De Berlín a Praga, pasando por Dresde. Crónica de un viaje V

Regreso con todos ustedes para seguir contándoles mi último viaje hasta la fecha por tierras europeas. Como recordarán, dejé la anterior narración habiéndome ido a descansar al aparthotel en el que me hospedaba y dispuesto a seguir viviendo cosas en Praga, una de las perlas de nuestro continente. Un servidor no es de desayunar muy copiosamente, pero cuando viajo y me hospedo en hoteles con buffet libre, acostumbro a ponerme como el chico del esquilador (una expresión que he leído siempre en los tebeos de Escobar y que me hace mucha gracia). El establecimiento tenía el restaurante en el sótano, en una estancia de techo bajo y forma circular que parecía simular un búnker y allí había de todo: pan, bollería, queso,  jamón, fruta y zumos. Huelga decir que cogí un poco de todo y quedé bien saciado.

Una vez desayunado y con las pilas cargadas para toda la mañana, salí a la calle adoquinada rumbo de nuevo a la Plaza Namesti y volví a entrar en la Ciudad Vieja para seguir mi callejeo y visitar Josefov, el barrio judío de Praga. Allí, entre muchos edificios de carácter adusto, muchos de ellos decorados con la estrella de David, así como varios negocios de joyería podemos encontrar la Sinagoga Vieja-Nueva, una de las más viejas de Europa. Fue fundada cerca del 1270 y es uno de los primeros edificios de estilo gótico de la ciudad. Por la zona también podemos encontrar el cementerio judío, donde iban a pasar el descanso eterno todos los fallecidos de la comunidad hebrea, muy numerosa en la capital checa. Como no podía ser de otro modo, había que pagar entrada para acceder dentro de estos recintos, así que preferí pasar.

Fue entonces cuando decidí subir hasta la colina más alta de Praga y visitar todo el entorno de su majestuoso castillo. El que quiera hacerlo no tiene por qué darse la caminata de su vida o gastarse una fortuna en taxi, ya que en Praga funciona un estupendo servicio de tranvía que te conduce a casi cualquier punto de la localidad. Tras acercarme a la zona lo más que pude por mi propio pie, observé en las indicaciones que el castillo en checo era Praski Hrad y me dirigí a una parada bastante concurrida. Volví a abusar una vez más de la confianza en que la gente abona sus billetes y me dispuse al ascenso, bastante agradable, ya que puedes ir viendo como la ciudad de Praga se va quedando a tus pies mientras recorres una serpenteante carretera. Así fue como llegué a Hradcany (el distrito del castillo), el más antiguo de la ciudad.

Construido en el siglo IX, es considerado la mayor fortaleza medieval del mundo. Contiene la Catedral de San Vito, el Callejón del Oro y la Alquimia, donde se reunieron varios alquimistas en busca de la fórmula para crear oro, y cuyos experimentos se han recogido en la Torre de la Pólvora (Mihulka), de 1494. En dicho callejón vivió durante varios años Franz Kafka. También se encuentra la capilla de la Santa Cruz, del siglo XVIII, aloja varios frescos y sirve como agencia de cambio, la Casa del Preboste, del siglo XVII, o el antiguo Palacio Real, del siglo XII, desde donde se produjeron las famosas defenestraciones de Praga. Por allí también podemos encontrar la basílica de San Jorge, erigida sobre una antigua iglesia del año 920, la Galería del Castillo, que aloja una pinacoteca, la Torre Dalibor, donde fue encarcelado un violinista que dio origen a una ópera, el Palacio Lobkowicz, del siglo XVII, que hoy alberga un museo histórico, la casa Burgrave, que aloja un museo del juguete, y la torre Negra, puerta oriental del Castillo. Ha sido en diversas ocasiones de la historia sede de distintos gobiernos y es la residencia oficial desde 1918 del presidente de la República.

Dentro del recinto del castillo también nos podemos encontrar con la catedral de San Vito, de estilo gótico, que ha acogido la coronación de todos los reyes de Bohemia y en el que están enterrados diversos obispos y monarcas. Un edificio estupendo, que viene a reforzar el carácter monumental de todo el distrito del castillo, que es absolutamente espectacular.

Una vez recorridos todos los rincones de la zona y los magníficos jardines, con una parte de mirador desde la que puede observarse toda Praga desde las alturas y si además tienes la suerte de que el día sea más o menos soleado, te puedes encontrar con unas imágenes dignas de quedarse grabadas en la retina por largo tiempo. Recomiendo a cualquiera que suba a este mirador que se quede allí durante unos instantes para ir reconociendo cada monumento y cada lugar, que aquello es como observar un delicioso cuadro paisajístico.

Tal degustar todo aquello, decidí bajar a pie a la Ciudad Vieja y para ello tomé la calle Nerudova, que quizá les resulte familiar por cierto poeta, aunque la historia es diferente a lo que piensan.  Jan Neruda fue un poeta, dramaturgo y novelista checo, uno de los principales representantes del realismo checo y miembro de la llamada Escuela de mayo. Su obra más reconocida es Cuentos de Malá Strana (1877), un libro de relatos sobre la pequeña burguesía praguense de aquel  barrio. Fue su apellido el que inspiró el seudónimo de Pablo Neruda al conocido poeta chileno, ya ven ustedes que cosas. La calle Nerudova es una vía estrecha y adoquinada que cae a plomo sobre la ciudad, con un desnivel que es una gozada si bajas por ella, como fue mi caso, siendo mortal para todo el que quiera ascenderla. Además de diversas casitas con sus respectivas bicicletas, podemos encontar varias tiendas de souvenirs, con precios abusivos en muchos casos, así quieras tan sólo una botella de agua.

Como ya iba avanzando el día, decidí que era hora de reponer fuerzas y comer un poco, pero como los restaurantes de aquella zona le costaban a uno un ojo de la cara y un riñón, hubo que recurrir al Mc Donalds de turno, una solución bastante aceptable para cuando uno está lejos del hotel, comida rápida y asequible. Acto seguido me puse en marcha para que el adormecimiento de después de comer no hiciera presa en mí y crucé el Puente de Carlos hacia la Ciudad Nueva, para visitar dos de los monumentos que aún me esperaban. Por una parte, junto al río nos encontramos con la Casa Danzante, diseñada por el gabinete de arquitectos de Frank Gehry (el mismo que el del Guggenheim de Bilbao) en 1997 y que por su semejanza con una pareja de bailarines, es también conocida como Ginger and Fred. Es este un edificio que llama mucho la atención del paseante, pues junto a las casas perfectamente delineadas de la zona, de repente se vislumbra una edificación de cristal cóncavo (como si la hubieran apresado y ese momento se hubiera quedado congelado) junto a otro edificio de concepción curva y ventanas que parecen salidas de un relato infantil. Una construcción tan curiosa como simpática.

Desde la Casa Danzante, anduve por diversas callejas rumbo a otra de las señas de identidad de Praga, la plaza de Venceslao, una alargada extensión de terreno presidida en una pequeña atalaya por una estatua ecuestre del santo, patrón de Bohemia. Aparte de estar rodeado de varios edificios representativos, ha sido escenario de las principales manifestaciones políticas de la ciudad, como la “Primavera de Praga” (un período de liberalización política en Checoslovaquia, que duró desde el 5 de enero de 1968 hasta el 20 de agosto de ese mismo año, cuando el país fue invadido por la URSS) y del inicio de la Revolución de Terciopelo (movimiento pacífico por el cual el partido comunista de Checoslovaquia perdió el monopolio del poder político y se desarrolló un régimen parlamentario en el contexto de un sistema económico que había iniciado ya su transición al capitalismo.

En esta plaza, mientras contemplaba la estatua de San Venceslao tuve un curioso encuentro con una pareja de turistas españoles. Eran la clásica pareja de mediana edad que estaban por aquellos lares en un viaje organizado, que para eso Praga es uno de los destinos más cotizados de la gente de nuestro país, nunca he sabido muy bien por qué. El caso es que en un momento dado se dirigieron a mi blandiendo una cámara de fotos y diciéndome en un spanglish macarrónico que si les podía sacar una foto. Yo les dije que también era español y se pusieron muy contentos, que casi hasta me dan un abrazo, se ve que las dificultades para comunicarse les habían hecho tanta mella que fue un alivio encontrar a otro español. Les hice la foto ante la estatua y ellos me contaron que eran de León y estaban allí con otras personas haciendo uno de esos viajes organizados que te ves Europa Central en 4 días y 5 noches.

Tras descansar un rato en uno de los escalones de la estatua, decidí volver a orillas del río a observar uno de esos espléndidos atardeceres praguenses, con el Sol ocultándose tras el Castillo, allí en lo alto, con el cielo rosáceo y anaranjado del crepúsculo reflejándose en las aguas del Moldava. Con todo ello, por mucha imaginación que ustedes tengan, es una imagen que hay que ver in situ, de esas que es difícil sentir con palabras.

Una vez caía la noche busqué un sitio donde cenar y lo hallé no muy lejos de la Plaza Namesti, un restaurante de aspecto años 20, con mucha madera y cristal en su decoración. Pese a su aspecto lujoso, vi que los precios no eran muy caros y decidí darme un caprichillo, probando algunos de los platos típicos de la comida checa. Además, cuando ya estaba pensando en irme, vi que salía al escenario una muchacha acompañada de dos músicos y que se disponían a tocar. Esto fue una grata sorpresa, ya que la chica (morena muy guapa, ataviada con un vestido de color morado, que es una de mis debilidades) interpretó con mucho sentimiento algunas baladas clásicas y tras cerca de veinte minutos de actuación recibió unos merecidos aplausos. Una bonita actuación.

Me acercé nuevamente al Orloj y la iglesia de Tyn para contemplarlos de noche y despedirme de ellos, pues el día siguiente marchaba hacia Berlín de vuelta. Con la nostalgia de decir adiós a estos singulares monumentos, de que el viaje encaraba ya su recta final, me fui a acostar. A la mañana siguiente acudía a primera hora a la estación de tren para coger el ferrocarril de regreso a la capital alemana, a la que llegué tras las cuatro horas largas de trayecto en esos asientos rígidos e incómodos. Como era mi última tarde de viajero, tras dejar las cosas en el hotel (que esta vez estaba encuadrado en una zona no muy lejana del barrio gay) me cogí el metro y me dirigí a uno de esos barrios populares que han hecho de Berlín un lugar de encuentro de culturas, por curiosidad. Por aquella zona el metro va al descubierto sobre un puente y resulta pintoresco ver las casas de pocas alturas desconchadas, pintarrajeadas o coloreadas en el mejor de los casos. Si hace buen tiempo, no será extraño encontrarse por las calles a perroflautas matures montados en bicicletas roñosas, otros más jóvenes con perros llenos de pulgas y a otros medio desharrapados, occidentales o turcos, escuchando música a todo trapo en la acera. Pues mira que bien.

Como ya empezaba a anochecer, me volví a la zona céntrica y me dio por entrar a uno de esos Dunkin Donuts en los que te puedes conectar a Internet, para informar de las novedades del viaje a la gente querida. Mi estancia allí se vio interrumpida por dos niñatas guamaqueñas que no dejaban de hablar a gritos y hacer el imbécil mientras una de ellas tosía cual bronquítica sin preocuparse de poner la mano, repartiendo sus benditas bacterias entre todos. Entre eso y un tío borracho o drogado (o ambas cosas) se paseaba por allí deambulando y golpeándose contra las paredes, decidí que lo mejor sería salir de allí lo antes posible. Tras un breve paseo para quitarme el cabreo de encima, me fui a cenar en el mismo restaurante italiano en el que lo hice la primera noche, me pareció una forma de cerrar el círculo. Y vaya si lo hice, pues si el primer día me habían puesto a Julio Iglesias en el hilo musical, esta vez era su hijo Enrique el protagonista. Cortesía de bi-bi-bizarre.

Volví al hotel y enseguida me encamé, que al día siguiente había que darse un buen madrugón para ir al aeropuerto y coger el avión de vuelta a España. Afortunadamente, todo transcurrió sin mayores incidencias y tras 13 horas de viaje casi ininterrumpido entre autobús, avión y tren, llegué a mi casa. Destrozado por el cansancio de ese día y los que llevaba acumulados, un poco triste por haber terminado el viaje y un poco alegre por volver a mi tierra con los míos y contarles mi peripecia. Ese es uno de los valores añadidos de viajar, que puedas tener a alguien esperándote a la vuelta, con quien compartir tus experiencias. A veces echas de menos esa presencia en el propio viaje, de poder disfrutar de todos esos momentos únicos de la peripecia con alguien querido a tu lado.

Y con esta breve reflexión, doy por terminado el monográfico que he dedicado en las últimas entregas de este blog a ese viaje que efectué el pasado verano. Para este año ya estoy haciendo planes, aunque aún no tengo nada definido y prefiero no gafar los proyectos haciéndome muchas ilusiones. De lo que vaya pasando ya les iré informando puntualmente, no se preocupen.

Se despide, suyo de ustedes.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: