De mi periplo por las capitales del Danubio y de las cosas que allí me sucedieron

En los últimos días he tenido la oportunidad de irme de vacaciones al extranjero y así olvidar la rutina diaria y la chirigota continua que es este país en el que vivimos. Me gusta hacer esto al menos una vez al año para desintoxicarme y liberar malos rollos y lo cierto es que me viene muy bien. Como quiero recordar bien todos los detalles que me han acontecido pasaré a relatar la peripecia a modo de cuaderno de bitácora, dividiéndola por días.

Día 1

Parto rumbo de la ciudad en la que resido hasta Barcelona. El viaje lo hago en tren con transbordo en Valencia incluido. De equipaje llevo una pequeña bolsa con lo imprescindible, tal y como recomienda el protagonista de “El turista accidental” (una gran película con un gran William Hurt que recomiendo encarecidamente). Para sobrellevar el aburrimiento de la travesía y no querer asesinar al inevitable bebé que tiene muchas ganas de llorar durante el trayecto, me dedico a leer la prensa del día. Al leer una entevista suya, me enamoro un poco más de esa mujer llamada Carla Bruni, esa que antes gustaba por hacer música para minorías selectas y que ahora ya no porque es la mujer de ese tío con aspecto de personaje de tebeo llamado Nicolás. Leo que la crisis económica ha hecho que mucha gente tenga que vender su piso por no poder afrontar los pagos de la hipoteca y sale el caso de unos sudacas que ofrecen al banco las llaves de su piso por no poder trabajar en la construcción. Estos que se quejan tanto de lo mal que lo pasan aquí, cobran el doble que un servidor y se compran pisos en Madrid para traerse a su puñetera prole de analfabetos desarraigados con tendencia al sobrepeso. Si de mi dependiera les ponía a vivir en varios sitios que harían las delicias de Walt Disney.

Llego a Barcelona y pillo un tren de cercanías a Girona, que es donde tengo que pasar mi primera noche de este viaje. Para ir allí hay que coger un cercanías del año del pedo, en un viaje de hora y media de lo más incómodo y con sudacas, moros, negritos y asiáticos por todos lados y dando por culo. Como me gusta la integración cultural.

Al final llego a Girona y se me va pasando el malhumor de tantas horas de viajes y tanto desheredado de la vida. He de reconcocer que esa ciudad es estupenda, surcada por los ríos Ter, Güell, Galligans y Onyar, su pasado de la época antigua y medieval se deja notar en toda su extensión. Para todo aquel que esté interesado, recomiendo que se pierda por sus calles empinadas y recorra la antigua muralla para ver desde lo alto la parte nueva de la ciudad y las montañas del Empordá. Una pequeña maravilla.

Esa misma noche cené en un restaurante italiano y tuve la ocasión de acudir a dos curiosos sucesos. El primero de ellos fue como en la calle en la que me encontraba de repente empezaron a oírse graznidos de pájaros de lo más exagerado. El hecho de que empezara de golpe y el sonido de esos graznidos no sonaba muy natural, como así se confirmó. Puesto que se paraba y comenzaba al cabo de diez minutos la gente quiso saber que pasaba y resultó tratarse de una grabación de pájaros selváticos que tenían colgada de un árbol y que sonaba de vez en cuando, mondo bizarro.

El segundo hecho que me llamó la atención aconteció durante esa cena amenizada por los falsos pájaros y fue con la contemplación de una bella mujer. Tenía pinta de jovencita y estaba con otra chica y dos chavalejos, uno podría imaginárselos de botellón y haciendo el gilipuá por esos mundos de Dios y allí estaban, sentados en una plaza y hablando de viajes que querían hacer no de tonterías propias de su edad, algo sorprendente. La chiquita que les cuento tenía un bonito aspecto, con una mirada triste y de ojos verdes de esas que a un servidor le hace perder la cabeza. No sé si ella sería simpática o no, lista o tonta, pero me dio por pensar que si me pidiera en ese momento que me fuese con ella lo habría hecho sin dudarlo. Son ensoñaciones estando despierto que a veces le dan a uno, que le vamos a hacer.

Con todo ello, la cosa no dio para más y me volví al hotelito, que estaba a las afueras de la ciudad, pero al que se podía llegar andando sin problemas. Allí fui testigo de una mujer con aspecto de brasileña que discutía con el rececpcionista porque decía que su habitación estaba muy fría por culpa del aire acondicionado. El otro le dijo que se fuera a otro hotel y la otra protestaba cambiando del español al inglés a cada poco no se sabe por qué. La escena era digna de las simpáticas bromas de Manolo Cabezahuevo. Ya hubiera querido yo que mi habitación estuviese fría, pues lo cierto es que hacía un calor de mil demonios que complicó mi descanso. Cosas del clima Mediterráneo.

Día 2

Amanece un nuevo día y me dispongo a seguir paseando por Girona para seguir descubriendo aspectos de la ciudad que no pude ver en la tarde anterior. Observo las callejas antiguas donde tenían su residencia los diversos gremios y las casas colgantes junto al río, trepo por las escarpadas cuestas de la parte antigua y me topo con un montón de guiris que hacen lo propio. Una vez echada la mañana toca ir al aeropuerto a coger el avión que me llevará a Bratislava para comenzar la parte europea de mi viaje.

Ya en el aeropuerto, tras haberme aburrido viendo aterrizar y despegar aviones por fin embarco al que me toca, al fin me voy a sumergir en las profundidades de Europa. Ya en el aparato me pongo de los nervios por una puñetera perroflauta que esta cerca de mí que se ha empeñado en dar palique a todo Dios. En los minutos anteriores al despegue ha rajado con las azafatas, los vecinos de asiento, los de la fila de delante y los de la de al lado, creo que el piloto y el copiloto aún no han llegado a hablar con ella. La muchacha viaja sola y me imagino a la típica que va de guay por ir dando conversación irrelevante a todo Cristo, pero por fin despegamos y se ve que con el susto se le pasan las ganas de cháchara, menos mal.

Tras un par de horitas de vuelo, aterrizamos en Bratislava con el acostumbrado aplauso de los pasajeros (a pesar de haber cogido varios aviones en mi vida me sigue soprendiendo que en casi todos los aterrizajes la gente aplauda una vez que el aparato se ha posado en el suelo, será que es la alegría de no haberse estrellado, a saber). Una vez en la terminal me dispongo a buscar un cajero para sacar dinero del país, que allí no tiran todavía del Euro. Como ya voy con el cálculo de la equivalencia, me saco 1.000 coronas eslovacas (casi 40 euros) para pagar el taxi y tener algunas perras de reserva. Me entiendo como puedo con el taxista y le enseño la dirección para que me lleve a mi lugar de residencia para esa noche. Durante el trayecto voy observando la ciudad que ahora me acoge, con una fábrica inmensa de clara herencia de los quinquenios estalinistas y casas de aspecto pobretón. Una vez asentado en el hotel quiero ir a conocer las posibilidades de la urbe y la recepcionista (una bella mujer como muchas que voy a ver en los siguientes días) me da un mapa y me dice que se coge un autobús justo a la salida del hotel. Como veo el pivote allá que voy, pero sin saber que hacer pues no entiendo el idioma y las paradas me suenan a chino.

Finalmente me subo a uno de los que me había aconsejado y me encuentro con que aquí se compra el billete por anticipado y se pasa por una maquinita, el conductor está en un habitáculo aislado del resto del bus y sólo conduce, no se permite hablar con él. Como yo en ese momento no sabía muy bien la mecánica, me hice un cueling y no pagué ni un real, esperando llegar pronto al centro sin que repararan en mí. No obstante, las paradas pasaban y sólo transitábamos por barrios clónicos, con la misma disposición de enormes bloques rectangulares a modo de colmenas humanas, todos con la misma altura. Al final la línea se acabó y me hallé en una de estas barriadas sin saber donde narices estaba. Le pregunté a un hombre bigotudo por el centro, pero como sólo hablaba eslovaco me señaló hacia el frente, haciendo gestos de que estaba a tomar por saco del meollo.

De este modo decidí andar todo hacia adelante con la suerte de encontrarme con una especie de canal junto a un riachuelo en el que la gente paseaba al perro o iba en bicicleta. A los lados había césped y enseguida esos bloques rectangulares de pisos haciéndose cada vez más amenzantes, pues la noche caía y yo no sabía muy bien donde andaba y hacia donde estaría mi hotel. La cosa se ponía preocupante de veras cuando por vi a lo lejos una especie de negocio hostelero y decidí preguntar si el centro estaba muy lejos y debía llamar a un taxi. La bizarrada fue mayúscula cuando reparé en que el establecimiento era mi hotel y había desembocado a escasos 100 metros de la parada de bus del inicio, así que veía yo zonas verdes por ahí, era el puñetero parque del canal.

Volví a donde la recepcionista a decirle que me había perdido y ella me especificó que me había puesto en la parada equivocada, que había ido al sentido contrario y me había recorrido todas las barriadas de la periferia, madre mía. Al final se deshizo el entuerto y comprobé que el centro estaba a escasos 5 minutos en bus del hotel y pude ver algo de Bratislava ya de noche. La ciudad tiene un rico pasado como miembro que era del imperio austro-húngaro y eso se notaba en sus edificios antiguos, palacetes y castillos, con ese encanto de las construcciones centroeuropeas. El contraste era más grande cuando se observaban esas barriadas cuadriculadas creadas por el utilitarismo de los sucesores de Lenin, que harían las delicias de Fritz Lang. Cosas de la historia. Esa jornada acabó tan bizarra como había transcurrido, con un servidor viendo en la tele eslovaca “Scary Movie 2”, doblada al idioma del país. Una experiencia curiosa, sin duda.

Como veo que me estoy alargando y aún me quedan varios días, he decidido publicar la historieta de este viaje por entregas, al estilo de los folletines decimonónicos. No se inquieten, que seguiré poniendo a limpio mis experiencias en días sucesivos, no tendrán que esperar mucho, ya lo verán.

Se despide, suyo de ustedes.

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