Experiencias que forjan el carácter: Un verano en Inglaterra II

Hace unas cuantas fechas les hablaba de esas experiencias vitales que uno padece y que conforman su carácter para bien o para mal y de ellas destacaba un verano que pasé en Inglaterra trabajando de camarero. Si no recuerdo mal les había dejado tras contarles en qué consistía mi rutina diaria en ese empleo. Creo que éste es un buen momento para relatar una serie de anécdotas de las que fui testigo o protagonista.

Aparte de pulir cubertería, los fines de semana solían celebrarse bodas y un servidor tenía que arrimar el hombro para ayudar a preparar dos o tres salones en los que se hacían bodas de forma simultánea. Recuerdo entrar en un salón a poner los aperitivos a los invitados, pasar a otro y servir bebidas durante la fiesta posterior al banquete y en un tercero se estaba dando el discurso al tiempo que se partía la tarta nupcial. Precisamente en dos de esas bodas me pasó una cosa bizarra con una natural del país. Recogiendo los trastos tras celebrarse uno de estos himeneos, una chicuela de pelo moreno y aspecto de pretender me pellizcó el culo. Lo hizo de forma tan ostensible que no daba lugar a dudas sobre si había sido accidental. Ella no era empleada del hotel, sino que venía para reforzar personal durante las bodas. Por lo visto le había gustado, ya que durante unas cuantas ocasiones cada vez que nos cruzábamos me dirigía miradas bastante penetrantes.

La cosa terminó de una forma un tanto sórdida, pues en uno de estos bodorrios tuve un extraño arranque de valentía y le dije que me acompañase aprovechando que teníamos descanso. Entramos a un reservado al baño de tíos y allí le besé sin apenas mediar palabra. Como en esas latitudes son más lanzadas las hembras, ésta ya se olía que al pedir su compañía quería corresponder a sus afectos y así fue. Estuvimos unos instantes dándonos el morro, mientras un par de ingleses medio borrachos entraban a los baños y meaban con gran estruendo, presa del alcohol. Finalmente la tipa debió cansarse de mí, porque mostró claros signos de que aquello no le gustaba y salimos de allí del mismo modo que habíamos entrado, sin decir ni mú. A partir de entonces no volvió ni a mirarme ni a dirigirme la palabra, quizás me imaginó como alguien misterioso por verme tan callado y tras aquel calentón repentino se dio cuenta de que yo era un fucking freak.

También está el día en el que el chulito que se hacía llamar JP me llamó “fucking spanish” porque le caía mal y se le puso en la punta del capullo. Yo ya estaba quemado con ese tío y presenté una queja formal al gerente. Ahí se pusieron todos en guardia y lo cierto es que fue de las pocas cosas en las que no tuve queja de estos malditos ingleses. Enseguida todos vinieron a pedirme disculpas y a decir que no se repetiría. Lo cierto es que no mucho tiempo atrás ya me habían dicho si era moro o judío a consecuencia de mi pelo moreno ondulado, pero como bien descubrí, estos británicos son unos expertos en ser educados y al mismo tiempo darte la puñalada por la espalda. De cualquier modo, esa me la apunté yo.

Y es que yo no era muy popular en el curro. La mayoría de gente me miraba por encima del hombro o pasaba de mi y la chica española estaba más interesada en los autóctonos que en hacerme el más mínimo caso. La niña daba unas patadas tremendas a la gramática, del estilo “I say that yes” para decir “digo que sí”, pero era bien parecida y la mayoría de tíos se la querían petar, así que todolo que decía les hacía de reír. Mi única y bizarra compañía era un negrito que me dijo que se llamaba Ali o algo asi, no recuerdo muy bien. Él tío era de Zimbawe y fregaba platos y cuando me lo encontraba en la cocina siempre me sonreía y me decía qué tal me iba. Su inglés era aún más precario que el mío, pero llegó a contarme que tenía un pariente viviendo en Madrid y que quería ir a visitarlo. Ahora que pienso en él me planteo que habrá sido de su suerte después de estos años, me caía bien el tipo, la verdad.

No obstante, un servidor aprovechaba para optimizar su trabajo y me llevaba cosillas para comer. Cuando por la noche preparaba el desayuno de la mañana siguiente siempre hurtaba  de las provisiones algún envase de cereales, algún bote pequeño de mermelada y pastillas de chocolate mentolado. Con lo poco que ganaba y lo caro que estaba todo allí, cualquier ahorro era necesario. Así que al día siguiente desayunaba tan campante sentado en el borde de un sofá despanzurrado de la parodia de salón que teníamos en casa de sir Winston mientras oía a los pájaros cantar en el jardín.

Otra peripecia curiosa me acaeció un domingo por la noche, cuando me tuve que quedar a hacer las últimas labores del día, mientras otro individuo cerraba la contabilidad. El caso es que ninguno de los dos tenía transporte y el servicio de taxis ya no funcionaba, lo cual no era muy positivo si teníamos en cuenta que había que atravesar un tupido bosque, que ríete tú del de la película de Shyamalan. Cada vez se hacía más tarde y sólo quedaba batirse, así que decidimos coger una linterna e ir caminando los cuatro kilómetros de bosque y campiña hasta el pueblo. Cruzar el bosque fue de lo más inquietante, pues la linterna no alumbraba mucho y el la sensación era muy agobiante. Los árboles estaban encima nuestro tapando la luz de la luna y el silencio era tremendo, el más mínimo ruido se oía multiplicado por mil.  Con todo ello, cada vez que oímos alguna rama quebrarse u objetos cayendo al suelo ya pensábamos que algún bicho o indeseable iba a saltar sobre nosotros.

Pocas veces en mi vida he pasado tanto miedo como entonces, estaba como una colegiala viendo una peli de terror de chichinabo. Además la situación era de lo más bizarra, acompañado de un tío que no conocía, cruzando un bosque en la más absoluta oscuridad. Gracias a Dios, la cosa no pasó a mayores, ni nos atacaron los osos ni los adictos a la sordidez.

También podría hablar del hambre que pasaba durante mi servicio. Los camareros sólo teníamos pactada una comida a las 6 de la tarde, que para ellos ya era casi la cena. El resto de comidas había que procurárselas por tu cuenta y riesgo, así que un servidor hacía lo que podía para subsistir. Como no entraba hasta las 3, me levantaba a las 12 o la 1 de la tarde. Como en casa de sir Winston no había ducha, tenía que llenar la bañera para higienizarme y por ejemplo para lavarme la cabeza debía sumergirme en las profundidades del agua cual si fuera un ortodoxo. Luego desayunaba del modo en que he explicado hace unas líneas, tras distraer algunos productos del hotelillo. Me iba a trabajar y tras unas horas se hacía esa comida, a la que llegaba canino, así que me cogía un poco de todo.

El menú tampoco iba muy allá, pues se componía se patatas, pollo y guisantes en diversas formas (en puré, al natural, codidos, fritos o hervidos). Por si no fuera poco había que aguantar la mirada descalificante de algún petrimetre por llenar el plato, pero era la última carga alimentaria de la que iba a hacer acopio hasta bien entrada la noche y no se podía desaprovechar el buffet. Lo malo es que el hambre acuciaba a las pocas horas, cuando aún quedaban labores por hacer y había que recurrir a trucos dignos de la novela picaresca.

Cuando se servían las cenas, en muchas ocasiones llegaban platos que los comensales no habían terminado, con trozos de carne intactos o aperitivos sin probar. Ahí es cuando les metía mano antes de tirar los restos a la basura y me comía furtivamente lo que podía o lo envolvía en una servilleta o lo metía al bolsillo directamente para escaparme a alguna esquina en la que no me viera nadie y comerme el producto escamoteado. Alguna vez me pillaron in fraganti, pero la necesidad pesaba más que la virtud, así que me la pelaba bastante.

Viendo que ya me estoy alargando y que no quiero aburrir a las ovejas, dejaré para una nueva entrega más peripecias de esta experiencia inglesa. En esa ocasión les hablaré de los bizarrismos en los albergues y los trucos para ahorrar dinero en el transporte por vía férrea, que lo cierto es que cuando más anécdotas voy recordando más me vuelven a la cabeza tras algunos años de olvido. Con razón se dice que hay que ejercitar la mente para no perder capacidad intelectual.

Se despide, suyo de ustedes.

2 comentarios to “Experiencias que forjan el carácter: Un verano en Inglaterra II”

  1. laudrey Says:

    Me parece especialmente interesante la anécdota de la chica. La manera en que flirteásteis prometía pasión y luego derivó en un encuentro amoroso medio cómico. Sin mediar palabra, te probó y fuera.

    Mandan narices las experiencias “románticas” de Andresito.

  2. lasaga Says:

    que descojono, un fucking freak jajajajajjajajajajjajajaja

    está divertida la experiencia en england

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