El vestido verde

Hace cosa de unos meses se estrenó por estos lares la película “Expiación”. Basada en la novela homónima de Ian McEwan, dirigida por Joe Wright y protagonizada por Keira Knightley y James Mc Avoy, contaba la historia de un jardinero enamorado en secreto de una joven adinerada para cuya familia él trabaja. La hermana pequeña de la joven, una niña con ínfulas literarias y afán de protagonismo, truncaba la incipiente relación entre ambos y posteriormente la Segunda Guerra Mundial les separaba de forma indefinida. Mientras tanto, la hermana pequeña trata de expiar sus pecados pasados.

La trama daba para una película cuando menos interesante. De hecho, formalmente hablando, la propuesta es muy apetitosa. La fotografía, la música o al puesta en escena son de recibo, pero lo más importante en estos casos, que son las emociones, no resultan creíbles. En muchos momentos sientes que estás viendo una bella postal, pero sin verdadera alma, con sentimentalismo de novela rosa. Algo similar a lo que solía brindar el difunto Anthony Minghella en sus “Cold Mountain” y similares. Al final, de lo poco que resulta realmente vivo en este filme es cuando el protagonista le escribe una carta a su bienamada y le dice “En mis sueños beso tu coño, tu dulce y húmedo coño”, algo poco habitual en una peli inglesa de época.

Pero no es de “Expiación” de lo que va este artículo, sino de uno de sus aspectos colaterales. En un tramo de la película la tabla de planchar, es decir, Keira Knightley, luce un vestido verde que ha causado la admiración de propios y extraños. De hecho en algún sitio han llegado a decir que es el modelo más bonito que ha lucido una actriz en la historia del cine. Reconociendo que le sienta muy bien el ropaje a la enjuta intérprete, creo que es una afirmación exagerada, pero para gustos los colores.

Entrando en el meollo del asunto, un servidor es muy aficionado a pasear, ya que para otras formas de deporte la vagancia o la incapacidad me inhabilitan para ello. En mis paseos urbanos suelo pasar por delante del escaparate de una tienda de ropa femenina. Generalmente no suelo reparar en estos detalles, pues no recurro al travestismo ni soy un “fashion victim” en potencia, pero el caso es que vi algo familiar. En el citado escaparate un maniquí lucía un vestido de color verde que me recordó al de “Expiación”, siendo bastante similar en el diseño y la costura, aunque este carecía de tirantes, sujetándose desde el cuello.

Lo cierto es que durante unos instantes me quedé absorto contemplándolo y varios pensamientos me pasaron por la cabeza. Pensé en esas bellas damas que pasean por nuestras calles luciendo sus encantos.  Esas mujeres que se arreglan para tratar de mejorar su aspecto, para atraer las miradas de hombres lujuriosos y mujeres llenas de envidia por no poder ir así (aunque a veces ellas tienen un talento oculto que desconocen o no quieren mostrar). Pensé en qué sería regalárselo a una de las chicas que pueblan mis sueños. Qué sería contemplar a dicha chica con él puesto, que sería recogerle el pelo hacia atrás con mis manos, qué sería pasar los nudillos por su nuca, qué sería rozar la piel que la ropa había dejado al descubierto con la yema de mis dedos y verla erizada por el efecto del roce.

En estas ensoñaciones me hallaba cuendo me vino la idea de otra mujer vestida con estilo, que causaba admiraciones varias entre los paseantes. El efecto embriagador se iba a la porra cuando la elementa abría la boca y dejaba salir exabruptos varios para traslucir su categoría de garrula de suburbio. Fue en ese instante cuando desperté de la extraña mezcla entre Síndrome de Stendhal y calentura mental en la que me había sumido la visión de ese vestido verde.

Sintiéndome un poco imbécil, decidí seguir la marcha y dejarme de tonterías. Durante varios días seguí pasando por aquel escaparate, viendo al vestido impertérrito en su maniquí, hasta que un día dejó de estar. Cuando reparé en ello, apenas me había fijado en el muestrario, pero de reojo me dí cuenta de que ahí faltaba algo. Efectivamente, el vestido verde ya no estaba. Quizá alguien había caído en el mismo embrujo que yo y lo había comprado para sí o para regalárselo a alguien, quizá los responsables de la tienda habían visto que no había manera de colocarlo y decidieron meterlo al interior del establecimiento, al almacén para dejarlo en barbecho hasta las rebajas o directamente lo habían mandado a algún contenedor de basura. Vaya usted a saber.

Es curioso cómo la primavera tiene efectos extraños en la personalidad de la gente, en otro momento del año posiblemente no habría experimentado estas sensaciones que les acabo de relatar. Pero por si no lo saben, en el fondo muy pocas veces, por no decir nunca, controlamos nuestras emociones y decisiones vitales debido a diversas circunstancias. Pero eso ya es tema para otro artículo, harina de otro costal que diría aquel.

Se despide, suyo de ustedes.

2 comentarios to “El vestido verde”

  1. laudrey Says:

    Vaya, David, tu vena poética irremisiblemente al descubierto…

    “qué sería recogerle el pelo hacia atrás con mis manos, qué sería pasar los nudillos por su nuca, qué sería rozar la piel que la ropa había dejado al descubierto con la yema de mis dedos y verla erizada por el efecto del roce.”

    El mejor párrafo, sin duda. Ains.

    Hubiera molado una foto del susodicho vestido, a ver si al menos era más bonito que el de Keira, que francamente y bajo mi poco válida opinión, no es para tanto.

  2. lasaga Says:

    Pero que coño de…

    bueno, tienes que conseguir un equilibrio entre la sordidez extrema cansina y sin “grasia” y el piporreo pasteloso…

    vamos, lo mismo que consigues al hablar mezclando la jerga más rancia y el cultismo currau… una mezcla del porno y el amor como el buen Joe sabe hacer

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