Impresiones de un viaje a Venecia II

Vuelvo a ponerme al teclado para relatarles a ustedes unos cuantos pormenores del viaje que efectué esta última Semana Santa a Venecia y sus alrededores acompañado de mis padres y mi hermano.

En la anterior entrega me había detenido tras contar las vicisitudes del primer día efectivo de visita, pues el primero llegamos tarde y no hubo manera de ver nada. La noche transcurrió como la anterior, con mi padre despertándome cada dos por tres con sus ronquidos caballunos y yo dando palmadas para asustarle y que dejara de fastidiar.  Ya ven ustedes que bizarra escena.

Al final llegó el día siguiente y tras ponerme morado en el buffet del hotel comiendo queso, embutidos, pan y zumos como si lo fueran a prohibir (es curioso que esas cosas nunca las desayuno en casa, pero cuando estoy de hoteles da gusto hacerlo) nos fuimos a tomar el autobús para volver a la ilustre Venecia. Otra vez volví a encontrarme con la rubia del día anterior y otra vez la visión de su nuca volvió a darme motivos para la ensoñación durante la media hora de trayecto.

Una vez arribados a Venecia seguimos el mismo trayecto del día anterior para llegar a la Plaza San Marcos, por todas aquellas calles estrechas y llenas de gente, pasando un puente tras otro sobre los canales. Mi madre y mi hermano volvieron a pararse en todas las tiendas y escaparates que encontraban, mirando ropa y máscaras típicas de Carnaval, mientras yo trataba de tirar de ellos como buenamente podía. Y es que un servidor gusta de visitar las ciudades a buen paso, sin detenerse a mirar souvenirs, que te acaba distrayendo en exceso y te cansa mentalmente para apreciar lo que realmente merece la pena. Mi madre también tenía la obsesión de comprarme unas zapatillas deportivas (unas “spays” como dicen por mi tierra), porque las mías estaban algo gastadas y con algún agujerillo y pudo darse el gusto en un puesto del mercadillo donde consiguió encorsetarme unas por un buen precio. Ya era feliz la mujer, sin ver a su hijo como un Adanón (término inventado por ella a causa de mi aspecto descuidado en el vestir).

mascaras

En estas estábamos cuando nos acercamos al barrio judío, donde Shakespeare ambientó “El mercader de Venecia” y donde yo tenía curiosidad por observar, pues tenía entendido que se conservaba un antiguo guetto. La presencia de algunos individuos vestidos con el traje tradicional judío nos indicó que ya andábamos por la zona, y lo cierto es que se empezaba a notar. Por momentos me sentí como en “El pianista” de Polanski, recorriendo las calles de escasa luz y edificios de ladrillo muy juntos, con desconchones en las paredes y de aspecto decaído. Incluso se conserva un paredón con su correspondiente verja en memoria de un campo de concentración que allí hubo durante la Segunda Guerra Mundial. No sé si será por morbo o por raíces hebreas lejanas, pero a mi estos lugares siempre me resultan de lo más curioso.

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Finalmente llegamos a la Plaza San Marcos, que ese día estaba hasta los topes de gente, más de la habitual. Esta vez nos dirigimos a investigar la margen de nuestra derecha, viendo la iglesia de Santa María de la Salud (cosntruida tras una epidemia de peste) y cruzando el puente de la Academia, uno de los más destacados de Venecia. Como mi hermano ya se cansaba de escuchar a Don Omar y compañía y quería comer, hubo que satisfacerlo en una de las trattorias de la zona (y una vez más me reafirmo de que la buena pasta hay que comerla en Italia, de eso si que saben).

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Por la tarde decidimos ir a la isla de Burano, un lugar que venía destacado en los mapas y que yo quería visitar para ver el por qué de tal destacamento. Cogimos el ferry del Lido, que tenía parada también en este islote y conseguimos llegar a Burano tras hora y cuarto de camino. El día era soleado y la temperatura buena pero aún así se hizo algo cansino el llegar, al ver como pasaba el tiempo y no acababamos de arribar. Con todo ello, pudimos disfrutar de las bellas vistas de la bahía veneciana y las pequeñas islas que interrumpen el curso del mar.

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Ya cuando llegábamos a Burano pudimos empezar a ver por qué se le daba aquella presencia en los mapas. A medida que nos acercábamos a la orilla íbamos viendo una serie de casas de dos alturas pintadas de diversos colores formando un fascinante panorama. Una vez desembarcados empezamos a recorrer las calles de la isla, descubriendo nuevamente el significado de lugar delicioso.

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Y es que era una maravilla andar por esas callejas con las barquitas de los pescadores ancladas en los canales y con esas pequeñas casas coloreadas, algunas de ellas con la puerta abierta, demostrando que allí se llevaba una vida apacible. Allí descubrimos muchas tiendas de tramiento de los tejidos, pues, como luego descubrí, Burano es un lugar característico por sus encajes.

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Una leyenda local dice que un pescador  partió en su lancha dejando su novia en la isla. Al llegar al lugar donde viven las sirenas, logró no sucumbir a sus encantos, sólo con pensar en ella.  Entonces la reina de las sirenas quiso recompensarlo por su fidelidad y golpeando con su cola en el mar produjo una espuma que al solidificarse formó el velo de una novia.

Y así nació el encaje que produjeron las mujeres de la isla y que constituyó una industria de gran renombre en Europa. También se dice que las mujeres de los pescadores pintaban sus casas multicolores para que sus esposos pescadores las reconozcan desde lejos.  Se dice, además, que anteriormente las casas no tenían número y así los pescadores, tras haber hecho la fiesta y bebido mucho, podían reconocerlas.

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Como pueden ver, un sitio absolutamente encantador y al que mereció la pena ir, no haberlo hecho y haber sido consciente al regreso de lo que te habías perdido habría sido un “owned” en toda regla. Además, la única iglesia de la isla tiene la curiosidad de tener la torre inclinada, al estilo de la Pisa, por asentarse en terrenos inestables, formando una estampa curiosa cuando ves Burano desde el mar.

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Finalmente, volvimos a Venecia y llegamos justo para contemplar la puesta de Sol sobre la Plaza San Marcos y la laguna, una imagen también de lo más vistoso. Como ya caía la noche y al día siguiente había que levantarse pronto, nos comimos un trozo de pizza a la italiana (bien grande, no la mierda que ponen en el Telepicha) un helado también característico y fuimos camino del autobús para volver al hotel. Entre los numerosos puestos que había abiertos me llamó la atención el de una muchacha que vendía pequeños cuadros con rincones de Venecia y que en ese mismo instante, pese a la oscuridad que iba cayendo, seguía confeccionando. La mujer era joven y de buen ver y contrastaba con el típico perfil de artista callejero, hippy, viejo o demente (en algunos casos las tres cosas a la vez). Lo cierto es que sus obras eran bonitas y me quedé con ganas de llevarme alguna, que a buen seguro le habría hecho ilusión (ahora es cuando mi parte mala dice que ni me lo habría planteado si la artista hubiera sido un viejuno excéntrico, ¿que nou?).

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Cogimos el autobús y volvimos al hotel, que al día siguiente había que levantarse a las 6 de la mañana para ir a coger el avión. Mi padre se echó a roncar y yo me quedé un rato viendo la tele alemana, en la que ponían “Copying Beethoven” (con la hermosota Diane Kruger) y un magacín de la tele francesa en el que salían hablando con Patrice Leconte, un director del que yo he visto algunas de sus películas (la más famosa es “El marido de la peluquera”) y del que ya hablaré otro día. En todos los canales italianos la nota predominante eran los terremotos que habían devastado días antes la región de los Abruzos y las consecuencias para la población de la zona, sin casa y obligada a vivir en tiendas de campaña, aunque con mejor suerte que los casi 300 muertos por los efectos de los temblores.

Al día siguiente nos levantamos cuando estaba amaneciendo y hacía una niebla digna de la película de Frank Darabont, aunque sin bichos, a Dios gracias. Llamamos a un taxi, recogimos la habitación y nos encaminamos al aeropuerto, mientras el taxista nos comentaba vivencias suyas en un casi perfecto español. El hombre contaba que Venecia era muy bonita, pero que se estaba despoblando por las dificultades de vivir allí, con tanta agua y tanto turismo por todas partes, por lo que mucha gente joven se estaba yendo a los pueblos de alrededor o a ciudades cercanas como Padua o Treviso. Eso me recordó a mi recuerdo de Toledo, una ciudad en la que un servidor pasó 15 días hace un par de años y en la que no había dejado de pensar que era muy difícil adapatarse a la vida moderna, aún reconociendo su indudable valor histórico-artístico.

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Con todo ello, la niebla se disipó y el avión salió sin problemas. Tras un viaje de dos horas, que aproveché para echar una cabezada, llegamos a Madrid para pasar el resto de la mañana. Tras deambular por las cercanías de la estación, comimos una zamburguesa y luego cada uno se fue por su lado. Yo cogí el tren para venirme a la ciudad en la que ahora resido y la familia volvió en coche a la tierra natal. Y aquí se acabó la historia.

Una vez más reseñar la grata impresión que me causó Venecia, esa ciudad de los canales que cuenta con un fama merecida y además nos libramos de los aspectos más engorrosos que dicen que hay, pues en el tiempo que estuvimos ni se inundó la ciudad ni los canales soltaron olores poco agradables. Si ustedes tienen la posibilidad de viajar allí un día de estos, no duden en hacerlo. En general viajen lo máximo posible, que ayuda a conocer otras culturas y otras realidades y alimenta el espíritu que es una barbaridad.

Se despide, suyo de ustedes.

Una respuesta to “Impresiones de un viaje a Venecia II”

  1. lasaga Says:

    Buena incursión a las tierras latinas. La verdad que estoy en eso de que viajar enriquece el espiritu… debería hacerlo más

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