De Berlín a Praga, pasando por Dresde. Crónica de un viaje III

Sigo con mi relato de las peripecias por Alemania y Chequia, en el viaje que hice en mis últimas vacaciones. Les había dejado en la última ocasión pernoctando en el barrio gay de Berlín en la víspera de marchar a Dresde, como así fue. A la mañana siguiente me levanté temprano (la claridad que entraba en la habitación desde primera hora también ayudó lo suyo) y tras un accidentado check out en el hotel (no funcionaba el lector de tarjetas y tuve que recorrer casi un kilómetro para encontrar un cajero y pagar la cuenta) logré partir a la Hauptbanhof, la Estación Central de Berlín. Este es otro edificio a resaltar, ya que está construido en cristal y resulta tan llamativo como fascinante.

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Gracias a Dios tuve la ocurrencia de sacar un billete sentado, ya que en estos trenes si no reservas plaza sentada es muy posible que no encuentres hueco y tengas que viajar en el pasillo. Lo que hacen es dar muchos billetes con validez para un día determinado y dentro de ese día puedes coger el que más se amolde a tu horario, con lo que aquello se convierte en un remedo del metro, que nunca se sabe cuando irá un tren más o menos lleno. El que me tocó a mí iba bastante ocupado y el asiento que me tocó no es que fuera muy cómodo, así que las dos horas de camino se hicieron algo largas. Para compensar pude ir observando bellos parajes del valle del Elba, que en días soleados como el que me tocó es todo un placer para la vista.

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Con todo ello, logré llegar a Dresde y en primer lugar me dirigí al hotel que tenía reservado, que según las indicaciones estaba a menos de 500 metros. Al poco tiempo conseguí llegar al alojamiento, que estaba situado en una plaza bastante populosa y con mucho edificio acristalado (como les gusta a los germanos hacer todo lo nuevo con materiales de este estilo).

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Apenas me instalé en el hotel y aunque tenía ganas de estirar las piernas después de tanto tren, decidí que era hora de comer y descansar un rato y así lo hice. Justo debajo había un Mc Donalds, así que me pillé un menú de los suyos para llevar y me lo comí en el cuarto. Como las cortinas en este hotel eran más tupidas y ese día estaba más nublado, no dudé mucho en echar un rato la siesta, que es algo que siempre sienta la mar de bien. Tras un reposo de una hora, me lancé a descubrir las maravillas de Dresde, una ciudad que es la cuarta más grande de Alemania y que tiene más de medio millón de habitantes, pero que sin embargo da la impresión de ser de lo más accesible. Del hotel al casco histórico tuve que andar apenas 10 minutos y pude observar muchos de los atractivos culturales de la localidad. En este sentido, hay que destacar una vez más la capacidad de reconstrucción del pueblo alemán, pues Dresde sufrió un terrible bombardeo cuando la Segunda Guerra Mundial ya se acercaba a su fin y mucho de su patrimonio quedó reducido a cenizas.

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Con todo ello, podemos encontrar numerosas edificaciones de la época renacentista y barroca, las que sobrevivieron al cataclismo y las que fueron reconstruidas años más tarde. Por ejemplo, tenemos la Frauenkirche: la Iglesia de Nuestra Señora, mundialmente conocida como un monumento en contra de la guerra y como símbolo de la reconciliación. El 14 de febrero de 1945 se derrumbó como consecuencia del Bombardeo de Dresde y años después ha sido reconstruida gracias a donantes de todo el mundo. A lo alto de su gran cúpula, la cual domina el perfil de la ciudad, se puede subir para tener una vista panorámica de toda la urbe.

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El Zwinger de Dresde es un edificio barroco situado en el casco antiguo de la ciudad, entre el edificio de la ópera Semperoper y Postplatz. Se destaca por las colecciones de arte y ciencia que se encuentran en su interior. El palacio fue edificado en el lugar que antiguamente ocupó una fortaleza, y de ahí su nombre, ya que la palabra Zwinger se utilizaba para denominar el muro exterior circular que formaba parte de las fortalezas. Este fue quizá el edificio que más grata impresión me causó de todos los que ví, por su imponente composición y su sabor a palacete de folletín. El paseante puede recorrer la parte superior amurallada y la inferior ajardinada y llevarse una bonita vista de ambas.

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Una vez recorrida la Alstadt (Ciudad Vieja) llegué hasta el borde del río Elba, que resulta tan majestuoso como todos los grandes fluviales europeos. Crucé el puente de Augusto y pasé a la Neustadt, la Ciudad Nueva, que ya cuenta con todos los atractivos de una urbe moderna. El caso es que pasée por una serie de parques y avenidas de aspecto muy apacible que no revelaban encontrarme en una localidad de casi medio millón de personas. Desde luego, para tener el tamaño y la importancia que tiene no llega a resultar ni mucho menos agobiante por aglomeraciones humanas o de tráfico. Si es que no es lo mismo el sur de Europa que el resto de ella, está comprobado.

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Como ya caía la noche y las calles empezaban a vaciarse, me acerqué a la orilla del Elba y observé el maravilloso atardecer, con el sol anaranjando las nubes y sintiendo una vez más esa magnífica sensación de cómo el tiempo parece detenerse. Cuando la oscuridad fue todo un hecho salí de mi ensimismamiento y volví al centro a buscarme un lugar para manducar. Al estar el hotel situado en una gran plaza con un montón de tiendas y establecimientos me puse a buscar y no tardé en hallar un restaurante italiano muy curiosón.

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Allí no te venían a servir directamente a la mesa, sino que funcionaba por el tema self service con la novedad de que te cocinaban en el instante. De este modo me fui al lugar de los primeros platos y me pedí una ensalada con queso mozzarella que  me hicieron ante mis propias narices, con los segundos pasé a una pizza de cuatro quesos que me elaboraron mientras despachaba la ensalada. Un menú delicioso y que también estuvo salpicado de anécdotas.

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Por mi forma de hablar inglés, los empleados no tardaron en identificarme como español o italiano. Una vez les dije que era español, el que me hizo la ensalada me dijo que tenemos un país muy bonito y que él (como buen alemán) había estado un par de veranos en Palma de Mallorca. El de la pizza ya me dijo si era italiano directamente y cuando le dije que era español la verdad es que pareció decepcionarse un poco porque no volvió a decir nada más. También había más españoles en el local en la forma de una muchacha ataviada a lo “hippie chic” (sandalias, pantalones anchos al estilo moruno, camiseta de tirantes con dibujitos raros y una cinta en el pelo cual si fuera una corona) y sus padres. Como se sentaron al lado mío pude escuchar más o menos todo su historial y me enteré de que la señorita estaba allí estudiando y los padres estaban de visita.

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Tanto la madre como el padre tenían un aspecto normal, con apariencia de clase media y no se les notaba muy a gusto con esas moderneces de que te hicieran la comida allí delante tuyo. Unas cañas y unas patatas bravas en el Bar Pepe les habrían gustado más. La muchacha parecía simpaticona, contando historias de lo triste que podía ser Dresde en invierno, de otros españoles que había por allí y del novio polaco que tenía (y que los Erasmus siempre se lían con los de otros países y nunca con los naturales de donde van, oiga). Acabada la cena, dejé a la familia con su tertulia y me volví al hotel, que tanto paseo me había dejado pocho y al día siguiente había más jaleo. Me esperaba la siempre bien valorada Praga y había que recuperar las fuerzas necesarias para apreciar sus encantos como se merecía.

Vuelvo a dejar aquí el relato de mis andanzas para regresar en el siguiente capítulo con las aventuras por la República Checa. No se preocupen que volveré, siempre que el trabajo y los ánimos lo permitan.

Se despide, suyo de ustedes.

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