De Berlín a Praga, pasando por Dresde. Crónica de un viaje IV

Vuelvo a ponerme al teclado para dar por fin una nueva entrega del viaje que realicé el pasado verano a tierras alemanas y checas. Sé que han pasado 5 meses desde la anterior entrada y ya casi está más cerca el próximo verano (y yo ya ando pergeñando un nuevo viajecillo), pero han sido unos meses donde había perdido un cierto ánimo por actualizar el blog, no me acababa de sentir lo inspirado que debería para narrarles mis aventuras. Consideraba que tenía que volver a llenarme, una suerte de reinicio y aquí estoy de vuelta, espero que por mucho tiempo.

Como recordarán de mi anterior entrada, me encontraba haciendo noche en la localidad alemana de Dresde tras observar sus estupendos atractivos arquitectónicos y me disponía a ir a Praga, una de las perlas de Europa. Me levanté con ánimos reforzados y tras un desayuno con fruta y yogur de fresa que había comprado en un supermercado, me dirigí a la estación de tren, cercana a mi hotel. De camino hacia allí encontré un puesto ambulante de bollería con muy buena pinta, pero cuyo encanto se iba por el desagüe cuando observé que los dulces estaban rodeados de moscas haciendo maldades.

Saqué mi billete de tren y pillé el tren hacia Praga habiendo hecho reserva de asiento, que si no me tocaba viajar de pie en Dios sabe que circunstancias. Una de las cosas que más me llamó la atención del viaje fue la calidad mediocre del ferrocarril, en el que uno podía desplazarse sin reservar asiento y tenía todas las posibilidades de viajar sin sentarse al estar todos ocupados. Además muchos viajan con mochilonas en las que se llevan la casa y hasta la bicicleta y no es raro encontrarse los pasillos invadidos por este tipo de excursionistas y algún turista poco avisado, condenado a viajar hasta 4 horas de pie y sin casi saber donde agarrarse.

Con todo ello, pude ir más o menos tranquilo, contemplando los hermosos paisajes verdosos del valle del Elba. Cuando llegamos a la primera estación correspondiente a la República Checa, los pasajeros tuvimos la oportunidad de ver a una pareja de soldados subirse al tren con el arma bien cargada en lo que parecía ser una inspección rutinaria, pues hasta que no se fueron el tren no volvió a arrancar. Parece que a estos países recién incorporados a la Unión Europea aún les cuesta superar el concepto clásico de frontera y necesitan reconocer lo que viene de fuera, aunque sea de Alemania.

Tras dos horas de trayecto, conseguí arribar a Praga, a una estación que parecía sacada de una película antigua, pues los pasajeros salíamos directos a un apeadero a la intemperie y teníamos que recorrer un túnel hasta alcanzar la terminal. Allí mismo me informé sobre el método de transporte y adquirí un bono que daba acceso a metro, tranvía y autobús, aunque nunca llegué a usarlo aprovechando la natural confianza de los europeos en la honradez ajena y la falta de barreras para colarse en los transportes.

Tras un pequeño viaje en metro y un corto paseo llegué a mi hotel, situado en una vistosa calle adoquinada con edificios de pocas alturas. Esta vez opté por cambiar y en vez de alojarme en la clásica habitación decidí ir a un aparthotel, donde podías tener una pequeña casa a tu disposición a un precio muy asequible y así fue. Uno que es un poco señorito y gusta de acomodarse en sitios con un poco de clase, disfrutó como un enano de una cama grande y mullida con una televisión plana y de las comodidades de tener un baño como Dios manda y cocina para no tener que comer fuera, todo ello con vistas a un patio interior ajardinado. Una delicia y un buen aviso de lo que allí me esperaba.

Tras dejar las cosas en la habitación salí del hotel pertrechado con un buen mapa y disupuesto a empaparme de los encantos de Praga. Tras comer una carne maravillosa en un restaurante argentino cercano al hotel, seguí la calle adoquinada hasta la plaza Namesti de la capital checa, uno de sus núcleos centrales. Allí penetré por el “Stare Mesto” (Ciudad Vieja), eje histórico de origen medieval que reúne algunos de los edificios más antiguos de la ciudad, erigidos en torno a la Plaza del Ayuntamiento.

Allí encontramos la Iglesia de Tyn, situada cerca de la plaza de la Ciudad Vieja y de estilo gótico. Su elemento más característico son la pareja de torres gemelas que se alzan por encima de los tejados de la plaza. En su interior se guarda la tumba del astrónomo Tycho Brahe, que formuló una teoría intermedia entre los sistemas copernicano y ptolemaico para apaciguar a la iglesia y avanzar al mismo tiempo en la astronomía. Este edificio fue durante cierto tiempo el centro religioso y símbolo visible del movimiento husita, volviendo luego a ser una simple iglesia de culto católico, como lo es hasta el día de hoy.

Otro de los edificios destacados es el Ayuntamiento Viejo, un desordenado complejo de edificios. Su elemento más famoso es el reloj astronómico (Orloj) de 1410, el más antiguo de su tipo en Europa. Cada vez que da la hora salen unas figuras que representan a los doce apóstoles y otros personajes, el más famoso de los cuales es un esqueleto, que con movimientos afirmativos de la cabeza recuerda la inminencia y universalidad de la muerte. Eso es algo que descubrí con posterioridad, cuando investigué por qué siempre se arremolinaba tanta gente ante la edificación cuando iban a dar las horas.

Lo cierto es que toda una delicia sentarse en la fuente del centro de la plaza y observar estas dos construcciones, así como todos los edificios de alrededor, mientras turistas de todo tipo de edad y procedencia se refrescan al lado tuyo o circulan de aquí para allá, cual si fueran hormigas buscando alimento. Una vez descansado, seguí paseando por la parte vieja, por estrechas callejas llenas de tiendas de souvenirs y cristalerías con atractivas creaciones de cristal de Bohemia, una de las riquezas del país.

Además tuve un curioso encontradizo con un museo dedicado al erotismo, algo normal si tenemos en cuenta que Praga es junto con Budapest el centro neurálgico del porno en el Viejo Continente. Como soy muy curioso en esos temas, entré en el establecimiento y observé los artilugios que allí tenían, que ilustraban diversas prácticas sexuales y cómo se habían ido desarrollando a lo largo de la historia. El caso es que allí dentro había más mujeres que hombres, ya fueran grupos de chicas que reían con vergüenza y picardía al ver los aparatos o mujeres que arrastraban a sus parejas, curiosas de aprender cosas sobre el tema (digo esto porque en esos casos ellas se mostraban mucho más interesadas que ellos, que parecían algo cohibidos ante ciertos artilugios, lo cual demuestra, que en contra de las apariencias, a las mujeres les intrigan más los temas sexuales).

Callejeando y callejeando logré arribar hasta otro de los lugares emblemáticos de Praga, el Puente de Carlos. Es el puente más viejo de Praga, y atraviesa el río Moldava de la Ciudad Vieja a la Ciudad Pequeña. Su construcción comenzó en 1357 con el visto bueno del Rey Carlos IV, y fue finalizado a principios del siglo XV. Tiene una longitud de 516 metros, y su ancho es de casi 10 metros, al tiempo que se encuentra apoyado en 16 arcos. El puente está decorado por 30 estatuas situadas a ambos lados del mismo, la mayor parte de las cuales son de estilo barroco y fueron construidas alrededor del 1700. Alguna de ellas, como la de San Juan Nepomuceno, son consideradas como símbolos de buena suerte y son constantemente frotadas por la gente mientras piden un deseo, lo que ha provocado que el material esté desgastado. Desde ese puente puede observarse la majestuosidad del Moldava y observar bellas panorámicas de las dos partes de Praga. Lo cierto es que aquella estampa me recordó muy mucho a Budapest, también separada en dos tramos por un caudaloso río (en aquel caso el Danubio).

Una vez cruzado el puente, anduve un poco por la Ciudad Pequeña (Nove Mesto), especialmente junto al río, donde observé por fuera la casa-museo del escritor Franz Kafka (“La metamorfosis”) y las calles de sus entorno, estrechas y huidizas, como sacadas de una intriga de novela clásica. Como la noche empezaba a caer, decidí que era hora de emprender el camino de vuelta y buscar algún sitio donde cenar, que cuando sales a Europa es mejor cenar a eso de las nueve si no quieres encontrarte los lugares cerrados y quedarte con un palmo de narices. Me metí a un sitio con pinta de baratillo, pues todos los que iba viendo cobraban una fortuna (menos mal que iba con el cambio de euros a coronas checas en la cabeza) por cuatro cosillas. Pedí una pizza de buen tamaño y cuando me tomaron nota el dueño reconoció mi acento y me dijo que era español con una expresión de gran contento. Ni corto ni perezoso, cambió el hilo musical del local para poner un disco de Los Manolos (los de “amigos para siempre” o “all my lovin” con mucho guitarreo) en homenaje a mí. Nunca me explicó el por qué de ese cariño a la españolidad, pero debe guardar un gran recuerdo de lo nuestro.

Finalmente volví a la Plaza del Ayuntamiento Viejo, por ver las edificaciones con la luz nocturna y lo cierto es que resultan igualmente esplendentes y el nivel de turistas tampoco desciende respecto al día, que estaba aquello muy concurrido.  Con esa deliciosa visión marché de vuelta al hotel, que ya estaba cansado y al día siguiente me quedaban varios retos por afrontar y varias bellezas praguenses por descubrir.

Como veo que ya me he alargado demasiado, prefiero poner aquí el punto y seguido y continuar el relato de mi segundo día en Praga en otro artículo, para no tener que recortar por no caer en la prolijidad. No se preocupen que esta vez el inciso será mucho más corto, no los 5 meses de la última vez.

Se despide, suyo de ustedes.

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