De Berlín a Praga, pasando por Dresde. Crónica de un viaje II

Vuelvo al teclado para seguir relatándoles mi peripecia por Berlín y Praga, que el otro día dejé pendiente a la hora de la comida en mi primer día en la capital alemana. Una comida que tuvo bastantes aspectos típicos, ya que tuve la ocasión de degustar la gastronomía germánica. Me encontraba en Alexanderplatz cuando empezó a apretar la gazuza y héte aquí que me encontré un restaurante con comida de Baviera, así que ni corto ni perezoso me dirigí hasta allí dispuesto a comerme lo que hubiere.

Tras ver la carta me pedí media docena de salchichas de tamaño considerable, con su puré de patata y su salsilla y una cerveza de esas de litro que sirven por allí para remojar. Una vez más se cumplió aquello de que las comidas típicas hay que realizarlas en su lugar de origen, que es donde mejor saben, y las salchichas no fueron una excepción. Entre la copiosa comida y que un servidor se clavó el litro de cerveza como si fuera agua (y es que se entiende que por aquellas latitudes sean tan adictos al zumo de cebada, porque entra como si nada), acabé bastante cargadito. Así estuve sudando como una mala bestia durante casi una hora y más contento que unas castañuelas, que a punto estuve en más de una ocasión de tirarles piropos a las bellas muchachas que paseaban por la Alexanderplatz.

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Mientras digería la comilona observé que por allí había un puesto de fruta regentado por turcos y que ofrecía un montón de variedades, todas con una pinta estupenda. Con ganas me quedé de pillar una cestilla de frambuesas que estaba para comérsela ahí mismo, pero como estaba al aire libre y le rondaban los mosquitos, mis escrúpulos quedaron por encima y me conformé comprando tres manzanas bien rojas para comer cuando me diera apetito.

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Decidí continuar mi periplo y me dirigí a la zona Este de Berlín, donde aún se conservaba un tramo del Muro que separó a la ciudad durante casi 30 años. Como estaba un poco lejos y el estómago me pesaba, entré al Metro y allí tuve la oportunidad de comprobar cómo la picaresca hispánica prevalecía sobre la seriedad germánica. En Berlín no tienen tornos para el Metro y confían en que saques el billete y lo pases por un lector, sin tener ni un sólo obstáculo ni vigilancia para llegar al andén sin soltar un duro.

Llegué a la citada estación y me puse a buscar el trozo de muro, mientras observaba las diferencias entre Berlín Este y Oeste, con construcciones más modestas en la parte que había sido comunista y con un aspecto en general más depauperado. Pese a que desde la reunificación, en 1989, se ha hecho todo lo posible para reintegrar a las dos Alemanias, aún se notan las diferencias en varias zonas.

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En estas estaba cuando me hallé de bruces con el Muro, en un encuentro que fue bastante decepcionante, pues casi ni me dí cuenta de que me hallaba ante una construcción tan mítica. De repente ví un muro de escasa altura, bastante desgastado y con alguna pintada, que al estar situado en un descampado parecía un simple muro de contención para separar el solar de la calle. Una indicación señalaba que aquello era en verdad el Muro que tanta fama había tenido por representar vivamente la separación de Europa en dos mitades, sólo mantenía en pie una pequeña porción y no muy bien conservada. Sin embargo, había una cartelería que señalaba el origen del Muro y su desarrollo y cómo había familias que se habían visto separadas viviendo en la misma calle y gente que había fallecido al tratar de cruzar al lado occidental. Resulta cuando menos irónico que la parte socialista se llamara República Democrática Alemana, cuando los métodos que allí se usaron (los férreos controles para evitar los pasos del Muro y la vigilancia de la Stasi a los ciudadanos sospechosos de no simpatizar con el régimen comunista). Pero eso es otra historia.

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Siguiendo con la política de observar el Berlín dividido, me dirigí al denominado “Checkpoint Charlie”, el más famoso de los pasos fronterizos del Muro, que se encuentra en la Friedrichstrasse, una de las calles más populosas de la ciudad. El paso abría el paso a la zona de control estadounidense con la soviética, donde actualmente se unen los barrios de Mitte y Kreuzberg. Sólo se permitía su uso a empleados militares y de embajadas de los aliados, extranjeros, trabajadores de la delegación permanente de la RFA y funcionarios de la RDA.  La denominación Charlie procede del alfabeto fonético de la OTAN, y es su tercera letra. Checkpoint Alpha era el paso de autopista en Helmstedt, Checkpoint Bravo el paso de autopista en Dreilinden. Ahí si que se lo han trabajado y han sabido conservar el puesto de control con sus respectivas sacas y el letrero de aviso de entrada y salida del sector americano. Aparte del puesto, también se puede ver el museo dedicado a la historia del muro o la última bandera del Kremlin. Una interesante curiosidad.

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Como la noche ya empezaba a caer, me dediqué a pasear la calle Friedrichstrasse, salpicada por un montón de comercios que ya habían cerrado (que ya se sabe que en estos países se recogen pronto), así que decidí irme a la Postdamer Platz para ver que tal lucía de noche. Tal y como intuía, esos diseños de última generación estaban convenientemente iluminados con gran profusión de colores y la cubierta de la plaza cambiaba la tonalidad cada pocos segundos, con azul, verde o blanco. Así que me senté en medio de la plaza para observar todo aquel abanico de colores y descansar un poco de tanto paseo.

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Con todo ello, me dio el hambre y busqué un sitio para cenar. Esta vez no me compliqué la vida y me fui a un italiano para comer unos spaguettis a la pimienta, que estaban ricos de narices y sin cerveza, no fuera a ser que me pusiera eufórico otra vez y el estado de éxtasis me jugara malas pasadas. Al lado del restaurante había un Dunkin Donuts, la tienda de rosquillas de esas que ha popularizado Homer Simpson y que tanto le gustan, así que entré a pillarme un par de esas con glaseados curiosos a ver que tal estaban. En el interior del establecimiento había un dispositivo para conectarse a Internet, con lo que aproveché para ver si había pasado algo por ahí y para mandar noticias de mi viaje a los amigos. Los donuts no estaban mal, pero eran un poco caros y la calidad no llegaba a la altura del precio.

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El madrugón ya empezaba a hacer sus efectos y había ganas de recogerse, así que me volví para el hotel. Recorrí las callejas mal iluminadas del curioso barrio gay y me encontré con dos homosexuales del tipo mature que estaban paseando al perro como toda compañía. Sin ganas ni de ver la televisión para ver que se traían entre manos en los canales germánicos me eché a dormir, que al día siguiente  tocaba viajar a Dresde para continuar mi periplo.

Y con la llegada del descanso nocturno aprovecho para hacer un nuevo alto en el camino en este relato sobre mi peripecia centroeuropea. En escasas fechas volveré con una nueva entrega en la que me referiré a mis impresiones sobre Dresde y mi llegada a Praga. Asi que no teman, que aunque tarde un poco a causa de la desidia estival o la carga de trabajo que me espera en escasas fechas, la historia continúa.

Se despide, suyo de ustedes.

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