El arte de Al Pacino II

Vuelvo a ponerme al teclado para continuar el monográfico sobre Al Pacino, uno de los actores legendarios que ha engendrado el séptimo arte. Si en la primera parte nos deteníamos a final de los años 70, habiendo logrado convertirse en uno de los actores más respetados con un puñado de grandes interepretaciones, estamos a punto de sumergirnos en los años 80, una época convulsa para todos aquellos que brillaron en los 70 y para lo que Pacino no fue menos.

Comenzaron los 80 de forma difícil para Pacino con su participación en “A la caza”. Dirigida por William Friedkin (que también despuntara en los 70 con “French connection” y “El exorcista”), el filme trata sobre un asesino en serie que se dedica a matar a todos sus compañeros de juegos sexuales sadomasoquistas en la ciudad de Nueva York. El policía Steve Burns (Pacino) es el encargado de infiltrarse en el ambiente homosexual neoyorquino y aprender los códigos de conducta que rigen este tipo de garitos, para intentar descubrir al responsable de los asesinatos.

La película fue mal recibida por el mundo gay desde que se aunció su rodaje, ya que consideraron que ofrecía una visión morbosa y sórdida del ambiente homosexual neoyorkino, lejos de la realidad. En este sentido, se organizaron diversas protestas durante su proceso de filmación para tratar de sabotearlo y se hicieron llamamientos para no ver la película (siempre me resulta irónico ver como un colectivo pide libertad e igualdad en base a querer cambiar a la fuerza las ideas de los que no piensan como ellos). Eso no le sentó muy bien a Pacino, que consideró que el filme no era ofensivo hacia los homosexuales, básicamente se trataba de una película policíaca. Un servidor no ha tenido oportunidad de ver la cinta para juzgarla por si mismo, pero parece que las protestas tuvieron éxito, ya que la recepción fue bastante fría tanto por la crítica como por el público, marcando el inicio del declive de Friedkin.

En 1982, Pacino protagonizó “Autor, autor”, dirigida por Arthur Hiller (“Love story”), en la que da vida a un dramaturgo de Broadway que sufre diversas convulsiones en su vida. Su mujer va a dejarle por otro hombre y a dejarle también en solitario la custodia de sus cuatro hijos, mientras que la actriz principal de su nueva obra muestra interés por él. La crítica tampoco fue muy esplendorosa con el filme, que algunos quisieron ver como una especie de sucedáneo de “Kramer contra Kramer” y sólo la interpretación de Pacino recibió parabienes, llegando a obtener una nominación al Globo de Oro que no fructificó en premio.

Al año siguiente, en 1983, Pacino daría vida a uno de los personajes más recordados de su filmografía, aunque en su momento también fue objeto de polémicas, el narcotraficante cubano Tony Montana. “El precio del poder”, dirigida por Brian de Palma es un remake de “Scarface”, la cinta dirigida en 1932 por Howard Hawks que narraba la ascensión y caída de un delincuente mafioso. De Palma, que venía de triunfar con filmes como “Carrie” o “Vestida para matar”, se sirvió de un guión de un primerizo Oliver Stone para contar la misma historia de ascensión y caída, esta vez ambientada en Miami en la figura de un cubano exiliado.

“El precio del poder” ha sido uno de esos filmes que ha ganado con el paso de los años y que en el momento de sus estreno no fue muy bien recibido que digamos. Como en “A la caza”, no faltó quien tomó la parte por el todo y la comunidad cubana en Miami se opuso a diversos aspectos de la película, como el hecho de que en ella los cubanos se comparasen con delincuentes y narcotraficantes. La comunidad exigió que el guión fuese cambiado, para incorporar una retórica anti-Fidel Castro (sobre todo, que Tony Montana fuera un espía de Fidel Castro y la introducción de organizaciones políticas anti-Castro) en la película. Después de prolongadas negociaciones en última instancia, los productores se negaron a ceder, diciendo que la película trata sobre las drogas y no sobre la política de Castro en Cuba.

Con todo ello, “El precio del poder” es una película excelente, narrada con mucho brío y ritmo por de Palma y con una interpretación espléndida de Pacino (y de Steven Bauer como su colega Manny, así como una casi debutante Michelle Pfeiffer), que da vida con convicción a Antonio “Tony” Montana, un personaje de carácter explosivo, con pocos escrúpulos y grandes ansias de poder, que pasará de no tener donde caerse muerto a capo de la droga. Su Montana es un personaje carismático que consigue todo aquello que se propone y consigue que el público se identifique con él a pesar de su baja catadura moral. 

En un principio, la cinta fue calificada X por sus dosis de violencia, consumo de drogas y lenguaje malsonante (en total se dice 218 veces la palabra “fuck”), además de ciertas partes como el interrogatorio con una motosierra o el tiroteo final (más videojueguil que realista, por cierto). Es en esa última escena donde encontramos una de las partes más excesivas y parodiadas de la cinta, con Montana totalmente colocado metiendo la cara en un montón de cocaína y gritando “Saludad a mi amiguita” (su arma) mientras dispara desaforado. Con todo ello, “El precio del poder” ha sido una película que ha ganado con el paso del tiempo, que en su tiempo creó bastantes discrepancias y que con los años se ha convertido en un pequeño clásico y en uno de los papeles señeros de Pacino. Lo que peor ha envejecido ha sido la ochentera banda sonora de Giorgio Moroder, que a día de hoy suena curiosa con tanto sintetizador, pero que casa poco con la peli.

Tras obtener una nominación al Globo de Oro que no fructificó, Pacino intervino en 1985 en “Revolución”, una cinta sobre la guerra de independencia estadounidense. Dirigida por Hugh Hudson (“Carros de fuego”), el filme narra la aventura de Tom Dobb (Pacino), un pobre e inculto trampero que intenta sacar adelante a su hijo cuando la rebelión estalla en Nueva York. El pequeño bote de Dobb es requisado para suministros de guerra, mientras él y su hijo son reclutados de mala gana. Deberán pasar seis meses y ver el trato vil de los británicos para que el conflicto y la causa americana se convierta en algo personal para Dobb.

Pese a que se anunció a bombo y platillo como la versión definitiva sobre la independencia yanqui y que contaba con nombres ilustres como los del propio Pacino, Nastassja Kinski y Donald Sutherland, la película fue un rotundo fracaso a todos los niveles. Al público no le interesó lo más mínimo y Pacino se llevó las peores críticas de su carrera e incluso una nominación al Razzie al peor actor, de las cuatro que tuvo el filme. De este modo “Revolución” es una de las películas malditas del actor, difícil de encontrar para su visionado y de las que siempre se nombran muy por encima, para olvidar rápidamente.

Dolido por este fracaso y cansado de las controversias que estaban produciendo sus últimas interpretaciones, Pacino se refugió en el teatro y trabajó en sus proyectos más personales, como “The Local Stigmatic”, una obra Off Broadway, la cual protagonizó, y más tarde remontó junto al director David Wheeler y a la Theater Company of Boston en una versión de película que fue filmada en Nueva York en marzo de 1990. En esta época, Pacino también montó obras como “Crystal Clear” y “National Anthems” y apareció en el New York Shakespeare Festival con “Julio César” en 1988. Su mayor éxito teatral de la década fue “American Buffalo“, de David Mamet, por la cual Pacino fue nominado a un premio “Drama Desk”.

Tras cuatro años alejado de la gran pantalla, Pacino decidió volver al séptimo arte con la película “Melodía de seducción”, en la que dio vida a un policía que está investigando el caso de una mujer que ha matado ya a varios hombres, a los que conoce a través de los anuncios que éstos ponen en la prensa buscando una compañera. Junto con su colega (John Goodman) inserta también anuncios y se reúne con infinidad de mujeres, con la esperanza de descubrir la asesina. Una de estas mujeres es Helen (Ellen Barkin), de la que Frank se enamora. Sin embargo, observa algunos indicios que le hacen sospechar de ella como posible asesina.

La película recuerda bastante a la posterior “Instinto básico” (a la que parece inspirar a tenor de algunas similitudes), a la hora de tratar la relación entre un policía de personalidad complicada y taciturna y una mujer fatal, tan irresistible como peligrosa. La cinta sigue los caminos tradicionales del thriller de suspense y es la actuación de su pareja protagonista lo que la da una mayor entidad: Pacino cuaja una buena interpretación y logra una buena química con Ellen Barkin, que explota su extraño atractivo (esta mujer nunca ha sido guapa, pero es de las que lo suplen con una atrayente presencia). Pacino se reconcilió con el mundo del cine tras el fracaso de “Revolución” y volvió a situarse en el candelero, a punto de lograr otras interpretaciones de mérito en los años 90.

Precisamente, de lo que dé de sí esa década de los 90 les hablaré en la próxima entrega de este monográfico sobre el actor italoamericano.

Se despide, suyo de ustedes.

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