pero siempre estaba en esa calma a punto de resquebrajarse.

Luego estaba otro individuo que gustaba de ser llamado JP. Nunca supe su verdadero nombre ni tampoco me interesó demasiado. Este era el chulo piscinas del grupo, el que iba de guaperas y de ligón. Se ponía interesante con las tías del equipo y a los que no íbamos a su estilo nos miraba como si fuéramos imbéciles, como no. Este siempre estuvo interesado en arrimarle la cebolleta a la española de la que he hablado, pero me temo que no se le arregló.

Por último estaba Simon. Este tenía unos años más que nosotros y se notaba. Estaba medio calvo y se le veía un poco consumido por la vida. El tío estaba casado y con progenie y era maestro de escuela. Nos argumentó que trabajaba los veranos en la hostelería para sacar un sobresueldo, o quien sabe si para no tener que ver mucho a su familia. Fumaba tabaco de liar y a la larga resultó ser el más salvable del pelotón.

Mi labor no variaba en exceso día tras día. Básicamente me pasaba las horas muertas dando brillo a los inacabables montones de cubertería. Aquello parecía el mito de Sísifo con la piedra. Al final del día había que echar una mano para preparar las mesas del día siguiente y también me tocaba a en ocasiones pasar el aspirador y quitar migas y restos. Una vez terminaba la jornada, la tradición mandaba y se servía una ronda de pintas de cerveza al servicio. Fue en ese país cuando empecé a apreciar un poco un mejunje al que nunca había hecho caso por mis latitudes. No se si sería psicológico o qué, pero la cerveza me sabe mejor allí que aquí. Había un rato de charleta entre la gente, aunque yo me limitaba a observar, ya que a duras penas entendía ese inglés “ametralladora con silenciador” (por la rapidez y la invisibilidad en la pronunciación de muchas palabras)  que hablaban todos. La española no sabía mucho más, pero era la única chica que quedaba allí y todos la querían quitar el polvo, así que le daban palique y se reían de sus patadas al diccionario británico.

Finalmente llegaba el retorno a casa, ya fuera en taxi, ya fuera con alguno de los empleados. Allí ya estaba sir Winston, como yo empecé a llamarle por lo bien que vivía y por homenaje al siempre presente Churchill. El tío tenía un cuarto con cama de matrimonio, televisión grande, videoconsola y demás zarandajas. Como nosotros le importábamos un pito, se llevaba a sus colegas a jugar o a ver la tele y la palabra silencio se hacía un ente desconocido. Yo llegaba cansado y hasta los huevos de pulir y limpiar, amén de aguantar las miradas de muchos por ser español y moreno, y encima me esperaba el puto sir Winston con la escandalera padre. A la española le daba lo mismo y se iba a dormir. Pero yo me quedaba en mi cuartucho de paredes de papel oyendo todo el berenjenal.

El cuarto mío también tenía tela. No había persianas, pues estos anglosajones sólo ponen cortinas, dejando que entre toda la puñetera luz. El armario era minúsculo y tenía una pata rota, con lo que parecía la Torre de Pisa. Otro armario empotrado era falso, pues albergaba la caldera de la casa (y cada vez que alguien usaba el váter o ponía la ducha, servidor lo oía en Dolby Surround). Tan sólo la cama era decente y ya de televisor ni hablamos. La española se había ganado la confianza de sir Winston y le había dejado una tele pequeña, así que a veces me metía en su cuarto a verla un rato. Pero como yo no era el tipo de la individua, ni nunca se sintió cómoda en mi presencia, me echaba enseguida con cualquier excusa.

Viendo que me estoy extendiendo y aún queda mucho que contar, voy a cortar en este punto. No se apuren, que habrá nueva entrega de mi periplo inglés, “coming soon”.

Se despide, suyo de ustedes.

Una respuesta to “Experiencias que forjan el carácter: Un verano en Inglaterra”

  1. lasaga Says:

    Muy guapo, la verdad que estás aventuras prometen… podrías sacar una novela guapa bizarra con estas historias…
    escribe más

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