De mi periplo por las capitales del Danubio y de las cosas que allí me sucedieron III

Vuelvo a ponerme al teclado para relatar una nueva entrega de mis aventuras por las capitales del Danubio, ese viaje que realicé recientemente y que está copando la atención de este blog en las últimas semanas. Vamos allá.

Día 5

La jornada amanece nublada, como no podía ser de otra manera en un viaje que parecía que se estaba desarrollando en marzo o abril, pero al menos no llovía así que la cosa no pintaba mal. Harto de esas ampollas que tanto me han fustigado en los dos últimos días decido poner fin a su vida. Si ustedes sufren alguna vez de este mal y quieren saber cuando es el momento de eliminar estos apósitos, comprueben su madurez a través de su blandura. Si están blanduchas cual si fueran un globo de agua entonces es un buen momento para reventarlas.

Como carecía de tijeras para estos menesteres (por aquello de que no pasan los controles aéreos) decidí usar un bolígrafo del hotel que tenía la punta fina. Así pues procedí a pinchar y aquelló explotó sin mayores complicaciones, expulsando el líquido infecto. Tras vivir una escena digna de una película de sordideces varias, me apliqué la bendita pasta de dientes y ya me sentí listo para afrontar el día.

Lo primero que hice fue acercarme a la estación de tren para ver los horarios a Bratislava, pues esa noche volvía a pernoctar a la capital eslovaca. En el recinto me crucé en las colas con unos cuantos jovenzuelos que llevaban la mochila a cuestas cual si fueran cangrejos ermitaños y que deduje que estaban haciendo el celebérrimo interraíl. Me tocó esperar al lado de un grupo de españoles con pintas de perroflauta que por lo que se ve querían ir a Zagreb, que está a la nada desdeñable distancia de siete horas de tren. Ya hay que tener narices para ir cargado hasta arriba y meterse esas palizas de ferrocarril para luego llegar a un sitio y no tener donde comer ni dormir, dirán que es aventura y es posible, pero mi carácter de señorito no concibe esos bizarrismos.

Al final saqué un billete para primera hora de la tarde y me dispuse a gastar mis últimas horas en Budapest. Como ya había visto lo principal, me limité a pasear por las calles céntricas, recorrer el Puente de las Cadenas y las zonas adyacentes y empaparme un poco del ambiente local. Otra de las cosas curiosas que descubrí es una calle, cerca de donde me abordaron las meretrices, que está llena de casinos y salones de juego que funcionan todo el santo día, que parece aquello un trasunto de Las Vegas. Cuanto vicio se acumula por las noches en esas latitudes, madre de DIos.

Todo lo que tiene un principio tiene un final, así que llegó la hora de decir adiós a Budapest. Como uno es de natural melancólico, me dio penilla despedirme de la urbe y quisiera haberme quedado un poquito más, pero el viaje tiene una planificación y no podía saltármela así como así. Monté al tren, que estaba tanto o más polvoriento que el que me había traído, pero aún así me dispuse a dormir un rato, que me quedaban casi tres horas a Bratislava. Afortunadamente estos europeos son muy aburridos y no tienen la bonita costumbre de ir dando voces en los transportes públicos ni de llevar a los niños deleitándonos con sus berridos y sus puñeteros juegos, así que enseguida caí roque.

Unas horas más tarde arribamos a Hlavná Stanica y pillé un taxi para ir al hotel, que era el mismo en el que había estado la otra vez y como la experiencia no había estado mal, no me arrepentí de haberlo reservado para las dos ocasiones. Después de llevarme mi último timo con los taxis locales decidí ir siempre de gorra en los autobuses para ahorrar unas perras. Una vez instalado me aseguré de no volver a equivocarme y cogí el autobús correcto para llegar al centro de la capital eslovaca y conocer más detenidamente su arquitectura y pasado. Como ya estaba baqueteado y los pies más sanos después de las curas, me subí una cuesta bastante interesante para llegar al castillo de la ciudad.

 

Allí arriba no había casi nadie, porque el tiempo amenazaba lluvia, pero le daba mayor prestancia al paisaje que se divisaba. Lo cierto es que Bratislava venía a ser una Budapest en pequeño, con el inmenso Danubio cortando la ciudad en dos partes, la vieja por un lado y la nueva por el otro. Además pude descubrir una enorme zona boscosa al otro lado del río, que sumada al gran cauce asemejaba el entorno al del Amazonas más que al este de Europa. Imponente, señores míos.

 

Una vez visto aquello me bajé a la ciudad por las callejas y me dispuse a recorrer el casco antiguo. Allí divisé iglesias, palacetes varios y construcciones cuyo estilo ya se me hacía de lo más reconcocible a esas alturas de la travesía. En una de las bonitas plazas de la localidad descubrí por casualidad un festival de música clásica y allí se interpretaron algunas piezas de compositores que desarrollaron su creatividad inspirándose en el Danubio, una experiencia muy bonita por la música que se interpretó y el marco en el que se desarrolló. Luego seguí dando un paseíllo por las calles adyacentes y comprobé lo bien que saben iluminar los edificios históricos, pardiez, que da gusto verlos.

Con todo ello pude ver una escena digna de un Flirting & Squirting. En un banco había sentadas tres muchachas y de pie frente a ellas tres zagales que tenían pìntas de querer meterles el cipotón, y no estaba muy desencaminado en mi primera impresión. Como no tenía nada que hacer me puse a husmear unos retratos que había de eslovacos ilustres y a poner el radar a ver que se cocía en esa escena y la cosa era tal cual había previsto. Las chicas eran croatas que estaban haciendo turismo y no conocían de nada a los chavales, que eran unos italianos que trataban de camelárselas de mala manera. Ganas me dieron de decirles que se sentaran ellos, que la cosa no se les arreglaba, máxime cuando uno de ellos era el que llevaba la voz cantante y los otros dos estaban con una importante cara de pasmo. Pero bueno, que sean felices mientras les dure la ilusión, que de eso también se vive. Todo esto ocurría mientras unos guiris fingían dar por culo a una estatua que estaba apoyada en un banco poniendo el ano en pompa, y es que en Bratislava se lleva mucho eso de poner estatuas en actitudes humanas por las calles.

El tiempo pasaba inapelable y ya era hora de volver al hotel antes de que acabase el servicio de autobuses, que es lo que resolví hacer. Creo que ya lo he dicho, pero da gusto ir por las calles de estas ciudades por la noche, que no se ve gente rastreando las basuras, familias de sudacas, ni niñatos con pelo de punta dando puntapiés a los retrovisores de los coches y las papeleras. Imagino que tendrán sus barrios conflictivos, que no es oro todo lo que reluce.

Una vez en el hotel me cené el pan rebanado que me había comprado en el supermercado de al lado, bien pertrechado con queso cheddar, jamón york y un poco de paletilla ibérica que había traído de casa. Esta vez estuve un rato viendo una peli del oeste que no conocía y en la que salían Billy Bob Thornton y Bridget Fonda, pero no me llenaba. Lo que si me llenó fue que haciendo zapping descubrí que ese bendito hotel tenía acceso al canal Hustler, así que pude tener un rato feliz viendo a mujeres con dildos y usándolos con la debida sordidez, no estaba mal para acabar el día.

Como siempre me he alargado más de la cuenta, así que dejaré para otro día el relato de mi último día de viaje en el recorrí la tercera capital del Danubio: la Viena imperial. En unos días tendrán ustedes más peripecias.

Se despide, suyo de ustedes.

Una respuesta to “De mi periplo por las capitales del Danubio y de las cosas que allí me sucedieron III”

  1. laudrey Says:

    El pasotismo con el que relatas la actitud de esos guiris que vejaban a la estatua permite ver más su patetismo. Lo mejor.

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